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Política del cuidado

La palabra cuidado viene del latín cogitatus (pensamiento) y cogitare (pensar), e implica una atención consciente y reflexiva sobre algo o alguien. Durante mucho tiempo, ha sido una palabra amable, un término cargado de valor, muy cómodo para usar en discursos, programas o declaraciones de intenciones. Pero la experiencia y la realidad nos han ido mostrado que el cuidado no es solo ética: es infraestructura democrática. Así, no es algo que se proclama, sino algo que se diseña, se financia y se gestiona.

La pandemia hizo visible lo que ya estaba ahí: instituciones que funcionan sin tener en cuenta los ritmos vitales de las personas, administraciones que agotan, sistemas que exigen resiliencia sin ofrecer sostén… Hablar de cuidado hoy implica preguntarse si nuestras democracias están pensadas para sostener vidas o solo para administrar crisis. La política no puede olvidarse del bienestar integral de sus ciudadanos. Si lo hace, el resultado inexorable es que la sociedad se marchita, y, con ella, la capacidad de promover una vida plenamente humana, como explica Luigina Mortari en su libro La política del cuidado (2024).

Investigaciones recientes subrayan este desafío. En el artículo «Democratizing care to care for democracy», Raeghn Draper y Eric Reinhart plantean el cuidado comunitario como infraestructura pública capaz de fortalecer tanto la salud como la democracia, advirtiendo que su erosión alimenta la desigualdad, el aislamiento y, con ello, el auge del autoritarismo. Por su parte, María Martín y María Venturiello señalaron en el 2017 que las políticas del cuidado son esenciales para cualquier Estado de bienestar, y que estas constituyen uno de los desafíos sociales más grandes que enfrentan las democracias. Desde la teoría política, Joan C. Tronto —profesora emérita de Ciencias Políticas en la Universidad de Minnesota y una de las voces referentes en ética del cuidado— advierte que una «democracia que cuida» exige repensar procedimientos, tiempos y responsabilidades institucionales, no añadir una capa moral al sistema, sin más. El cuidado, entonces, no es únicamente un programa social: es un diseño institucional. Implica lenguajes comprensibles, escucha activa, atención a la salud en un sentido global, conciliación, sensibilidad, respuestas y propuestas… Y una democracia que no cuida, además de desgastar, alejar y marginar a sus ciudadanos y ciudadanas, se desgasta a sí misma.

Quizá el verdadero reto político de los próximos años no sea solo gestionar conflictos o comunicar mejor, entre otros muchos, sino diseñar instituciones que, además de gobernar, sostengan la vida y reconozcan la fragilidad humana como ingrediente central de la política. Porque, sin cuidado, la democracia no es posible. Sin él, se olvida que la razón de ser de este sistema, su centro de atención consciente y reflexiva tiene que ser el ciudadano. Y, sin ciudadanos, no hay democracia.

Publicado en: La Vanguardia (02.02.2026)
Fotografía: Lina Trochez para Unsplash

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