Siempre han existido. En todas las épocas. Pero esta parece especial. Cada día hay más charlatanes, en todos los sectores y cada vez con más poder. Antes eran excéntricos o marginales, no tenían demasiada relevancia más allá de embaucar a algunos, aunque fueran muchos en ocasiones. Se los reconocía y se tomaban cautelas. Lo nuevo, como dice Moisés Naím en su libro Charlatanes. Cómo estafadores, farsantes y embaucadores manipulan a los medios, a los mercados y a las masas (Debate, 2026) es que «hoy, la charlatanería es más global y lucrativa que nunca. Gracias al poder de la tecnología, los embaucadores de nuestra época han tejido una red de fraudes a una escala sin precedentes».
La pregunta es inmediata: ¿por qué los nuevos timadores triunfan en un mundo hiperconectado, con más acceso a fuentes, capacidad de contrastar y verificar el embuste? Quizá deberíamos intuir la respuesta en el crecimiento de la desconfianza interpersonal y el deterioro de la autoridad de los expertos, sean personas o instituciones.
Ese caldo, ese ambiente de recelo y descrédito predispone cada vez a más personas a dar pábulo a todo tipo de chamanes de la palabra, a los populistas de la política, a los manipuladores de la verdad. Cuando la verdad se destiñe de objetividad —o se cuestiona o relativiza— las verdades subjetivas toman el reemplazo. Ahí los vivos, los temerarios, los engañabobos y los farsantes se aprovechan de los miedos y los prejuicios de cada vez más gente hiperconectada. El poder tecnológico tiene esta paradoja: interconecta, pero aísla —en su verdad sectaria, en su credo incrédulo— a cada vez más solitarios y desconfiados.
No queremos saber la verdad, siempre incómoda y compleja. Preferimos escuchar nuestros prejuicios que dan forma a nuestros miedos y fracasos. El púlpito digital de los nuevos tramposos consigue audiencias impensables para los farsantes de nuestro tiempo. Hay que protegerse. Vacunarse de los terraplanistas de conciencias que convierten en planicies de la ignorancia los volúmenes de la realidad compleja. «Tenemos una certeza: la próxima generación de charlatanes con inteligencia artificial será necesariamente mucho más destructiva que la anterior», advierte Naím.
La mejor manera de enfrentar a los charlatanes es moderar nuestra atención a los histriónicos, a los excesivos, a los gesticuladores. Todos estos aspavientos verbales o formales buscan engañar nuestros sentidos, perturbar nuestra autonomía. Hay que desconfiar de los que ofrecen soluciones rápidas, simples y totales. Los problemas o retos a los que nos enfrentamos no se resuelven con magos, sino con expertos y con ciudadanía responsable.
De todos los charlatanes, los peores son los falsos profetas. Los distópicos que aprovechan los finales del mundo diversos para redenciones fáciles. La vida no tiene atajos, casi nunca. Lo mejor es persistir en el camino, por duro, extraño e incomprensible que muchas veces se nos presente. Los charlatanes acechan.
Publicado en: La Vanguardia (11.05.2026)
Fotografía: Pixabay










