Promesas rotas

Hace unos años escribí sobre el resentimiento, una emoción política antigua, no siempre visible, que puede ser profundamente eficaz. A diferencia de la ira —que estalla— o de la indignación —que activa e interpela—, el resentimiento se acumula, sedimenta… Se instala lenta y sólidamente en la percepción de que algo nos ha sido arrebatado: oportunidades, reconocimiento, derechos, futuro.

La política actual convive con una creciente economía emocional del resentimiento. Y no es solo un sentimiento individual; es también un sentir colectivo, un clima social que se expande y condiciona. Aparece cuando las expectativas generacionales se rompen, cuando las promesas de progreso se debilitan o cuando la experiencia cotidiana contradice el relato tan instalado del mérito y el ascenso social.

En muchas democracias occidentales, ese resentimiento ha encontrado un terreno fértil entre los más jóvenes. No necesariamente porque estén más enfadados que otras generaciones, sino porque viven con mayor intensidad la distancia entre lo que se les prometió y lo que encuentran. Formación prolongada, acceso tardío a un empleo que ya no es estable, dificultades para emanciparse o construir proyectos vitales autónomos… Ese futuro prometedor y seguro parece llegar cada vez más tarde o no llega.

Y esta brecha entre expectativa y realidad es un potente generador de frustración política. El lugar donde surge parte de un resentimiento que no siempre se expresa como protesta organizada. A menudo adopta otras formas más difusas: desconfianza hacia las instituciones, cinismo hacia la política y los políticos, atracción por discursos directos y populistas cargados de retórica simbólica (sin soluciones concretas).

El resentimiento tiene también una fuerza narrativa muy poderosa. Simplifica los conflictos, redefiniendo los problemas y ofreciendo culpables claros: élites, generaciones anteriores, inmigrantes, instituciones, tecnologías… Es una emoción que ordena el mundo en términos de agravio y restitución. Por eso resulta tan útil para determinados proyectos políticos.

Pero reducirlo a un simple instrumento populista sería insuficiente. También es una señal. Cuando una generación siente que sus posibilidades vitales son más limitadas y peores que las de sus padres, la política debería escuchar y actuar con determinación. Las­ ­sociedades democráticas siempre han gestionado emociones colectivas: miedo, esperanza, orgullo, indignación… y el resentimiento es una de ellas, quizás una de las más peligrosas, cuando se ignora.

Albert Camus escribió que el resentimiento es una forma de esclavitud interior. La cuestión, por tanto, sería comprender qué lo alimenta y qué relatos pueden transformarlo. Porque cuando el resentimiento se convierte en el lenguaje dominante de una época, la política deja de imaginar futuros y empieza a administrar agravios. Y una sociedad que solo discute sobre agravios corre el riesgo de olvidar cómo construir esperanza y bienestar.

Publicado en: La Vanguardia (16.03.2026)
Fotografía: Devin Avery para Unsplash


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