Miedo a la verdad

Publicado en: El Periódico de Catalunya (27.07.2014)(versión PDF)

¿Puede un político cometer errores? Sí, puede. Acostumbra a pagar por ellos en las urnas. ¿Hay errores que lo invalidan para la función pública y que destrozan su reputación y su legado? Sí. Por ejemplo: la mentira, el engaño, la falsedad. Esta es la tragedia de Jordi Pujol, y con él, nuestra tragedia. Con todos los componentes de dolor y decepción.

Pujol, que fue el maestro del «ara no toca», nunca encontró –irónicamente– un momento para regularizar su situación. Quiero pensar que no era pura pulsión material, sino que era perfectamente consciente que su historia, su relato, su liderazgo e influencia quedarían seriamente cuestionados –e invalidados– si se descubría el fraude. ¿Defraudó por ambición o mantuvo el error por una distorsionada y equívoca concepción de la responsabilidad? ¿Tanto confundió su destino con el del país? Ha vivido –hemos vivido– 34 años pendiente de una espada de Damocles. Y justo ahora, en el ocaso del pujolismo (manera de entender la política, el país y también manera de vivir) descubrimos lo que no queremos creer.

El comunicado del viernes abre un sunami político y, en especial, moral. Y las reacciones irán desde las irritadas exclamaciones, a las exigencias de responsabilidades políticas, pasando por preguntas muy incómodas y propuestas de penitencia. Pujol afirma que confía en que su regularización sea una expiación. Pero aunque pida perdón, seguramente la decepción no se calmará con la simple contrición. ¿La sociedad catalana puede perdonar? ¿Debe? Estamos en el mundo inflamable de la pasión pública. Le van a pedir, quizá, que renuncie a muchas cosas: a los símbolos del reconocimiento político y la honorabilidad pública. Va a ser un calvario colectivo.

Pujol ha vuelto a hacer historia, pero esta vez de manera autodestructiva, provocando un rubor colectivo y nacional.  Su confesión es trágica. Aristóteles describía la tragedia como un proceso homeopático, donde se liberan las pasiones mediante una vivencia efímera de sus efectos. Y, a la vez, expresa la esencia de lo político: el conflicto entre los intereses individuales y las obligaciones ciudadanas. La tragedia no ofrece soluciones. Sólo recrea nuestras debilidades, haciéndolas públicas.

Pujol parece proteger a su familia a costa de desproteger su legado y el marco mental de nuestra vida política de las últimas tres décadas. El conflicto moral y ético es extraordinario y sobrecogedor. Nos ha dado algunas explicaciones. Pero la política –y Catalunya– seguramente se merecen una revisión a fondo de sus justificaciones. Si las hay. Aunque el juicio histórico sea severo y desgarrador. ¿Una nación puede vivir sin mitos? Difícil. Pero sí debe vivir con la verdad.

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