Aznar, Rajoy y el Códice Calixtino

Aznar y Rajoy

Se acabaron los eufemismos y los tirabuzones semánticos. La contorsión de las palabras había llegado al límite del ridículo. Y de la solvencia política. Rajoy lo ha reconocido, finalmente: “Tomaremos decisiones de eso que llaman recortes porque hay que hacerlo”. Lo ha dicho en la clausura del Campus FAES. Otra vez, declaraciones y reflexiones de calado de ámbito gubernamental en un entorno claramente partidario, como cuando concedió su primera rueda de prensa. De nuevo, el presidente escoge el peor atril posible. Y esta vez bajo la mirada vigilante de José María Aznar.

Todos los analistas coinciden en señalar que esta es (otra vez) la semana decisiva, aunque la vicepresidenta del Gobierno haya alargado el vía crucis mucho más: “Va a ser un mes intenso”, anunció. El lunes, Eurogrupo (concretando el rescate bancario). El martes, ECOFIN (ejerciendo más presiones para recortar). El miércoles, comparecencia monográfica del presidente en el Congreso (explicando los acuerdos del Consejo Europeo). El jueves, Consejo de Política Fiscal y Financiera (exigiendo el recorte autonómico). Y el viernes, 13, Consejo de Ministros. Llegar a fin de semana será peor que para millones de hogares llegar a fin de mes.

Esta semana pasada ha sido de orden (ideológico y jerárquico). Por el Campus FAES, y siempre bajo la mirada supervisora de Aznar, han pasado De Guindos, Sáenz de Santamaría y Rajoy. Han preparado el terreno para los próximos días y ha emergido la figura silente, pero preeminente, del primero, José María Aznar, y su estilo duro y seco. El estilo que se impone. El presidente, al lado del expresidente, da la sensación de congoja y complejo. La puesta en escena ha consolidado la jerarquía. El partido por encima de la institución. Aznar, siempre con corbata, y actitud muy profesional, ha actuado como algo más que un anfitrión. Es el patrón. A su lado Rajoy (con un botón desabrochado de más) no ofrecía sensaciones serenas, ni seguras.

“No queda más remedio” dice Mariano Rajoy para consolidar como inevitable lo discutible. De tsunami lo califica la oposición. “Hacer lo correcto”, asegura el presidente. Dos visiones políticas, dos visiones casi morales: lo que no se puede hacer, lo que se debe hacer. Esto es parte del desafío de la estrategia de comunicación de los dos grandes partidos. Lo que se puede o se debe. Y sus opuestos. El poder depende de la voluntad. El deber, de la moral. Puestas así las cosas, Rajoy está a punto de reconocer, por la vía de los hechos, que la auténtica condicionalidad (entre las ayudas y los recortes) es la pérdida casi total de la capacidad real de poder de la política española. El presidente, así, volvería a su condición de notario.

“Este Gobierno no va a desmayarse nunca”, afirma Rajoy con esfuerzo pero sin convicción. Su cuerpo y, sobre todo, su rostro reflejan la tensión, el agotamiento del momento. No es para menos. Pero también aflora un cierto halo de desbordamiento emocional y físico, que contrasta con su (tan española) retórica numantina. Una retórica que, sobredimensionada, transmite debilidad y angustia, en lugar de seguridad y serenidad.

El síndrome de Hybris es un antiguo concepto griego que alerta sobre el efecto autodestructivo del exceso de orgullo y confianza en uno mismo. La línea que separa la seguridad y la temeridad es, a veces, muy delgada. En el libro En el poder y en la enfermedad, el autor —David Owen— hace un minucioso repaso del impacto del síndrome de Hybris en el juicio y ponderación de muchos mandatarios a lo largo de la Historia. Y dibuja, con extraordinaria precisión, cómo el síndrome atrapa —y destruye— a los políticos cuando estos confunden convicciones con ilusiones.

Ahora, más que nunca, cuando hay que tomar decisiones firmes y difíciles, conviene actuar con la serenidad de quien decide pero, antes, duda y evalúa a fondo. “Los líderes prudentes se obligan a prestar la misma atención a los defensores y los detractores de la línea de acción que están planeando”, nos recuerda el intelectual y político Michael Ignatieff. Presidente, no se trata de tener la razón o de imponerla gracias a su legitimidad, sino de encontrar la mejor solución para el lío en el que viveen el que anda, en sus propias palabras. Más que mucha suerte o mucha determinación, lo que se necesita es mucho acierto. Que no es lo mismo.

En este “lío”, y antes de empezar la semana crítica, el presidente buscará hoy domingo una foto sorprendente. La Comunidad Valenciana tendrá que esperar. Se va a Galicia a entregar el Códice Calixtino a sus propietarios después de que las fuerzas de seguridad lo recuperaran. El simbolismo es inevitable. El Codex Calixtinus es un manuscrito ilustrado de mediados del siglo XII y constituye una guía para los peregrinos “europeos”  que seguían el Camino de Santiago con consejos, descripciones de la ruta y recomendaciones sobre las costumbres locales de las aldeas y poblaciones situadas en el camino. Me cuesta esfuerzo imaginar cómo van a interpretar este mensaje cifrado nuestros acreedores y socios europeos.

Desconozco el valor críptico de tal fotografía en su estrategia de comunicación. Parece arriesgado. Pero Rajoy estará hoy en la Catedral de Santiago de Compostela, que acoge el sepulcro del Santo Apóstol, patrón de España. Quizás se encomiende. La letra del himno no deja dudas a las alegorías:

“Santo Adalid, Patrón de las Españas,
Amigo del Señor;
defiende a tus discípulos queridos,
protege a tu nación”.

Publicado en: El País (8.07.2012) (blog ‘Micropolítica‘)

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