En los años posteriores a la pandemia, se repitió una paradoja en varios países: a pesar de que los números macroeconómicos mostraban que las economías se recuperaban, la sensación general de los votantes era justo la contraria. En el 2024, por ejemplo, Estados Unidos llevaba tres años de crecimiento. La mayoría de sus ciudadanos, sin embargo, pensaban que el país estaba en medio de una recesión. No es de extrañar entonces que los demócratas, y buena parte de los partidos gobernantes que optaban a la reelección ese año, perdieran sus respectivos comicios.
La contradicción parece estar relacionada con dos factores: el aumento de la inflación pospandemia y el incremento de la desigualdad. La clase media siente que puede comprar menos con su sueldo, mientras ve cómo las fortunas de los grandes multimillonarios crecen sin freno. Según el último informe del World Inequality Lab, un 10% de la población mundial concentra el 75% de la riqueza.
Es en parte por eso que Donald Trump resucitó políticamente en unos comicios en los que la gran mayoría de los votantes veía su situación económica como el principal problema. Y también por ello Zohran Mamdani ganó la alcaldía de Nueva York con un mensaje centrado en la asequibilidad y conquistando a muchos electores que habían optado por Trump para la Casa Blanca.
Cuando todavía desde el progresismo se debate sobre cómo enfrentar los populismos de extrema derecha que atraen a los votantes desencantados, la disonancia entre la realidad macroeconómica y la realidad de la calle no puede ser desestimada.
En el pasado reciente, algunas voces progresistas parecieron olvidarlo. Centrados en debates ideológicos y morales, pasaron por alto que el bienestar y la satisfacción de las necesidades básicas tienden a condicionar el voto. Algunos incluso han llegado a apostar por el decrecimiento económico como remedio contra los problemas ambientales, una propuesta peligrosa que olvida la importancia del bienestar económico para la estabilidad política y la buena salud de las democracias, como recientemente escribía Manuel Alejandro Hidalgo.
Ezra Klein y Derek Thompson, autores de Abundancia, cómo construimos un mundo mejor, apuntan que el progresismo debe dejar de centrarse tanto en las regulaciones y la economía de carencias para empezar a ofrecer nuevamente un ideal ambicioso de bienestar y crecimiento. Una clara vía para plantar cara a los populismos.
Si los ciudadanos tienen serias dudas sobre las capacidades de las democracias para trabajar con eficacia y ofrecer soluciones a sus problemas, es muy difícil que solo argumentos teóricos sobre la pureza y la legitimidad de este sistema sean suficientes para que lo defiendan.
La defensa de la democracia no solo pasa por las libertades y los derechos, también requiere que recordemos que ha sido y puede ser el mejor sistema para generar bienestar compartido.
Publicado en: La Vanguardia (19.01.2026)
Fotografía: Jakub Żerdzicki para Unsplash










