Presidente, ¿y si el miedo ya no asusta?

Mariano Rajoy cree en una lógica política muy particular. Sus cálculos son básicos, simples, mecánicos. Cree que todos los electores que pudieran votar a Pedro Sánchez se van a reprimir de hacerlo, y a entregarse en sus brazos, por la amenaza y por el miedo de que el líder socialista sea un muñeco en manos de Pablo Iglesias. Hoy le ha dado titular a la tesis con la que hace semanas está trabajando, tras el resultado del 24M: Rajoy tacha al líder del PSOE de «títere de los radicales» y «portamaletas de los separatistas». Así de sencillo. ¿Así de sencillo?

Rajoy atribuye al miedo a los demás rivales un alto valor movilizador del voto propio. Y aunque no hay duda que puede generar una parcial reactivación del voto abstencionista o del voto dual de los populares que en las municipales y autonómicas han votado a otros, no está escrito, ni demostrado —ni garantizado— que la estructura de apriorismos que sustenta esta estrategia dé resultados. Vayamos por partes. Desgranemos los argumentos exagerados que subyacen en la pretensión electoral de Rajoy. ¿Es la exageración un elemento creíble para movilizar el voto? No, no lo es. Los excesos no movilizan al perder toda su credibilidad ecuánime. Sólo lo creíble genera dudas, antesala del miedo de verdad. Cuando se exagera el verbo y se radicaliza el tono, la capacidad de fuego se reduce a la pirotécnica. Mucho ruido, pero nada más. Tan fugaz como luminoso. Pero pronto, la oscuridad vuelve a reinar.
¿Pedro Sánchez parece un títere? No lo creo. El líder socialista es un líder en construcción, sí; pero ha superado la fragilidad de su inicio por una trabajada y efectiva desenvoltura (a veces demasiado impostada) que le viste y le cubre de varias capas de competitividad electoral. El PSOE tiene un candidato —de hecho tiene una pareja electoral en liza como gran novedad— capaz de representar un papel diseñado y programado. Y aunque, a veces, genera dudas sobre el fondo y trasfondo de sus cuidadas formas, no parce alguien fácilmente manipulable. A lo sumo, influenciable. Pero no por el demonizado líder de Podemos.

¿Es Pablo Iglesias un peligro chavista y un manipulador populista como Tsipras? Iglesias, a pesar de su obstinación por querer parecer realmente amenazante —para ser más creíble, supongo— no cuaja del todo con la imagen demonizada que se le quiere construir. Ha cambiado la crispación por la sonrisa y su nueva imagen se reviste de seducción multicolor. Y a pesar de las duras campañas que van a recibir las alcaldesas Manuela Carmena y Ada Colau, y de los ataques a los presidentes socialistas de Extremadura, Aragón y Comunidad Valenciana, entre otros, por pactar con los radicales… lo cierto es que creo que nada de lo que suceda en los próximos meses va a generar una reacción fulminante de rechazo pendular. Los electores socialistas no van a cuestionar la estrategia de pactos de izquierdas con los que el PSOE ha explorado algunas fórmulas de gobernabilidad. No olvidan que muchos de los votantes de Podemos, y muchos de sus líderes, fueron antes socialistas. O hijos de. O todavía más: son los socialistas modernos que ellos también quisieran ser.

Y, finalmente: ¿van a votar al PP los ciudadanos supuestamente asustados por las dependencias peligrosas de Sánchez respecto a Iglesias? Tampoco. El miedo que azuza Rajoy ya no asusta. Esto es lo nuevo. La sociedad española tiene la piel dura. La crisis ha revestido la epidermis social y política de una capacidad refractaria más potente de lo que se cree. Nadie votará a un líder como mal menor. Porque el cálculo del mal ya no contabiliza electoralmente cuando el cansancio, el hartazgo o la indignación animan a vivir peligrosamente. Los electores no es que sean inconscientes, es que ya viven con el miedo en sus cuerpos provocado por esta durísima crisis que fractura y divide. Ya no tienen más miedo. O al menos no creo que provoque temor desbordado, ni el bueno de Sánchez; ni pánico irreprimible, el malo de Iglesias, a pesar de sus posibles contradicciones.

Rajoy ve el mundo político con una lógica maniquea, más cercana a la filosofía epidérmica que a la complejidad y profundidad del momento actual. Si frente al supuesto populismo peligroso de sus adversarios, Rajoy se protege con el simplismo que parece abrazar… va a sufrir. Y mucho, creo. Lo complejo no se resuelve con lo fácil y lo rápido, ni con dinero inesperado, en forma de rebaja de impuestos o recuperación de pagas. Tengo la impresión de que nada de esto va a cambiar la percepción que una parte del electorado que le abandona tiene de él y de su partido. Los electores no quieren que se les compre. Quieren que se les convenza, aunque al Presidente le sorprenda. Si quiere competir deberá salir de la zona de confort del esquematismo… y buscar razones —que algunas tiene— y emociones —de las que no hace gala— para demostrar que su opción no sólo es la mejor de las peores, sino la opción más atractiva para el futuro. Amortizado por el pasado, chamuscado por el reciente presente, Rajoy deberá encontrar argumentos de esperanza si quiere ser elegido. Es decir, deseado. ¿Podrá?

Publicado en: El País (5.07.2015)(blog ‘Micropolítica’)

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