Prólogo para el libro ‘Parlamentos abiertos a la sociedad. Participación y monitorización’

Publicado el 24.12.2013

A continuación reproduzco el prólogo que he escrito para el ebook Parlamentos abiertos a la sociedad. Participación y monitorización, coordinado por Irene Ramos Vielba, Miguel Ángel Gonzalo y Eva Campos Domínguez y editado por Fundación Ideas y Friedrich Ebert Stiftung-Madrid. El libro está disponible para su descarga gratuita en distintos formatos (.PDF, .epub ) y se irá colgando en distintas plataformas (Kobo, iTunes…) para facilitar su difusión. Y en él han participado diversos autores con interesantes contribuciones: David Álvarez; David Cabo; Cristiano Ferri Soares de Faria; Alba Gutierrez; Álvaro Maldonado; Andrew Mandelbaum; Pablo Martín; Alejando Peral; Loredana Stan y Dan Swislow.

«Mientras el pueblo vigile y sea virtuoso, ninguna Administración, por mala que sea, podrá perjudicar gravemente al Gobierno ni al país en el corto espacio de cuatro años».
Abraham Lincoln (Discurso de toma de posesión presidencial en 1861)

Este libro no necesita prólogo, entendido como preámbulo, introducción o iniciación. No hay nada que deba ser prevenido, ni presentado desde una supuesta autoridad o reputación, que no es el caso. Al contrario. Hay que empujar directamente a la lectura de estas aportaciones por su relevancia y por su valor. La mejor contribución que puedo hacer a este texto es no entretener al lector o lectora con estas páginas previas. No exagero, no es una pose, ni un recurso literario. Le recomiendo que vaya directo a cualquiera de los capítulos. Se sorprenderá de la vitalidad, diversidad y riqueza de enfoques y de prácticas que existen y se experimentan en el amplio concepto político −que no tecnológico− de lo que llamamos Parlamento Abierto (#oParl).

Las contribuciones a este libro me han sorprendido, a pesar de que conozco a la mayoría de sus autores y ya sabía de su talento y mérito, por tres razones. La primera, por lo que significan de compromiso cívico y democrático. El deterioro, la fatiga de los materiales y el desgaste son profundos y críticos; se necesitan nuevas ideas, nuevos fundamentos. No desvarío si digo que nuestra arquitectura institucional padece de aluminosis política… y necesitamos reformas profundas, si no queremos abandonar el edificio democrático a una inexorable decadencia por graves problemas estructurales. Estos autores, con gran recorrido en el activismo político, la academia, la innovación tecnológica o la gestión de la vida parlamentaria, no se conforman con su posición de electores y dan un paso al frente en la corresponsabilidad política. Anoten esta idea de fondo.

La segunda sorpresa que emerge tras la lectura de estos textos es la constatación de los grandes avances (conceptuales, tecnológicos o de prácticas) que podemos ver y conocer en las experiencias que nos muestran y en los innumerables ejemplos y referencias internacionales que ilustran estos contenidos. No se trata de quimeras, de desafíos irrealizables o experimentos de laboratorio político. Nos muestran una gama completa y compleja de escenarios donde la tecnología cambia las ecuaciones y las relaciones. Y, como mejora, modifica y evoluciona las prácticas legislativas, parlamentarias y representativas. Nadie podrá afirmar −si no es con mala fe o con un prejuicio político− que lo que proponen los autores no se puede hacer. Se puede. Otra cosa es que se quiera o se comprenda.

La tercera es muy reveladora. Estas aportaciones reflejan el tránsito de la política vigilada a la política participada. La sociedad digital, a través del poderoso ecosistema de dispositivos, programas y aplicaciones en manos de una ciudadanía conectada y activa, tiene una capacidad colectiva de fiscalización, observación, monitorización y denuncia que debe ser promovida y reconocida como una aportación soberana y comprometida con el bien común y el interés general. Y como una gran oportunidad para la mejora de nuestra calidad democrática.

Esta capacidad es muy superior ya a la propia capacidad de las instituciones de generar espacios de transparencia operacionales o, en su defecto negativo, a la defensa numantina de sus normas y formas, de su actividad. Podemos vigilar. Hagan lo que hagan. Y esta vigilancia poderosa es capaz de transformar los espacios legítimos de crítica en propuesta lúcida y, en muchos casos, alternativa o acción complementaria.

Hay una reapropiación de la soberanía delegada, que es la base de nuestro sistema de representación. Delegábamos porque no teníamos tiempo, conocimiento… no éramos eficaces. Ya no. Ahora, hemos recuperado el tiempo y el conocimiento gracias a compartir experiencias y datos (inteligencia múltiple y de las multitudes), y disponemos de capacidad efectiva gracias a las redes y a su poderosa fuerza social. Esta tecnología social que nos envuelve y que reasigna los atributos del poder de la jerarquía a la autoridad, de la posición a la relación, del estatus al mérito, nos permite recuperar nuestra soberanía delegada o, al menos, administrarla en función de nuestros intereses y motivaciones. El voto ya no se convierte en un salvoconducto para el representante, sino en un compromiso −casi de contrato cívico− con aquellos electores y sus organizaciones que quieren, pueden y tienen derecho a colesgilar, por ejemplo. Otra palabra clave.

La vigilancia que se lleva acabo al poder político no es desconfianza sistemática y organizada, es salud democrática. La vigilancia cívica debe ser promovida por las instituciones públicas, no combatida o cuestionada. Y estas deben poner todos los medios a su alcance para que la ciudadanía (en forma de organizaciones sociales, medios de comunicación, otras instituciones democráticas, incluso a nivel individual…) pueda ejercer su derecho −y deber− vigilante como una parte fundamental de nuestra democracia.

Estoy convencido de que estas páginas solventes son una gran contribución para todas aquellas personas que, desde dentro, en la periferia o en el exterior de nuestras instituciones queremos avanzar en la mejora y calidad de nuestra democracia. En economía empieza a cuajar el concepto de la economía del procomún como una etiqueta que agrupa todas las energías de aquellos que desean una economía al servicio del bien público, del interés general. Este libro contribuye a la política del procomún, a la política que podemos y debemos hacer representantes y representados, elegidos y electores. Estas fronteras funcionales empiezan a ser superadas por nuevas relaciones mucho más dinámicas y creativas que las de la pura delegación. Explorar, a fondo, el camino para abrir los Parlamentos a la participación ciudadana no es solo conveniente. Es urgente y necesario. Y de eso, de lo urgente y necesario, debería ocuparse y preocuparse la política democrática. No hay tiempo que perder. «Cuando las horas decisivas han pasado, es inútil correr para alcanzarlas» decía el poeta Sófocles. Pues eso. No dejen, no dejemos, pasar las horas decisivas. Lean este libro y empujen en la buena dirección, cada uno desde su posición.

Los cambios que necesitamos hay que hacerlos con profundas, transversales y mayoritarias alianzas dentro y fuera, representantes y activistas. Tiempo fértil. Tiempo de semillas. Anticipo de buenas cosechas. Este libro es un auténtico semillero. No lo desaprovechen.

Gracias por escribirlo. Y por editarlo.

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