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La duda en política

Sócrates, el padre de la tradición filosófica occidental, se definía a sí mismo como un moscardón: «Atenas es como un caballo apático», decía, «y yo soy un moscardón que intenta despertarlo y mantenerlo vivo». Sócrates era como uno de esos insectos molestos que revolotean en la noche. Incómodo, pero inofensivo. Su método consistía, básicamente, en formular tantas preguntas como fuera necesario para encontrar nuevas ideas, conceptos o puntos de vista. Sus preguntas —muchas veces cargadas de ironía— podían resultar inoportunas, insolentes, irritantes, pero lo que finalmente buscaban era que sea el interlocutor (discípulo o alumno) quien llegase a la respuesta final (técnica conocida como mayéutica).

El filósofo cuestionaba para dejar en evidencia las convicciones de sus interlocutores, para mostrar sus límites y contradicciones. Era tanta la incomodidad que exasperaba y molestaba. El sabio se volvió detestable, en lugar de admirable. Los arrogantes de poder o de conocimiento no aceptaron tanta humillación. Y menos, pública. Por ello, en 399 a. C., le llevaron a juicio y le ejecutaron. A lo largo de la historia, a las personas libres las han matado por callar, afirmarse o acusar. A Sócrates, por preguntar.

Sócrates se negó a dejar nada escrito. Convencido de que la palabra que discute y discurre está más abierta a la verdad que la escrita, que tiende a la doctrina o al prejuicio. Con sus preguntas dejó al descubierto a los dogmáticos —que las interpretaron como desafíos— y mostró que la duda es la auténtica esencia del conocimiento libre. Es decir, el conocimiento que piensa.

Después de él, muchos otros filósofos hicieron de la duda su bandera: René Descartes, Michel de Montaigne, Baruch Spinoza, Friedrich Nietzsche, etc. La filosofía no es otra cosa que un ejercicio de escepticismo permanente, de cuestionamiento de lo que es aparentemente incuestionable. Esta es la tesis que subyace en Elogio de la duda (Arpa, 2016), el último libro de la filósofa española Victoria Camps. Un libro delicado, intenso, oportuno, recomendable. Ya en el prólogo, Victoria nos advierte de la polarización que monopoliza la conversación digital (y no tan digital) y nos invita a «anteponer la duda a la reacción visceral». Propone que asumamos una actitud dubitativa ante la vida, que ejercitemos la reflexión, que pongamos en cuestión tópicos, prejuicios y estereotipos, que nos detengamos y valoremos pros y contras antes de reaccionar o tomar cualquier decisión. La duda es la forma de llegar al conocimiento y también la forma de escapar de la simplicidad, de los discursos maniqueos, de la tiranía del presente.

El escritor argentino-canadiense Alberto Manguel también habló de la pregunta como método para llegar al conocimiento en su más reciente ensayo: Una historia natural de la curiosidad (Alianza Editorial, 2015). La curiosidad, para Manguel, «es el motor de la evolución humana» y la única forma de hacerle frente a una sociedad que no alienta, precisamente, el pensamiento crítico. «Si haces una caja cuadrada, debes crear elementos con ángulos rectos para que entren en ella», explicaba en una entrevista. La sociedad es la caja cuadrada, las reflexiones tienen —incluso etimológicamente— forma circular («reflexión» viene del latín re-flectus, acción de doblar, curvar).

La política peca de certidumbre. Los políticos no son curiosos. Son (o pretenden ser) seguros. No tienen preguntas. Son (o pretenden ofrecer) respuestas. De este modo, empecinados en generar confianza y credibilidad, presentan sus argumentos como mandamientos, sin dejar lugar para la duda, para el debate. En una entrevista, Camps decía: «No sé si saben [los políticos] que lo que hacen lo hacen porque está bien hecho, pero sí escenifican esa certidumbre. Sí ponen de manifiesto que cada uno tiene una verdad que pone límites a la verdad del otro. Y así no hay forma de acordar nada». Una seguridad aparente y ficticia que condiciona el diálogo y la deliberación.

Necesitamos, por ello, una renovada actitud de duda metódica para una nueva política, que incluya una nueva comunicación menos apriorística, menos previsible. La duda, reconocida como método filosófico, tiene que también convertirse en método de buen gobierno. Discutir, discurrir, discernir, es lo que nos conviene. Es decir, pensar. El resto es, simplemente, dogma.

Publicado en: El Telégrafo (Ecuador) (18.09.2016)

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