Cazadores cazados

Publicado en: El Periódico 23.07.2006 (formato pdf) y El Periódico (versión en catalán) 23.07.2006 (formato pdf)

Hay una opinión pública muy extendida que cree que los políticos solo buscan la foto. Debe contribuir, sin duda, la certeza de que en la política profesional las fotos se piensan, se programan y se pactan, si es necesario. Incluso es habitual condicionar la agenda para disponer de las garantías necesarias que permitan obtener la foto adecuada, en el momento adecuado y en el medio adecuado. Las fotografías forman parte de la estrategia de comunicación y sirven eficazmente para fijar prioridades políticas. En definitiva, son el reflejo de la gestión y del poder. Nadie mejor que Alfonso Guerra para expresar dicha relación cuando afirmó, a principios de los ochenta: «Quien se mueva, no sale en la foto». La frase es todo un tratado de política contemporánea. Algunos que salieron del encuadre la recuerdan bien. Curiosamente, los que promovieron el cambio en España, aprendieron rápido que el poder se retiene si se retrata inmóvil.

Pero hay también otras fotos no oficiales. Las que no son buscadas y sorprenden a los políticos. Y no me refiero a las fotos robadas, privadas y personales, sino a las fotos imprevistas e inesperadas que acostumbran a ser un serio problema para la política formal. La democratización de la tecnología y la popularización de los dispositivos móviles de todo tipo han convertido a cada ciudadano en un reportero con capacidad para recuperar el carácter instantáneo y libre de la imagen. Cámaras digitales de calidad profesional, teléfonos móviles de última generación y cámaras web ágiles y versátiles convierten la mirada de cualquiera en un encuadre fotográfico a golpe de clic. Internet hace el resto y multiplica su potencial. Hoy, cada ciudadano es un periodista en potencia capaz de comprometer y sorprender hasta al mismo presidente.

De anécdota a problema
La mayoría de las otras fotografías pillan a los políticos con una sonrisa impropia de su responsabilidad. Hay cosas que no hacen gracia y que son muy serias. Los ciudadanos son muy exigentes con la sonrisa del político. La reclaman cuando no se ofrece, pero la censuran –y de qué manera- si es inadecuada. Fotografiarse como un hincha más con una bandera preconstitucional (Zaplana), bailando en una discoteca cuando Catalunya es azotada por un temporal y eres conseller en cap (Mas), o colgándose una kufiya palestina cuando eres presidente y en pleno conflicto libanés (José Luis Rodríguez Zapatero) provoca sonrisas forzadas ante las cámaras y la relajación del político que quiere agradar a sus admiradores. Sonrisas y relajos que, al día siguiente, se convierten en una mueca desagradable al ver las imágenes publicadas. Hay fotos imprevistas que pueden dejar de ser una «anécdota», como ha dicho recientemente la vicepresidenta, para convertirse en un serio problema. La imagen es muy reveladora. Y los ciudadanos no la olvidan fácilmente. La foto de las Azores, por ejemplo, perseguirá a Aznar toda su vida.

Además de la sonrisa inoportuna, otra de las situaciones que sorprenden a nuestros políticos es el gesto desinhibido y espontáneo que se convierte en excesivo dependiendo de la fotografía. Los líderes del PP tienen una cierta predilección por los zapatos. Aznar los ponía encima de la mesa en el rancho de Bush como un gesto campechano de familiaridad (o de mala educación, según se mire). Javier Arenas, actual líder de los populares andaluces, fue retratado haciéndose lustrar los zapatos por un limpiabotas mientras leía la prensa internacional. Los socialistas, en cambio, han lucido más los pañuelos con bastante soltura y discreción. Han explorado las virtudes de la proximidad, por ejemplo, anundándose pañuelos rojos en el cuello en concentraciones sindicales, cubriendo sus cabezas como gesto de complicidad de género y de respeto cultural en viajes internacionales, o poniéndolos sobre sus hombros como deferencia amistosa y solidaria en concentraciones juveniles.

A veces, lo que empieza como un movimiento espontáneo acaba convirtiéndose en un momento embarazoso cuando la fotografía supera el contexto en el que se produce y aparece en los medios de comunicación, incorporando nuevos relatos y percepciones públicas.

Risas incómodas, gestos impropios y momentos inoportunos. Otra situación explosiva sucede cuando la fotografía te descubre fuera de lugar. Cazar, como Fraga, cuando se hunde el Prestige, y hacerse una foto de recuerdo, es feo. No estabas en el lugar en el que se supone que deberías estar. Ni tampoco haciendo lo que se espera de tu responsabilidad. En sus tiempos, hubiera velado el carrete por la fuerza. Ahora ya no es posible. La democracia digital nos hace más libres todavía.

Las malas compañías también te retratan. Hay imágenes que te persiguen y se vuelven pesadillas. Fotografías que antes eran aceptables y después, por cambios políticos o históricos, se convierten en detestables. Y ya no puedes escapar de los flecos de tu pasado.Dicen que Jordi Pujol se enfurecía con una foto suya con Jesús Gil. Los tiempos del retoque del negativo han pasado. El rastro digital es tan potente que siempre se encuentra esa fotografía comprometedora.

Aristóteles escribió ya en su libro Metafísica que «todos los hombres desean por naturaleza saber» y añadía: «De todos los sentidos, la vista es el que nos proporciona mayor placer y conocimiento». Nada es más frágil que la opinión pública sobre los políticos. Una foto inoportuna, una pose excesiva, una compañía incómoda o, simplemente, un descuido puede ser la fotografía clave de una legislatura. La decisión dependerá, fundamentalmente, de ustedes, pero algunas imágenes pueden decantar un buen puñado de votos para ganar o perder unas elecciones.

Antoni Gutiérrez-Rubí, asesor de comunicación.

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