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¿Candidatos ‘culturetas’? ¡No!

Entrevista con Luis Alemany para su artículo de hoy en ElMundo.es titulado: ¿Candidatos ‘culturetas’?¡No!. Aquí tenéis la transcripción del texto tal como se ha publicado:

Los políticos rebajan su perfil intelectual. ¿Por qué?

Felipe González daba la lata con Cortázar y con Antonio Machado (lo hizo hasta en el programa de Bernard Pivot en la tele francesa); Aznar, con Gimferrer y Azaña (apareció en el de Dragó de Telemadrid); y Zapatero, con Borges y Gamoneda. Bill Clinton cenó con García Márquez y Carlos Fuentes, pero, después, le pidió a sus colaboradores que no sacaran mucho pecho. Francesc Carreras explicaba que los detractores de Ciutadans de Catalunya les reprochaban ser «un partido de intelectuales». Nick Clegg, días antes de las elecciones en el Reino Unido de hace un año, publicó un artículo en ‘The Guardian’ sobre Samuel Beckett. Luego, perdió ante David Cameron, mucho menos sofisticado. Ahora, Mariano Rajoy juega en los anuncios a ser un taxista sabihondo. Mientras, Rubalcaba, en las entrevistas más ‘personales’, habla de sus años de atleta, pero no de sus intereses culturales. Hace unos meses, David Gistau escribió en las páginas de EL MUNDO, aquello de que «un hombre puede ser culpable de inteligencia». Después, le recomendaba al presidente del PP que escondiera «el ‘Ulises’ entre las tapas del ‘Marca’».

Estas son las pruebas. Ahora llega la hipótesis: ¿es mejor para un candidato electoral aguar su perfil intelectual? ¿Es mejor hacerse pasar por una persona más vulgar de lo que en realidad es? ¿Es mala idea intentar parecer más inteligente que el electorado? ¿Acaban pareciendo los candidatos cultos unos pedantes insoportables?

Antoni Gutiérrez-Rubí, asesor de comunicación política, intenta matizar esa percepción: «La pedantería no es una característica de las personas cultas, sino más bien de las ignorantes. Los cultos, las personas verdaderamente cultas, tienden a ser humildes y más modestos en sus opiniones al ser más conscientes de la duda y de la complejidad. Los pedantes simplifican, no piensan. Lo que los electores quieren es que los políticos se pongan a su altura, los comprendan, los entiendan y les expliquen las razones de las soluciones. Y, creo, que para todo ello, la cultura es imprescindible».

O sea, que desmiente eso de que cuanto peor, mejor. Eso, en la teoría. «Creo que, en general, la vida cultural de nuestros políticos (lo que leen, escuchan, ven…) está poco presente en el debate público y en su imagen pública. No sé si es sinónimo de desconocimiento, pero sí de invisibilidad de la vida cultural de nuestros representantes en su proyección pública. Un dato: creo que en toda la legislatura no habremos visto llegar al Congreso a ningún dirigente relevante de los grupos políticos con, por ejemplo, un libro en sus manos. La invisibilidad de los mismos o es síntoma o prueba». Y continúa: «El recurso a la cita, el aforismo, o el pensamiento breve está muy extendido. La poesía sigue siendo un ‘arma cargada de futuro’, con un gran potencial evocador y metafórico. La voz y los versos de los poetas han sabido siempre condensar la tensión humana, sea social o emocional. Y, eso, en política es extraordinariamente valioso».

Y esto, ¿ha ocurrido así siempre? Es verdad que Felipe González decía cosas como «si no leo, no gobierno»; pero también es cierto que en la primera Transición, Adolfo Suárez triunfó con un personaje parecido al que ensaya Rajoy en la actualidad, el de hombre corriente y sensato que no se pierde en bobadas ni versos. «No haré suposiciones. No lo sé», responde Gutiérrez-Rubí sobre el caso Rajoy. «Lo que creo es que Rajoy apuesta claramente por parecerse a lo que cree (él, o sus asesores) que es la media del electorado. Piensa, y acierta, que en política no siempre ganan los mejores o los más preparados, sino los que mejor conectan y se identifican con las emociones y necesidades de los ciudadanos. Quien mejor se identifique podrá representarlos. Otra cosa es gobernar. Y en el mundo complejo, difícil y problemático en el que vivimos se necesitan algo más que muletillas o frases populares. El sentido común, que reclama frecuentemente, ya no es la única solución cuando lo que se ha perdido es el sentido de las cosas, y de la acción política. Necesitamos el sentido común del pensamiento excepcional».

Publicado en: ElMundo.es (11.11.2011)

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