Cuando caminar es subversivo

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La Marcha sobre Washington de 1963, en la que entre otras intervenciones memorables Martin Luther King pronunció su discurso «I have a dream», no fue solo una masiva e manifestación o concentración: más de 200.000 personas (dos mil autobuses, decenas de trenes especiales y aviones fletados, y miles de vehículos privados). Lo relevante no fue solo el extraordinario número de participantes, lo histórico fue caminar juntos, avanzar juntos, cantar juntos. Fue la marcha, convertida en movimiento, lo que dio dimensión política y simbólica al discurso. Miles de hombres y mujeres, blancos y negros, llegaron -desde todos los rincones del país- como afluyentes de un gran río. La alargada explanada del Memorial Lincoln, con su estanque central (llamado Reflecting Pool) era una imagen alegórica: una riada democrática reflejada en el agua como símbolo de integración.

Las marchas políticas, desafiando la climatología, la distancia, el cansancio, la soledad y la represión –en muchas ocasiones– han tenido una gran importancia en política. Especialmente en el movimiento pacifista y en las luchas por los derechos civiles y por las libertades políticas. En 1930, por ejemplo, Mahatma Gandhi desafía a las autoridades coloniales británicas en la India, y a los grupos políticos que optaban por la vía violenta, con una marcha pacífica: la Marcha de la sal. Después de un recorrido a pie de 300 kilómetros hasta la costa del Océano Índico, Gandhi avanza dentro del mar y recoge en sus manos un poco de sal. Un gesto altamente simbólico para romper el monopolio impuesto por el gobierno británico sobre la producción y distribución de sal. Liberarse individualmente, como parte del recorrido de liberación nacional.

Treinta años después, Martin Luther King, admirador del pacifismo de Gandhi, organiza –junto a otros líderes– la Marcha sobre Washington por el trabajo y la libertad, como una demostración de fuerza pacífica, de integración racial (casi un 20% de los participantes fueron blancos) y de camino político (itinerario). Fue un ejercicio de emancipación política frente a los que se oponían a la igualdad y frente a las emergentes facciones violentas que desafiaban el liderazgo civil y pacifista de King, como las Panteras Negras y la Nation of Islam, partidarios de acciones más contundentes. Fue ponerse en pie, y empezar a avanzar.

Marchar juntos no fue solo manifestarse, fue iniciar un camino, un itinerario político. La acción era metáfora, símbolo y praxis, a la vez. Como decía Mario Benedetti: «En la calle codo a codo somos mucho más que dos». La Marcha fue reencuentro y proyecto. Unión y comunión. Una marcha para sentirse unidos y reconocerse juntos. La música que se escuchó y, en especial, el magistral y conmovedor discurso de King dieron contexto y significado.

Las marchas, en la lucha por los derechos civiles, conectaban emocionalmente con el éxodo y las marchas de esclavos. Con las aceras y espacios públicos segregados. Con los transportes y lavabos separados. Con la discriminación escolar, laboral o política. Las marchas permitían abrazarse, entrelazarse, juntar manos y esperanzas. Compartir dolor, superar el miedo y la soledad, fortalecer el espíritu, mostrar dignidad. Cantar y soñar.

King construye su discurso como una nueva geografía de liberación. El «oscuro y desolado valle de la segregación» versus el «soleado sendero de la justicia social»; o «desde las arenas movedizas de la injusticia racial» a «la sólida roca de la fraternidad». El sueño como ruta redentora: «Tengo un sueño: que un día todo valle será alzado y toda colina y montaña será bajada» La orografía como metáfora de la política. El territorio como cartografía de los derechos. La Marcha como la Liberación.

Aquella tarde de hace 50 años se escuchó en el escenario la música de Blowing In The Wind de Peter Paul and Mary:  «¿Cuántos caminos debe un hombre caminar…? La respuesta, amigo mío, está soplando en el viento». Cinco décadas después un discurso, una marcha, un sueño y un hombre, que cambiaron en parte la historia, siguen conmoviéndonos. Seguramente, porque el camino todavía continúa.

Publicado en: el Periódico (25.08.2013)

Enlaces de interés:
Caminantes solitarios (89 decibeles. cirdan, 12.09.2014)
How Walking in Nature Changes the Brain (The New York Times, 22.07.2015)

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