Cartas políticas

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«Un mundo sin cartas sería ciertamente un mundo sin aire que respirar». Simon Garfield

No todas las cartas son correspondencia, es decir, no todas buscan la reciprocidad o la conversación aunque tengan destinatarios públicos o particulares. Hay quien escribe para sí mismo, como un ejercicio de onanismo epistolar o como tramposa expiación. Pero también hay quien escribe interpretando el silencio o los hechos, por ejemplo, de un imaginario remitente anónimo o deseado. La carta como respuesta y encuentro, después de ver, escuchar o leer detenidamente. Entonces, las misivas son correspondencia y un tesoro, aunque sea íntimo. Las cartas, así, son contacto físico en la distancia. El papel, virtual o vegetal, es la piel que no vemos pero intuímos.

El género epistolar es extraordinario. Muy pocas cartas han hecho Historia, pero todas tienen su historia. En el libro Cartas memorables, recopiladas  por Shaun Usher, (Ediciones Salamandra, 2014) y cuyo título original es Letters of note: Correspondence deserving of a Wider Audience, el autor afirma en la introducción: «a decir verdad, no se me ocurre ningún modo mejor para aprender cosas del pasado que a través de la correspondencia, a menudo sincera, de quienes lo vivieron». Entre otras maravillas, podemos leer la histórica carta de Albert Einstein a Franklin D. Roosevelt (agosto de 1939) en la que anima al Presidente norteamericano a explorar el uranio (y su uso militar) como una «importante fuente de energía en el futuro inmediato». El genio escribe: «Este nuevo fenómeno llevaría también a la construcción de bombas y es concebible ―aunque ya no tan seguro― que se pueda hacer un tipo nuevo de bombas extremadamente potentes. Una sola bomba de este tipo, transportada en un barco,  al hacer explosión en un puerto, podría destruirlo por completo, junto con parte del territorio circundante». Roosevelt atendió la petición y creó un comité de expertos y el proyecto Manhattan del que saldrían las bombas Little Boy y Fat Man, que aniquilaron en 1945 en Hiroshima y Nagasaki, provocando más de 200.000 muertos. Einstein declaró, años después, que aquella carta «había sido el gran error de su vida».

El género epistolar tiene en la literatura su surco más fecundo. Pero también las cartas políticas han tenido, y tienen, una gran transcendencia. ¿Qué tienen las cartas para ser tan relevantes? ¿Por qué su sola pronunciación como género conmueve y remueve más que un simple artículo, por poderoso que sea? En el libro Postdata. Curiosa historia de la correspondencia, de Simon Garfield, encontramos algunas respuestas: «Sólo la llegada de una carta nos despierta una fe que nunca se agota», afirma el autor. Y, apasionadamente seducido por ellas, sostiene: «Las cartas tienen el poder de engrandecer la vida. Son prueba de motivación y ahondan el entendimiento».

No, no todas ahondan el entendimiento. Algunas están escritas para no ser leídas, para ser ignoradas, deliberadamente. Otras buscan abrir un resquicio a la esperanza. Son, muchas veces, la última oportunidad. La última opción.

Las cartas políticas en España han tenido una gran tradición y relevancia. Y en los últimos tiempos han sido relegadas a la mera formalidad, a un ejercicio tan inocuo como vacío. Aunque algunas han reflejado la vigorosa potencia de la autoría colectiva, como la del colectivo Carta por la Ciencia, «Con i+d+i sí hay futuro», que agrupaba a sociedades y centros científicos, universidades, asociaciones de investigadores y sindicatos, y más de 45.000 firmas que la apoyaban. La última gran oportunidad epistolar para la política española (y catalana) fue el intercambio de cartas a mediados de 2013 entre Artur Mas y Mariano Rajoy. Pero aquellas cartas estaban marcadas. Su expectación era un truco publicitario. Y se perdió una gran oportunidad. ¿La última?

Ahora, Felipe González, amante del género y que en la década de los 90 protagonizó con Jordi Pujol auténticos duelos políticos epistolares, ha escrito una importante carta A los catalanes. El expresidente no ha necesitado sello, ni matasello. Me recuerda la anécdota de Oscar Wilde que escribía cartas en su casa de Chelsea y no se molestaba siquiera en enviarlas. En su lugar, las tiraba por la ventana. Sabía que algún viandante vería la carta, pensaría que se le habría caído a alguien y la echaría al buzón más cercano. Así ha sido. Esta carta a los catalanes ha llegado a cada buzón gracias a los medios, en particular por este diario, y por las redes sociales. La carta ha llegado. Y, como en todas las cartas o textos, siempre hay algo que sobra o resulta inexacto. También ha sido así con esta carta, como hoy mismo el expresidente ha reconocido aún sin retirar el exceso.

El volumen de respuestas, (críticas o favorables) y el alud de interpretaciones sobre la oportunidad, motivación e interés de esta misiva abierta, me reconfirma en el carácter terapéutico y esperanzador de la correspondencia. Déjenme soñar: ¿se imaginan un puente aéreo epistolar entre conocidos y desconocidos para hablar de lo que nos sucede? ¿Por qué hemos llegado hasta aquí en las relaciones Cataluña y España? Mientras nos escribamos, la política tendrá una oportunidad para resolver los problemas. Esta correspondencia, de caligrafía o teclado, sería un gran ejercicio de catarsis colectiva. ¿Es un sueño?

No, no lo creo. Las respuestas, algunas duras e injustas a pesar del exceso del expresidente, me reafirman que escribir cartas es positivo, posible y necesario. Artur Mas y otros líderes políticos (algunos ya lo han hecho), deberían seguir el hilo abierto. La correspondencia es esto. Responder. Proponer. Hoy, Felipe González ha reescrito sobre lo escrito. Y tras advertir severamente hace unos días, hoy propone y «pide una reforma que reconozca a Cataluña como nación». Es un salto. Para algunos al vacío, para otros corto y tardío, para muchos de sus compañeros, un tropezón inoportuno. Pero es un salto. Y de gran calado.

La correspondencia (pública y privada), puede abrir oportunidades en política. Que éstas devengan históricas, dependerá de la altura de los líderes, de su habilidad y sentido de la responsabilidad y de que entiendan la naturaleza ―simbólica y democrática― de las cartas políticas. Si quien las escribe, las plantea como una comunicación, renunciando a convencer o negociar, se equivocará. Quien las lea o responda renunciando a convencer o negociar, también se equivocará. Si es escenificación, estas cartas no harán Historia, en absoluto. Si es correspondencia, pueden abrir una oportunidad.

Publicado en: El País (5.09.2015)(blog ‘Micropolítica’)

Artículos de interés:
Política de buzón físico (Clara Pinar. Tiempo, 17.05.2017) (versión PDF)

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