Atrapados por el pasado

¿Se puede ganar perdiendo? Sí. Probablemente esta noche ambos candidatos han perdido una gran oportunidad para hablar de lo que proponen para el futuro, aunque hayan ganado en la consolidación de sus respectivos electorados. Finalmente, el pasado les ha atrapado, envueltos en una atmósfera televisiva desfasada y caduca, claramente enmohecida. La mayoría de sus intervenciones han girado alrededor de lo que hicieron ambos, y sus partidos. El pasado ha sido su campo de juego. Los reproches han sustituido a las propuestas. Y las acusaciones a los argumentos.

Pedro Sánchez ha llevado la iniciativa, marcando los temas en cada bloque y reforzando su estrategia con preguntas. Ha actuado como un aspirante dispuesto a competir. Mariano Rajoy se defendía, con la seguridad del que lleva ventaja en el marcador de las encuestas. En muchos momentos ha parecido una típica sesión de control. Duras acusaciones, diálogo inexistente. Intercambio de golpes. El cara a cara ha sido hoy más real que metafórico. Ambos han acabado con los pómulos hinchados y las cejas medio abiertas.

Mariano Rajoy ha estado mejor cuando se ha liberado de sus papeles. Su autodefensa respecto a su honorabilidad ha funcionado bien, en algunos momentos, como coartada de las graves acusaciones ―y hechos― de corrupción que han afectado al PP en esta legislatura. Rajoy ha estado hábil al llevar al terreno personal (se ha presentado como víctima) la descualificación total que le ha lanzado Sánchez, reiteradamente, al acusarle de falta de decencia personal: «usted debería haber dimitido». El intercambio de golpes se resume en dos grandes frames: Sánchez ha etiquetado a Rajoy como corrupto. Y Rajoy se ha revuelto con la marca de mentiroso, lanzada reiteradamente sobre Sánchez. Ambos se han lesionado, seriamente.

Los (candidatos) ausentes han estado ignorados. Pero conforme avanzaba el debate su presencia virtual era cada vez más corpórea. Y emergente, más que nunca. Sánchez ha puntuado, pero a costa de quedar atrapado por el mundo que representa Rajoy. El socialista ha sido diferente, pero no ha parecido nuevo, exactamente. Tal vez, si los electores indecisos decantan sus votos en clave emocional, buscarán fuera del plató. Si lo hacen más racionalmente, encontrarán en los boxeadores de esta noche una alternativa a su voto.

Sánchez ha marcado los temas con precisión intermitente, arrinconando a su rival, forzando algunos de sus errores. Rajoy los ha evadido como ha podido, fijando su posición en lo básico: la estabilidad que ofrece y las prioridades que propone. Este debate no ha sido de gran nivel, creo, pero ha servido para comprobar la altura ―y resistencia― de nuestros dos presidenciables. Los dos siguen vivos. Medio groguis, pero en pie. Una metáfora del bipartidismo actual. Está medio noqueado, pero resiste muy bien en la lona. Aunque aún queda mucho, para todos: seis días apasionantes. Y un tramo final imprevisible.

Publicado en: El País (14.12.2015)(blog ‘Micropolítica’)

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