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Rajoy y el sermón de la montaña

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Publicado en: El País (25.01.2015)(blog ‘Micropolítica’)

Todavía resonaba en la sala la sintonía musical que recordaba —y mucho— la célebre banda sonora de Gladiator, que fue compuesta por Hans Zimmer y Lisa Gerrard, cuando ha subido al escenario el gladiador de los populares. La música, presente durante toda la Convención, acompañaba un vídeo optimista (palabra recurrente hoy) que, con un motivo visual de un mosaico dinámico, ha combinado territorios, banderas autonómicas, paisajes y rostros de españoles que se fundían en una bandera española. Otros dos vídeos, uno sobre la marca de España y otro de un sorpresivo Rajoy dando las gracias a los españoles, se han intercalado entre las otras dos intervenciones de la mañana: las de Ignacio González, presidente de la Comunidad de Madrid, y María Dolores de Cospedal, secretaria general del PP.

El guión de la Convención se ha cumplido encadenando un relato único: un gran país, un gran partido, un gran líder (léase Mariano Rajoy, a quien el presidente de la Comunidad de Madrid ha identificado como «el único dirigente en España que no se resignó a la crisis», es decir, un héroe político). Esta parece la idea de los estrategas del PP. Rajoy no es perfecto, pero es un valiente (evitó el rescate). No seduce, pero cumple. No habla, pero hace. Los demás son mesiánicos o doctrinarios. Resultados frente a consignas o eslóganes vacíos. «No podemos volver atrás, ni dejar de avanzar» ha dicho. «No podemos dejar el futuro en la ruleta rusa de la frivolidad ni del populismo de conjuros caribeños», ha sentenciado. Este es el marco que nos presentan.

Rajoy no deslumbra, ni emociona. Tampoco aspira a seducir (no puede, no sabe) pero sí quiere ofrecerse como un valor seguro, fiable y efectivo. Un gestor que se refugia en los hechos y en los resultados, y que deja a los demás «los titulares y los eslóganes». Rajoy se reivindicó, una vez más, (y obtuvo el más largo aplauso) cuando dijo que no era lo mismo «predicar doctrina desde un plató de TV que defender los derechos de España en un Consejo Europeo». A Rajoy parece que no le duele no ser querido, pero sí le escuece no ser respetado ni valorado por lo que ha hecho: «Evitar el rescate, el mayor logro social de España», ha dicho para recordar que, si la intervención se hubiera producido, los recortes que se han hecho habrían sido mucho más duros, irreversibles y dramáticos. «Hemos salido de la crisis y hemos mantenido el estado del bienestar», ha proclamado.

La estrategia del PP consiste en ofrecerse como la única opción patriótica y «seria» (palabra que le gusta y que repite con frecuencia) y que no «hay proyecto alternativo» porque no es los mismo «dar titulares que cuadrar las cuentas». Rajoy parece que sitúa la seriedad que ofrece el PP frente a la honradez que se le cuestiona. Es una elección perversa.

Rajoy le propone a los electores algo así como un trato de mal menor, no exento de relativismo moral: «No somos infalibles, como otros» (refiriéndose a la conducta ética), y «cometemos errores» (así lo ha dicho), pero sí fiables en la tarea de gobernar. Ya lo ha advertido severamente: la política no es lo mismo que «el sermón de la montaña». No sé si Rajoy ha sido consciente plenamente de lo que ha dicho, ya que el sermón de la montaña es el pasaje evangélico en el que Jesús proclama, nada más y nada menos, las bienaventuranzas: «Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia: porque ellos serán saciados». Pues para Rajoy la política no es lo mismo. Tal vez quería decir que la política no es lo mismo que sermonear… pero el desliz —o el error— es, quizá, revelador.

Esta es su propuesta: «Me preocupa que algunos de los nuestros no hayan estado a la altura», afirmaba en la única alusión más cercana y directa al caso Bárcenas, pero a cambio se ofrece como el garante de un gobierno que «paga lo que otros gastaron» y el salvador de una economía que «crece frente a la ruina que otros nos dejaron». Los electores, nunca mejor dicho, deberán elegir.

El final. Rajoy, en el tramo final de su intervención, ha apelado al orgullo del trabajo realizado y de sus incipientes —pero visibles— resultados, según él. Le ha pedido a su partido y a sus dirigentes que vayan con cabeza alta y con orgullo, sin autocomplacencia, pero con el orgullo que genera confianza. Y que hablen bien de España y del trabajo realizado. El remate ha sido su última frase, recreada en su muy personal e interesada versión de Blowing in the wind, la mítica canción de Bob Dylan: «y de lo que digan los demás…, dejad que se ocupe el viento».

Así acabó, con la bandera de España ondeando sobre un plasma gigante y pidiéndole a Aznar, a quien ignoró  sin mencionarle (todavía más, ya que sí cito a Manuel Fraga), que subiera al escenario para el aplauso final. Era su manera de responderle con esa suave venganza de los gestos con la que le gusta relamerse: aquí está el PP que ayer no encontraba el ex presidente, y ese PP es Rajoy, simplemente.

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