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De ganar y recaudar dinero a generar y compartir riqueza

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Publicado en: Expansión 24.03.04

El modelo de empresa del siglo XX se ha caracterizado por la lógica de la rentabilidad y la oportunidad. El mismo nombre de sociedad anónima responde a una manera de entender la actividad económica. Es decir, ganar dinero, cuanto más mejor y en el menor tiempo posible para los accionistas, para su inversión. Y si no es rentable, no interesa. Productividad, eficiencia, seguridad y redistribución han sido conceptos dominados por un principio de rentabilidad que le da sentido al modelo societario. Pero poco a poco los modelos empresariales del siglo pasado son cuestionados desde diferentes puntos de vista, desde diferentes actores sociales y económicos y, sobre todo, desde el mismo corazón de las empresas. Pasada y superada ya la etapa histórica de cuestionar el sistema por otro alternativo basado en la planificación frente a la libertad y tras el espejismo del pensamiento único de la década de los noventa, nuevos retos se plantean a las empresas en el siglo XXI. Retos que coinciden con la política.

La gobernabilidad, la sostenibilidad y la globalización están ocupando poco a poco el pensamiento y la acción de los sectores más lúcidos o más potentes. La percepción, cuando no la seguridad, de que la ingobernabilidad del mundo, la falta de horizonte sostenible o la globalización asimétrica son retos que se convierten en amenazas para la actividad empresarial, se ha instalado con fuerza en los centros de reflexión empresarial, pero también en buena parte de los consejos de administración transnacionales y en la mayoría de los directivos de los organismos financieros internacionales. Los notables casos de delitos económicos, los más que evidentes riesgos y síntomas de colapso ecológico, la falta de comportamiento ético de algunos directivos y las implicaciones de determinadas actividades industriales en el mantenimiento de situaciones de extrema pobreza o de flagrante vulneración de los derechos humanos en los países pobres han añadido, a la razón y al interés, una muy buena dosis de conciencia ética global. La justicia internacional, el eficaz control de la sociedad civil organizada, y el incremento de la conciencia del consumidor-ciudadano respecto a los valores sociales y medioambientales han contribuido a un estado de opinión exigente que se pregunta: ¿Es progreso que los caníbales coman con cubiertos?, como bien apunta John Elkington en su libro ‘La triple cuenta de resultados en los negocios del s. XXI’.

Con constancia y con rigor nuevos marcos teóricos se han abierto. Incluso en los centros más estratégicos del mundo empresarial se habla ya de la falta de capacidad reguladora y de gobernabilidad de los instrumentos políticos nacionales e internacionales con los que contamos en la actualidad frente a la complejidad de los problemas. Y se urge sin tapujos a la necesaria revisión, modificación y adecuación de los instrumentos que nacieron tras la Segunda Guerra Mundial, por otros nuevos y por hacer más eficaces los actuales. Incluso se propone que ante la lentitud de los procesos y de los cambios en la esfera política e institucional, es la propia empresa la que debe ser un actor de cambio y de gobernabilidad. Y se ha alojado la tesis de que sólo ganar dinero, es pan para hoy y hambre para mañana. Y que generar riqueza, de bienes materiales e inmateriales, y compartirla en la sociedad global del conocimiento y con el planeta herido, es la única garantía de sostenibilidad económica. Y, poco a poco, nuevas palabras pueblan el universo empresarial: de la rentabilidad como principio absoluto se avanza hacia la sostenibilidad económica y medioambiental, y de la oportunidad como método se reflexiona y se evoluciona hacia la responsabilidad.

La mayoría de los beneficios para los accionistas están hoy diferidos en el tiempo. Y si ése tiempo futurible es incierto, lleno de riesgos o inviable para la actividad empresarial, el valor de la mayoría de las compa?ías caería en picado. Por ello la responsabilidad y la acción empresarial sostenible se nutren mutuamente de una nueva alianza que está generando una nueva cultura empresarial, más comprometida con la sociedad, mucho más allá de lo que ha significado la acción social o el marketing con causa. No, no estamos hablando de modales, sino de modos. Hablamos de que los cubiertos no convierten en humano al caníbal. Hablamos de un nuevo horizonte para la empresa: el de su compromiso de gobernabilidad con el cambio inaplazable y de su responsabilidad social. Una nueva empresa para el siglo XXI.

