InicioComunicaciónComPol¡Viva la moderación! Lecciones desde Portugal

¡Viva la moderación! Lecciones desde Portugal

ANTONI GUTIÉRREZ-RUBÍ — SANTIAGO CASTELO

El domingo pasado, António José Seguro se impuso con el 66,8% de los sufragios, convirtiéndose en el presidente más votado de la historia de Portugal. Hace apenas unos meses, las encuestas le situaban en un modesto 14% de intención de voto y en un lejano cuarto lugar. En el tramo decisivo de la campaña logró alterar por completo el escenario: pasó de candidato improbable a convertirse, para una amplia mayoría, en la única opción capaz de contener el ascenso de la derecha radical de Chega.

Era la apuesta segura del Partido Socialista, pero logró articular algo mucho más amplio: un «bloque social democrático» transversal y heterogéneo, en el que confluyeron votantes ecologistas, comunistas y también sectores conservadores. Esa vocación integradora se materializó en la denominada Comissão de Honra da Candidatura, una iniciativa que le permitió proyectar una propuesta de «carácter abierto, pluralista y no partidista». Durante la campaña recibió, además, el respaldo explícito de figuras destacadas de la centroderecha, como el expresidente Aníbal Cavaco Silva y el ex viceprimer ministro Paulo Portas. Incluso dirigentes en ejercicio, como el alcalde de Lisboa, Carlos Moedas, anunciaron que votarían por él, al considerar que «era capaz de no generar divisiones». El resultado fue una ampliación decisiva de su base electoral: casi duplicó sus apoyos entre la primera y la segunda vuelta, pasando de 1.755.764 a 3.483.470 votos.

La victoria de Seguro no fue (solo) una reacción defensiva frente al avance de la derecha radical. Fue, más bien, el resultado de la combinación de tres factores: una cultura democrática profundamente arraigada en la sociedad portuguesa; una estrategia partidaria orientada a la ampliación de mayorías; y un estilo de liderazgo y comunicación deliberadamente moderado.

En primer lugar, como bien describe José María Lassalle, «los portugueses se toman muy en serio la política» y, sobre todo, la democracia. Con su Revolución de los Claveles de 1974 pusieron fin a casi medio siglo de dictadura y abrieron el ciclo de elecciones libres más prolongado de su historia. Esa transición ganada ha contribuido a forjar una cultura política que valora la democracia como logro propio y patrimonio colectivo. Quizá por ello —apunta Lassalle—, aunque exista una ola extrema en el país, la mayoría «se sigue fiando de la moderación y la tolerancia».
 
En segundo lugar, la victoria de Seguro fue posible por una decisión estratégica sostenida en el tiempo. Bastante antes de la campaña, el Partido Socialista reformuló su relación con el Partido Social Demócrata (PSD) y la Alianza Democrática (AD), abandonando la lógica de la confrontación y adoptando un estilo de oposición más dialogante, responsable y constructivo. Esa posición de partida redujo los costes de los apoyos que llegarían más tarde. Seguro no era percibido como el candidato de un bloque cerrado, sino como una garantía de estabilidad y cooperación. Al no haber dinamitado los puentes con la centroderecha, el Partido Socialista pudo situarse en el eje de una mayoría más amplia y socialmente diversa.

En tercer lugar, el propio Seguro proyectó una imagen de independencia, moderación y capacidad de diálogo. Durante once años estuvo fuera de la primera línea política: dejó la Asamblea y la secretaría general del partido en 2014 y no regresó hasta el año pasado. En este intervalo dio clases en la universidad e impulsó una pequeña empresa de turismo. Este autoexilio político le permitió volver sin las inercias ni las hipotecas de las batallas recientes, con un perfil casi de outsider. Esa distancia le situó por encima de la lógica de bloques, evitando que quedara identificado con la dinámica de polarización que ha marcado la última década.

En campaña, no solo asumió su estilo moderado, sino que lo convirtió en eje de contraste frente a André Ventura, el candidato de la derecha radical. Así, incluso llegó a plantear la elección en términos de carácter y valores: «¿Prefieren tener un presidente que es un charlatán, alguien que es muy fuerte en la palabra, pero cuyos valores no valen absolutamente nada? ¿O tener un presidente que es correcto, educado, que respeta a su adversario, pero que es firme en sus valores y en la defensa del pueblo portugués?».

El contraste no implicó caricaturizar al adversario ni ignorar el malestar social. Seguro no subestimó el ascenso de la derecha radical. Tampoco asumió su agenda ni imitó su estilo. En cambio, optó por una vía más exigente: reconocer el malestar sin legitimar las soluciones populistas. «Comprendo a esas personas y quiero ser su presidente también», dijo en una entrevista. La empatía como punto de partida. 

En la misma línea, frente a la pretensión de la derecha radical de monopolizar la identidad nacional, disputó el terreno simbólico desde una lógica inclusiva. Utilizó los colores y símbolos portugueses no como instrumentos de autoafirmación y exclusión, sino como elementos integradores. La bandera no como frontera, sino como espacio común. Tras la victoria electoral, Seguro se presentó como el «PRESIDENTE DE TODOS».

Portugal —que a menudo funciona como laboratorio político, como bien explica Antón Gómez-Reino— ha demostrado que la moderación, cuando sirve para articular una mayoría amplia y está encarnada por un liderazgo creíble, puede ser, todavía, competitiva electoralmente. No es esa opción anticíclica e inviable que describen los paladines de la polarización. Ahora bien, la victoria no agota el desafío. Gobernar exige gestionar el descontento, como ha recordado recientemente Ignacio Sánchez-Cuenca. Cuando ese malestar no se reconoce ni se aborda, los electores tienden a buscar alternativas nuevas, muchas de ellas radicales. El problema no es la moderación; es la indiferencia ante el malestar social.

Publicado en: Agenda Pública (16.02.2026)

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