“Il profesore” contra “Il Cavaliere”

La comunicación política italiana siempre ha tenido características propias difícilmente comparables con otras democracias europeas. Una de esas singularidades tiene que ver con la facilidad con la que los sobrenombres ganan el espacio comunicativo y político con una fuerza excepcional. Recordarán, por ejemplo, el nombre de “Tangentopolis” (“Ciudad de los sobornos”) que fue el apodo de la ciudad de Milán a principios de los 90, por ser el epicentro de toda la corrupción institucionalizada que acabó barriendo judicial y políticamente a toda una generación política y al propio régimen que había gobernado el país durante más de cuarenta años. Todavía se utiliza para referirse a casos de corrupción e ilegalidad en distintos países.

Motes políticos. Los sobrenombres en la política son habituales, pero pocos consiguen el reconocimiento y la popularidad de los que hacen gala hoy el aspirante de centro izquierda, el professore Romano Prodi, máximo líder de la coalición de “L’Unione”, y el cavaliere Silvio Berlusconi, actual presidente y líder de la coalición “La Casa delle Libertà” que integra a su propio partido “Forza Italia”. En España, por ejemplo, se conoce que Zapatero fue bautizado como “Bambi” por Alfonso Guerra cuando en tiempos de la oposición socialista el actual presidente se ofrecía a firmar cuantos pactos fueran posibles con el PP, entonces en el Gobierno. Rajoy se ganó a pulso el mote de “el señor de los hilillos”, al cuestionar la cantidad de fuel que salía del Prestige hundido en la costa gallega. Ya para la memoria queda el apodo de “el califa” para referirse a Julio Anguita o el de “el hombre tranquilo” para Aznar, mote que se vino abajo prematuramente en la segunda legislatura con su estilo más beligerante que sosegado.

Ningún sobrenombre ha conseguido la capacidad de ser considerado sujeto político como en los casos de “il professore” para Prodi e “il cavaliere” para Berlusconi. No hay ningún otro caso comparable en la política democrática europea, con la excepción —quizá— de “la dama de hierro” en referencia a Margaret Tatcher. Su nivel de popularidad mediática se ha visto reforzado y legitimado por la íntima identificación de los candidatos respecto a sus motes. Berlusconi oficia de cavaliere y Prodi se siente como el professore más sensato de Italia. Se encuentra tan cómodo en el papel que incluso ha aceptado con sentido del humor la coletilla que el centro derecha le ha colgado tras el mote, llamándole el profesor “Mortadela”, por ser boloñés como el embutido. Sin amilanarse, Prodi no deja de repetir que asistiremos al triunfo de la “mortadela” que es, según afirmó, “la comida de la gente pobre, pero sabe bien y tiene sustancia”.

El presidente showman. El cavaliere está obsesionado por la imagen. No en vano su ascenso al poder, su mantenimiento y su probable continuidad han estado siempre ligados al uso y al abuso de los medios de comunicación —especialmente audiovisuales— de la mayoría de los cuales es directa o indirectamente el dueño. Su conocimiento sobre la fuerza y la capacidad de la televisión le ha llevado a cuidar hasta el más mínimo detalle sus apariciones públicas. No le ha importado someterse a diversas operaciones de cirugía estética desde las bolsas de los ojos, hasta la blanquísima dentadura que brilla y luce con su estudiada sonrisa. Se maquilla sin rubor para asistir a actos públicos, contribuye como el que más a dar visibilidad a la mundialmente famosa moda italiana, y su puesta en escena es siempre la de un dandy que combina el estilo gigoló, o el del Don Juan clásico, en su versión más machista y trasnochada. Y, cuando conviene, se muestra como un duro hombre de negocios que trata a sus adversarios políticos como competidores en un despiadado mercado donde sólo cabe la victoria o la derrota. Quizás por ello, el cavaliere se ha ganado también otros sobrenombres, como por ejemplo el de “il caimano”, que es el título de la nueva película de Nanni Moretti, estrenada en plena campaña electoral con el objetivo de desenmascarar a quien, tras el look de caballero, esconde a un voraz y agresivo caimán.

El candidato mortadela. Frente a Berlusconi se presenta un candidato con una imagen radicalmente opuesta. Las diferencias de estilos son tan fuertes que esconden y relegan aquellas otras que reflejan sus programas y propuestas. Prodi representa el anti cavaliere. Modesto, casi tímido, es un hombre de provincias que razona hasta el aburrimiento y que contrasta con el discurso dicharachero y populista del actual presidente. Frente a la seducción de Berlusconi, ofrece cortesía. Frente a la soberbia, la prudencia. Frente a la fuerza de la impunidad, la fuerza moral y ética. Frente a la voz y la sonrisa expansivas, Prodi ofrece un murmullo de tonos apagados que se escapan entre sus labios casi cerrados. Los italianos se enfrentan también a una elección entre dos maneras extremas de vivir la identidad italiana representadas por cada uno de los candidatos. Por ello, es posible que el éxito de ZP (desde la taquillera película “Viva Zapatero”, hasta el seguimiento que se hace de él en la prensa y en los medios políticos progresistas en Italia) sea un reflejo subconsciente de lo que les gustaría que fuera el candidato del centro izquierda. Sueñan con Zapatero pero se despiertan con Prodi. Envidian la España moderna pero viven en la Italia de Berlusconi. Difícil elección para el país del diseño.

Elegir una imagen. Prodi tiene posibilidades. Más de tres millones de italianos le eligieron en unas primarias abiertas, en una movilización sin precedentes en el espacio progresista y democrático. Hay hartazgo de Berlusconi. Prodi ya ha demostrado que puede ganar con su estilo al cavaliere, como ya hizo en 1996. Pero el actual presidente es todavía más astuto y, a pesar de la desventaja que tiene en los sondeos, se mueve con habilidad para presentar a su oponente como un hombre del siglo pasado, que dirige una coalición demasiado frágil, dispersa y hecha de retazos de todas las fuerzas progresistas. Su fuerte determinación ofrece una imagen de seguridad frente a la duda metódica de Prodi que puede decantar la balanza electoral en un momento de incertidumbres globales.

Berlusconi tiene más años que Prodi pero no lo parece. Se ha ganado la vida como cantante en cruceros por el Mediterráneo, ha grabado dos discos de baladas, ha dirigido clubes de fútbol, y se inventó Forza Italia… Consiguió sus primeras liras vendiendo apuntes a los compañeros de colegio para después hacer lo propio con los negocios inmobiliarios y los medios de comunicación, con prácticas no siempre transparentes, hasta convertirse en el hombre más rico de Italia. Sus éxitos son tan conocidos como sus excesos: bromea hasta el mal gusto, incluso con sus colegas europeos, mientras se cala gorros piratas para flirtear con sus esposas o, directamente, caricaturiza las relaciones internacionales con piropos impropios entre presidentes (como hizo con la presidenta de Finlandia). Berlusconi abraza la nueva doctrina “teocon” y ofende intencionadamente a chinos y musulmanes con la misma impunidad con la que se compara con Napoleón, Churchil y hasta con Jesucristo o insulta a los ciudadanos que no le voten llamándoles “coglioni” (gilipollas). Su larga ópera bufa puede acabar este domingo. Si la Mortadela gana al showman se habrá conseguido, no sólo un cambio político y una victoria electoral, sinó una nueva demostración de la fuerza sociológica que tienen los marcos conceptuales y los motes en la política de la comunicación global. Y si no, que se lo pregunten a ZP.

Publicado en: El Periódico 09.04.2006 (formato pdf) y El Periódico (versió en català)

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