El dilema de Rubalcaba

Publicado en: El País (11.03.2013)(blog ‘Micropolítica‘)

Entre el carné y la vara, el bastón de mando. Entre la dignidad y el poder, el poder. Entre la coherencia y la ambición, la ambición. Nunca un carné había valido tan poco para quien lo ha utilizado y se ha servido de él, representando a unas siglas y a unos ciudadanos con el objetivo de obtener la alcaldía. El usurpador Samuel Folgueral (Ponferrada, León) tiene el poder, pero ha perdido toda la autoridad: la moral y la política; y, sin ella, no hay democracia, solo farsa.

«O deja la alcaldía o deja el PSOE», le emplazó el sábado —su hasta ayer líder— Alfredo Pérez Rubalcaba. Un dilema es, en lógica, un argumento con forma de silogismo en el que se presenta una disyunción a la que sigue una conclusión que puede resultar paradójica y, por lo tanto, hacer irrelevante la opción inicial. Pero, en la moral ética, el dilema se presenta cuando debemos elegir entre dos alternativas, donde la opción a escoger no depende de los beneficios —o no— de la decisión, sino de los valores que uno tenga, aceptando las consecuencias aunque sean adversas. En estas circunstancias, no es el beneficio «lógico» el que se busca, sino el acierto moral, la decisión por convicción. Es obvio que la decisión de Folgueral, y de los que la han secundado, no responde a ninguna consideración ética.

¿Y si Rubalcaba hubiera situado, por ejemplo, el dilema en otro nivel? «O deja la alcaldía, o dimito yo». Es obvio, en ese caso, que la presión habría sido tremenda (e insoportable) para el edil, y que la dignidad de Rubalcaba habría quedado indemne. No es exagerado. Habría sido un golpe de autoridad ética que habría revalorizado lo que hoy no parece gran cosa: el carné como símbolo de unos valores y un compromiso.

Ahora, el error cometido (y por el que pidió disculpas y ordenó rectificación) no tiene coste, salvo que lo asuman quienes especularon, toleraron o aceptaron la moción de censura como parte del cálculo político. Es obvio que al presentar el dilema como una opción entre el carné de un partido (del que es secretario general) y el poder municipal —y al no obtener el verdadero objetivo de su ultimátum que era rectificar el error con un golpe de autoridad —se queda, quizá, sin las dos: ni rectificación, ni —seguramente— autoridad.

Tal y como quedan las cosas, Rubalcaba –o a quien le corresponda– solo puede salir airoso, probablemente, si asume las consecuencias de aquel error. El tiempo moral de la política se impone, en momentos de zozobra y descrédito. Los políticos deben actuar con ejemplaridad, para que su actuación se sustente en pilares, en lugar de en pies de barro.

Entre las muchas dolorosas coincidencias de este lamentable caso (moción de censura en el Día Internacional de la Mujer, con el apoyo de un acosador condenado) hay una adicional que parece juguetear con el destino y la etimología: la vara de mando también se denomina «manípulo». Un simple acento diferencia esta palabra de la denostada acción de manipular. Todo lo contrario a lo que se entiende por autoridad democrática. Pero en la lengua, como en la vida y la política, los acentos son importantes. Y este es vital. No hay dilema posible.

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