Rajoy, el martillo y los clavos

Rajoy, el martillo y los clavos

«Si usted tiene un martillo en sus manos, cualquier cosa que vea le parecerá un clavo». Esta frase, atribuida a Mark Twain (y también a Oscar Wilde), la utilizó Abraham Maslow en su célebre y fundamental obra publicada en 1962 titulada Toward a Psychology of Being y, más adelante, se etiquetó como Observación de Baruch (por Bernard Baruch, quien fuera consejero presidencial de Woodrow Wilson y Franklin D. Roosevelt). La frase guarda un principio psicológico que, aplicado a la política, tiene consecuencias terribles: las herramientas limitadas son aplicadas, de una manera inapropiada e indiscriminada, por personas ―precisamente― poco flexibles. Además, su simple posesión o conocimiento del instrumento provoca un equivocado sesgo de confirmación al creer que se trata de la respuesta adecuada a cualquier tipo de problema. Es decir, que las obstinaciones son la principal causa de los errores. De la misma manera que el hecho de poseer un bisturí no te convierte en cirujano, aunque con él puedas rajar a cualquiera.

Reducir la complejidad de un problema a la simplificación de la solución es el camino más directo para el exceso o el defecto. Exceso de fuerza o defecto de razonamiento, por ejemplo. Las dificultades a las que nos enfrentamos reclaman más cajas de herramientas y menos martillos. Más destrezas y menos músculos. Más manitas… y menos manazas.

El nudo gordiano de la política española (la cuestión catalana) no se resuelve con un tajo. Cuando Alejandro Magno se dirigía a conquistar el Imperio persa, conquistó Frigia, donde se enfrentó al reto de desatar el nudo gordiano que, según cuenta la leyenda, era tan complicado que nadie lo podía soltar, y aquel que lo lograra conquistaría toda Asia. Alejandro solucionó el problema cortándolo con su espada. Esa noche hubo una tormenta de rayos que simbolizó, según Alejandro, que Zeus estaba de acuerdo con la solución, y dijo: «tanto monta cortar como desatar» (‘da lo mismo cortarlo que desatarlo’). Pues no, no da lo mismo. En democracia, no.

El bloqueo empecinado ―no exento de perplejidad o hilaridad, según se vea― de Mariano Rajoy en la entrevista de ayer, en el programa radiofónico ‘Más de Uno’, no es sólo un error que da munición y argumentos a sus adversarios. El Presidente fue incapaz de resolver un silogismo simple planteado por Carlos Alsina, el periodista de Onda Cero, que le emplazaba a una respuesta pedagógica, para la que no parece dotado o interesado. A Rajoy no le falló, simplemente, la pericia verbal o el conocimiento, como algunos gozan en interpretar. Se bloqueó, que no es lo mismo, y ahí radica lo preocupante. Su escapatoria (la de negar la utilidad de responder y esclarecer el entuerto) me recordó a la escena de principios de la legislatura en la que, de nuevo bloqueado, se giró en redondo para evitar a los periodistas en el Senado.

El colapso que protagonizó Rajoy es un síntoma de una manera de entender la política de manera muy binaria. «Los líderes prudentes se obligan a prestar la misma atención a los defensores y los detractores de la línea de acción que están planeando», escribió el político canadiense Michael Ignatieff. La obstinación (en las propias convicciones o propuestas) es el atajo perezoso para incumplir la máxima del liderazgo político, que no es otra que aquella que te obliga a entender la política no como un mero ejercicio de lo posible, sino como el arte de hacer posible lo necesario.

Rajoy blande su martillo: que va desde la negación del problema, a la resolución expedita del mismo por la vía del Tribunal Constitucional. La precipitada Ley que se aprobará la semana que viene en el Congreso es tan contraproducente (en el paroxismo del absurdo habilitaría a destituir al mismísimo Presidente del Gobierno) como ineficaz para resolver el desafío secesionista. Este clavo, no se gestiona con este martillo. Porque no es un clavo, únicamente. Es algo más complejo que obliga a utilizar varias llaves inglesas, destornilladores, alicates y todo tipo de llaves «allen». En fin: maña y no simple fuerza.

Publicado en: El País (23.09.2015)(blog ‘Micropolítica’)

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