Los datos son tozudos y claros. Como Saturno devorando a sus hijos, nos estamos comiendo el planeta y a sus hijos con el actual modelo. Y acabaremos devorándonos a nosotros mismos. Y es urgente que la capacidad de liderazgo del mundo empresarial, su visión del horizonte, su naturaleza innovadora y su voluntad de pervivencia se unan en un nuevo paradigma empresarial para el nuevo milenio. Queremos sociedades responsables frente a las actuales sociedades anónimas. Ya no es posible el anonimato que esconde la impunidad o garantice el privilegio. Nada ya nos es ajeno. Ni nada puede no afectarnos. Las fronteras de la riqueza ya no nos protegerán. Las nubes y los océanos no conocen de nuestros arbitrarios tiralíneas.

Hay que pasar de las conciencias a las agendas. De las sensibilidades a las propuestas. El conjunto de razones y de argumentos que nutren hoy lo que llamamos Responsabilidad Social Corporativa (RSC) son una oportunidad para la revisión y la transformación de las empresas en organizaciones con futuro, no sólo con presente. La agenda de dicha oportunidad pasa por dos grandes líneas de actuación. La primera reside en el entorno de las administraciones públicas y de las instituciones y actores políticos. Y la segunda debe de alojarse en el corazón y ?sobre todo- en el cerebro de las organizaciones empresariales para convertirse en la nueva alma de su funcionamiento.

El desconocimiento de la RSC en las empresas es sólo superado, aunque ampliamente, por las administraciones públicas y los actores políticos. Un mundo de prejuicios, tópicos, complejos y arrogancias les obnubila. Tantos años regulando, recaudando y asumiendo -en solitario- la responsabilidad de lo público les ha casi inhabilitado para darse cuenta de los retos y de las nuevas oportunidades. La petulancia de la gestión o el cliché ideológico ha llevado en muchos casos a la absurda lógica por la cual la administración prefiere la recaudación a la corresponsabilidad administración-empresa.

Pero una empresa responsable puede generar riqueza. Y la riqueza no se recauda; se garantiza, se estimula y se gobierna. Y aquí empiezan los problemas para la política formal. Nuevas rentabilidades sociales deben de ser animadas por las administraciones de todos los niveles. Y ello requiere nuevos roles públicos para lo privado. Además, es evidente que necesitamos más política, más gobernabilidad para el horizonte compartido. Pero el dinero está donde está. Y hoy, de las cien primeras economías del mundo, cincuenta y una son economías de empresa. En lo global o en lo local, los recursos disponibles para garantizar un entorno sostenible, no están sólo en la administración. Ni sólo de ella es la responsabilidad. Están en el mercado. Y más allá de la auto limitación y la deontología del mismo o de la regulación pública, necesitamos una agenda de compromisos evaluables y concertados en los niveles local y global financiados con una nueva lógica empresarial. Nueva lógica del beneficio y de la actividad.

Finalmente, la RSC debe de consolidar su atractivo para sectores lúcidos y creativos del mundo empresarial para convertirse en una nueva cultura ampliamente compartida. Las iniciativas que se suceden en dicha dirección apuntan a un peligroso corte cultural entre aquellas grandes corporaciones y el conjunto de la mayoría de las empresas medianas y pequeñas que desconocen como incorporar, en lo concreto y en territorio, nuevos paradigmas organizativos que nacen de la RSC. Necesitamos una agenda del cambio conceptual y cultural en el mundo de la política y de las administraciones públicas, así como en las empresas. Si adaptar planes estratégicos, innovaciones organizativas o tecnológicas cuestan largos procesos de aprendizaje y metabolización interna, cuanto más no costará un cambio de modelo y de concepto para revisar las responsabilidades y los compromisos sociales más allá del punto de partida privado o público. A dicha tarea, a la creación de puentes de reflexión y de acción entre lo público y lo privado para gobernar juntos lo político y lo colectivo desde la Responsabilidad Social Corporativa deben de dirigirse los esfuerzos activos de las políticas públicas. Nuestro empeño profesional y nuestro trabajo como think tank será el de contribuir con humildad a un cambio histórico de modelo y de horizonte que debe de ser compartido para que tenga éxito y que no puede dejarnos anónimos ante tanta responsabilidad.

Antoni Gutiérrez-Rubí, asesor de comunicación.

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