De la emoción a la acción

De la emoción a la acción

La oenegé alemana Sea-Watch decidió por unanimidad distribuir la fotografía de un bebé ahogado «en un intento por sensibilizar a las autoridades europeas para que pongan de una vez por todas las medidas necesarias para asegurar la llegada a salvo de los miles de inmigrantes y refugiados que cada día arriesgan sus vidas para llegar a Europa». Ha sido una decisión que pretendía ejercer una potente crítica política y que, a la vez, no está exenta de críticas morales. Un posible riesgo, sí; pero siempre mucho menor que el que asumieron los padres de esta criatura cuando desafiaron a la muerte en las aguas del Mediterráneo.

Las imágenes nos hacen sentir, recordar, nos emocionan, pero no necesariamente nos hacen pensar, actuar o rebelarnos. Eduard Punset indicaba que «sin imagen es difícil que algo se asiente en la memoria a largo plazo». Y, sin memoria a largo plazo, no se produce una reacción que impacte y transforme nuestras acciones y nuestras ideas. Reaccionar puede ser epidérmico. Pensar es racional. Debemos educarnos, como ciudadanos lectores, en una cultura de la conciencia más que de la emoción. Estas son algunas claves.

Las emociones. Es a partir de las emociones que nos evoca la fotografía que intentamos buscar soluciones. La imagen de Aylan Kurdi en una playa de Turquía hizo que muchísima gente se movilizara a favor de los refugiados. Sin esa imagen, quizá, no hubiera sido posible. Pero nuestro cerebro, con la misma facilidad que se conmueve y se emociona, olvida y se retrae. Nuestro cerebro emocional no puede subsumir la reflexión, la conciencia y la acción. Los insensibles no actúan. La sensibilidad no es suficiente cuando se quieren cambios, pero, sin ella, no son posibles.

Los límites. La fotógrafa turca Nilüfer Demir fue la autora de la imagen del pequeño Aylan, el niño sirio ahogado en las playas turcas en septiembre de 2015. Tuvo dudas y reservas en usar esa imagen, como seguro han tenido y habrán debatido sobre ello los miembros de Sea-Watch. Es la misma sensación que sintieron antes numerosos fotoperiodistas, los cuales saben que las imágenes que lanzan al mundo son terribles y, por ello, se debaten entre el impacto de sus fotografías y su responsabilidad como periodistas.

Eso es lo que pasó por la cabeza de fotógrafos como Kevin Carter retratando, en 1993, a una niña africana que moría de hambre ante la mirada expectante de un buitre. Carter estuvo 20 minutos para tomar la imagen, esperando a que el buitre abriera las alas, aunque no lo consiguió. Aun así, ganó el Pulitzer e hizo que el mundo abriera sus ojos ante la hambruna en el cuerno de África.

La conciencia. Umberto Eco decía que «la civilización democrática se salvara únicamente si hace del lenguaje de la imagen una provocación a la reflexión crítica y no una invitación a la hipnosis». Así pues, no es peligroso que las imágenes afecten tanto a nuestra forma de ver y de entender el mundo, al mismo tiempo que pueden cambiar opiniones políticas o llamar a la acción política para defender algo (como puede ser la obertura de fronteras a los refugiados). El riesgo está en la banalización, en la mercantilización del dolor ajeno: convertir las tragedias en ‘fast food mediático. Tan barato, como adictivo y poco saludable.

El bebé anónimo es hoy una víctima más. Su fotografía es una nueva denuncia. El conjunto es nuestra tragedia cotidiana. Rebelarnos contra el olvido exige el itinerario de la emoción a la reflexión y, de ésta, a la acción responsable. No hay alternativas.

Publicado en: El Periódico (1.06.2016)

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