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¿Y si no estuviéramos perdiendo el tiempo?

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Publicado en: El País (13.3.2016)(blog ‘Micropolítica’)

Es comprensible. Acostumbrados a las alternancias, la espera democrática para ver si es posible construir una alternativa de Gobierno se nos antoja como pesada e insatisfactoria. Las alternancias del bipartidismo no tenían sorpresas, sólo turnos. Y eran, casi, inmediatas. Pero tras el resultado electoral del 20D, todo ha cambiado. Y la complejidad de la pluralidad, con su incertidumbre, está sustituyendo a las certezas de la simplicidad binaria de los dos grandes partidos, que han protagonizado más de 35 años de democracia parlamentaria. El 20D cambió todo. ¿No era eso lo que quería la mayoría de la ciudadanía? Lamentablemente, las encuestas están reflejando un cansancio de los electores porque la ecuación que ellos mismos provocaron no se está despejando. La esperanza del voto mutó en expectación negociadora. Y se está transformando, lentamente, en decepción y una creciente exasperación. Tres de cada cuatro electores desearía ya un Gobierno y que los partidos llegaran a acuerdos de gobernabilidad. Tres de cada cuatro, también, creen que no va a ser posible y que nos encaminamos hacia unas nuevas elecciones, seguramente, el 26J.

Lentamente, se va apoderando de la opinión pública la atmósfera de un tiempo perdido. De oportunidad desperdiciada. El desenlace de la sesión de investidura, por previsible que fuera a priori, ha provocado una sensación de frustración, alimentada también por algunas fuerzas políticas. Nuestra paciencia es ya poco resistente. Venimos de una legislatura agotadora, durísima y con grietas y problemas muy profundos que han agitado la epidermis social sobre una estructura ósea social muy quebrantada. Y la ciudadanía deseaba ―y desea todavía― resultados inmediatos, decisivos y claros en un nuevo rumbo de los asuntos públicos. Pero no se vislumbra, de momento, otro horizonte que el electoral. Otra vez.

¿Y si no estuviéramos perdiendo el tiempo?

Creo, sinceramente, que este período está ―por el contrario― ofreciéndonos una gran información. Valiosa y muy relevante para el futuro. Las estrategias negociadoras de los partidos y sus líderes nos están mostrando, más allá de la teatralidad táctica excesiva, una rica y variada gama de cualidades políticas (y defectos) que son una prueba magnífica de sus capacidades en el liderazgo de lo público. Dime cómo negocias y me imaginaré cómo gobernarás. La ciudadanía está descubriendo aspectos desconocidos ―o poco percibidos― de nuestros líderes. Pasar del modo competición al modo colaboración está revelando todas las costuras, limitaciones y prejuicios de los líderes políticos. También sus habilidades en la gestión de los intangibles, la creación de percepciones y su disposición a mirar más allá del cálculo aritmético.

Este período también está redescubriendo (desconocida por no utilizada) parte de nuestra arquitectura institucional más profunda y básica. Los límites de un Gobierno en funciones, el papel (más o menos activo) del Jefe del Estado en sus atribuciones y responsabilidades constitucionales, así como las opciones de un futuro ejecutivo y las diferentes posibilidades de encabezarlo son aspectos que hasta ahora no habían ocupado ―ni preocupado― a nuestra sociedad. Además, en la actual situación, la politización de la opinión pública (que asiste a las diversas propuestas programáticas) y las diferentes maneras de entender la legitimidad democrática de las sumas posibles están generando un sano ―creo― debate público sobre la política y la gobernabilidad.

Este no es un tiempo perdido. En absoluto. Estamos, colectivamente, aprendiendo a convivir con la diversidad, con la negociación y el pacto. Este proceso no es fácil. Creo que las fuerzas políticas se merecen nuestra paciencia crítica. Es más, ha sido el conjunto de la ciudadanía la que ha mostrado el camino: quiere más pluralidad, y no menos. Tampoco se arrepiente del resultado electoral, según nos confirman las encuestas, aunque asista con decepción, incluso con preocupación, al impasse actual. Hemos esperado mucho tiempo, mucho, para que la política española pasará del péndulo inevitable al pacto posible.

Creo que, razonablemente, la actual incertidumbre nos está ―paradójicamente― ofreciendo muchas certezas sobre nuestros líderes y sus partidos. Si vamos a abrir una legislatura decisiva de grandes reformas, mejor será saber en manos de quiénes ponemos el futuro antes de que nos precipitemos. Unas nuevas elecciones serían un fracaso, sí. Pero también serían una segunda oportunidad para un voto más reflexivo, menos circunstancial, menos inmediato. Una segunda oportunidad para pensar en el valor del voto: en su utilidad y en su dimensión colectiva. Votos individuales y singulares, pero mayorías múltiples y plurales. Una segunda oportunidad para lo realmente estratégico, y no para el regate corto del impulso táctico.

Este aprendizaje, por extenuante que parezca, bien vale este período. El 20D fue sólo una foto de un presente, aunque abrió, sin vuelta atrás, las puertas del futuro de la política española. Si hay elecciones, los electores quizá castiguen ―o premien― a los partidos por su comportamiento en estas semanas pasadas. Y quizá piensen también en clave de futuro y decidan sobre qué mimbres hay que construir, más que un nuevo Gobierno, una nueva y larga etapa en la vida política española.

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