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‘Brainstorming’ y política

Durante años, la técnica grupal conocida como lluvia de ideas o brainstorming se ha considerado una fórmula innovadora y eficaz para estimular la creatividad. Se recurre a ella para contribuir a generar ideas y propuestas, pensadas fuera de la caja, para abordar cuestiones muy diversas (un problema concreto, una estrategia, un tema, una campaña…).

Pensar colectivamente, siguiendo unos pasos concretos, y compartir el mayor número de ideas posible, de manera libre, abierta y sin filtros, parecía un recurso efectivo que producía resultados interesantes y que se movía en la línea de valor relacionada con la denominada inteligencia de las multitudes.

En los años ochenta y noventa esta técnica se puso en entredicho y varias decenas de estudios fueron cuestionando la efectividad de esta herramienta, ideada en 1939 por el publicista estadounidense Alex Faickney Osborn. Y, en el 2010, el estudio Produc­tivity loss in brainstorming groups: A meta-analytic integration ponía el foco en que la creatividad y productividad es menor cuando estas técnicas se aplican en grupo que cuando las personas pensamos solas, a título individual.

Más de ochenta años después, esta herramienta sigue teniendo predicamento, también, en la política. Muchas formaciones políticas y muchos equipos de líderes y candidatos siguen atribuyéndole un buen camino para la innovación política. Pero los problemas a los que la política democrática se enfrenta reclaman más que conexiones creativas, estímulos conceptuales u ocurrencias sorprendentes. Se necesita: estudio, análisis, propuesta. Método de deliberación, decisión y ejecución. Y un proceso de innovación y creatividad fuertemente ligado a la data dura y los elementos estructurales, sean geopolíticos, económicos o demográficos, por poner algunos ejemplos.

En algunas reuniones de comunicación política, siempre hay alguien que, como si creyera aportar la última moda en innovación, propone un brainstorming. Al final, esa supuesta lluvia de ideas acaba siendo una llovizna insulsa, hueca, tópica y previsible que permite la autosatisfacción e impide avanzar en la verdadera creatividad: la que, a través del estudio y la investigación —individual y colectiva—, permite la innovación. El resto solo son gotitas de falsa originalidad.

Publicado en: La Vanguardia (16.12.2021)

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