Errores y mentiras

Publicado en: El País (13.08.2013)(blog ‘Micropolítica’)

En el libro Els Mandarins, su autor −Rafael Nadal− recoge una afirmación de Mariano Rajoy refiriéndose a los ciclistas en las competiciones de élite: «A ver, si todos se dopan, ¿dónde está el problema? Al final, el que gana sigue siendo el mejor». Nadal es un periodista con una larga trayectoria profesional y estoy seguro de que no se arriesgaría a transcribir una demoledora frase así, si no fuera cierta. Con los meses, aquel pensamiento deportivo se ha convertido en algo más que una reflexión peligrosamente inconsciente e irresponsable. Se nos muestra como un síntoma o una revelación. Una manera de entender la vida. «¿Dónde está el problema?», se preguntaba el Presidente, «si todos se dopan»…

Esta banalización resulta preocupante. Tanto como el relativismo moral y político. Refleja aspectos de la personalidad del Presidente sin los cuales no podemos entender lo que ha pasado, lo que pasa… y lo que puede suceder. Probablemente, Mariano Rajoy sienta una profunda irritación al ver que quien le acusa ahora fue acusado −y condenado− en el pasado; quien le ataca, fue antes aliado; quien le traiciona, antes fue beneficiado. Es decir, puede sentir −en lo personal− que la confrontación política por el caso Bárcenas es farisea, torticera y desleal. Además de considerarla inoportuna y antipatriótica, acusando de ello gravemente a la oposición, en el pleno del pasado día 1 de agosto. Pero no se trata de lo que siente Rajoy… sino de lo que es. De lo que ha dicho y de lo que ha hecho. Y de la concordancia entre lo que piensa, dice y hace. Eso es la política democrática. O debería serlo.
Rajoy, que no había aceptado errores, los asumió hace pocos días: «me equivoque», dijo rotundo y liberando el corsé del innombrable con el que había −y habíamos− vivido estos largos meses. Pero mantuvo (y mantiene) que no ha cometido delito alguno: «no me voy a declarar culpable porque no tengo constancia alguna de que mi partido se haya financiado ilegalmente». No le consta. Es más, no es culpable… porque «no me considero culpable». Así lo dijo. Textual. He vuelto a releer su intervención. Y me sorprende que no proclamara clara y sencillamente, ni una sola vez, la contundente afirmación política: «no soy culpable» o «soy inocente». En cambio utilizó –ahora me doy cuenta de su posible importancia- la formula judicializada de «no me voy a declarar culpable» (hasta siete veces la utilizó, aunque en una de ellas precisara: «no me voy a declarar culpable porque no lo soy»).

Quizá la opción escogida forme parte de la deformación profesional del Presidente o, por el contrario, sea una calculada expresión de forma jurídica en un debate de fondo político. O bien un argumento adicional a la construcción del nervio central de su comparecencia: que en un estado de derecho todos somos inocentes hasta que no se demuestra (en los tribunales) lo contrario. En cualquier caso, no fue un desliz, ni un detalle menor. Todo lo contrario. Fue una decisión estratégica.

No soy jurista, pero me parece que no es lo mismo no declararse culpable que ser inocente. De la misma manera que, seguramente, no sentirse mentiroso, no es lo mismo que decir la verdad. Pero por lo que se va a juzgar −políticamente− al Presidente no es por su interiorización de sus propios actos y sus palabras. Ni tampoco se deben analizar desde la perspectiva de la psicolingüística, que afirma que el lenguaje es revelador de nuestra narrativa interna, de nuestro equilibrio emocional… Lo importante es lo que representan para los demás, políticamente. Y, en especial, cuando son dichas como afirmaciones en sede parlamentaria donde −cabe recordar− tienen eficacia probatoria en un proceso judicial.

Rajoy se equivocó. Cometió errores. Pero que las probables contradicciones entre lo que dijo en sede parlamentaria y lo que vamos conociendo estos días −en los medios de comunicación o en los juzgados− vuelvan a ser simples errores (con la gravedad o consecuencias de los mismos), o flagrantes mentiras, es lo que se va a dilucidar en las próximas semanas. Quizá, algunos errores puedan ser perdonados por los electores. Las mentiras, no. Ni por los electores, ni por la justicia. Se paga por ellas. Hemos pasado de escuchar su versión a examinar la verdad. Veremos cómo resisten ambas en permanente contraste. Esto no ha acabado. Empieza ahora.

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