El hábito sí hace al político

La imagen de los líderes políticos en el siglo pasado estuvo muy marcada por la división de la guerra fría y reproducía un esquema bipolar. Frente a la uniformadora estética occidental se oponían los uniformes del otro bloque, entre los que destacaban el del incombustible Fidel Castro y las sobrias chaquetas de cuello mao de los comunistas chinos.

En aquel contexto sólo las apuestas coloristas de los no alineados, como Muammar el Gaddafi; o las de los exiliados o perseguidos, como Nelson Mandela, el Dalai Lama, o Yasir Arafat —todos ellos Premios Nobel de la Paz— rompían la previsible dinámica de contraposición estética e ideológica de finales del siglo XX. Sus camisas de colores, sus kasayas o sus kefias eran la señal más visible y mediática de sus reivindicaciones nacionales o políticas.

Pero la globalización y las nuevas dinámicas en las relaciones internacionales han introducido cambios y evoluciones muy significativas en los protocolos institucionales y en la manera en que los líderes mundiales entienden su puesta en escena pública. Presidentes que cantan, quién no recuerda a Yelstin; presidentes que bailan, como el japonés Junichiro Koizumi compitiendo recientemente por quién hacía de chico y quién de chica con Richard Gere; y presidentes que hablan con sus perros, como el presidente Bush en la felicitación oficial de Navidad de la Casa Blanca.

Las nuevas relajaciones e innovaciones protocolarias tienen razones bien diferentes según los protagonistas y conviven con modelos más rígidos y clásicos, especialmente entre las pocas mujeres de peso político internacional a las que siempre se juzga doblemente y a las que difícilmente se perdonaría alguna de las libertades de sus homólogos masculinos.

El presidente electo boliviano, Evo Morales, con su ya famoso jersey de alpaca, o el estilo del afgano Hamid Karzai representan una apuesta nacionalista que supera el concepto aceptado y regulado de traje típico de sus respectivos países. Karzai ha escogido un look que refleja su posición política. Un presidente que actúa más como un rey de jefes tribales. Lleva siempre un gorro de astracán y su túnica verde —sobria y elegante— choca con la severidad talibán alejándose del tópico fundamentalista y le permite presentarse como un líder que combina tradición y modernidad.

En cambio, las camisas de Gadafi y Mandela son más africanas que libias o sudafricanas. Los colores y los motivos florales o fáunicos que utilizan son un grito visual de gran impacto mediático que busca una imagen global de reivindicación continental.

El uniforme de Castro es tan incombustible como su régimen. El inmovilismo político se refleja en la pertinaz y reiterada imagen del líder cubano. Es su señal icónica de resistencia total: socialismo o muerte. El color verde olivo es el del camuflaje guerrillero de Sierra Maestra y su corte marcial es la imagen del Comandante en guerra permanente. Sin casi concesiones o signos de relajación, las últimas veces que se le recuerdan cambios en su indumentaria ha sido con la visita papal o en alguna antigua cumbre iberoamericana. Muy diferente ha sido la evolución de los líderes chinos, y en especial la del actual presidente Hu Jintao que con facilidad pragmática han adoptado los estilos occidentales más convencionales, combinándolos con un uso selectivo interno de las formas tradicionales del la estética maoísta del monolítico partido comunista. Mientras que el japonés Koizumi ha conseguido desembarazarse del rigor imperial con un estilo juguetón y vistoso sin importarle montarse en un patinete o abrazarse a todo ídolo del star system de paso por su país.

Rigor y neoconservadurismo
Ningún cliché es tan previsible y duradero como los sombreros y bolsos de la reina de Inglaterra. Su estilo es mucho más que tradicional. La reina perpetúa la tradición como un reflejo del concepto dinástico y sucesorio de su rango.

Frente a ella la estética elegante de la secretaria norteamericana Condoleeza Rice impone un modelo neoconservador clásico y centrado en un estilo de aristocracia económica y de autoridad equilibrada y vertical de simetrías perfectas: perlas en orejas y cuello, botones paralelos, trajes negros de cortes rectos, sin bolso, peinados de ondas inmóviles y maquillaje discreto con rojos intensos en labios y naranjas sobre sus mejillas. Condi sabe posar y estar. No es fácil, se prepara y lo hace con una fría eficacia.

Hugo Chávez se parece mucho a Silvio Berlusconi. No le importa ponerse un sombrero mexicano y cantar una ranchera si conviene, como Berlusconi es capaz de calarse un gorro pirata o cantarle a la presidenta finlandesa —ya ha editado dos discos de baladas— y tirarle los tejos sin pudor alguno. Los dos saben del valor de la televisión.

Uno tiene un programa semanal y el otro es propietario de varios canales italianos. Los dos hiperactúan. Berlusconi le pone los cuernos al exministro Josep Piqué en una foto oficial —¿recuerdan?— y Chávez no duda en gesticular o recitar improvisados versos y rimas. Pero mientras el italiano es ocurrente y divertido aunque a veces se pase un poquito, el venezolano es histriónico y peligroso según sea el juicio intencionado y fariseo de determinados medios internacionales.

Religión y política
El Dalai Lama es el máximo representante espiritual del budismo tibetano y como todos los monjes lleva austera kasaya (traje de seda fino) con sandalias de cuero y reloj de pulsera. La del Dalai es tricolor: roja, amarilla y con finos detalles azules que simbolizan las tres sectas más importantes del budismo tibetano. Habitualmente regala el hada (ancha bufanda de seda blanca, el color que simboliza la pureza y la felicidad) sosteniéndola con las dos manos y los brazos extendidos hacia adelante, al nivel de los hombros; para luego inclinarse y ofrecerla en un gesto reconocido mundialmente. La plasticidad y simplicidad de su estilo le ha convertido en un icono global y en la mejor carta de presentación de la resistencia tibetana muy en contraste con la liturgia vaticana de poder y jerarquía.

Amplificación mediática
Todos ellos y ellas saben del valor del protocolo institucional, de cómo las costumbres y usos de cada país reflejan tradiciones muy profundas y de la importancia de la imagen y los medios de comunicación en el mundo global.

Pero también saben que la amplificación mediática de sus gestos más visuales tiene una gran proyección mundial y son un factor clave en las estrategias de visibilidad y posicionamiento político nacional, ideológico o personal. Preparémonos para líderes menos rígidos y más espontáneos capaces de marcar posición política tanto como estilo estético.

Publicado en: El Periódico (8.01.2006)

Documentos de interés:
Montilla, Zapatero y Felipe González lucen el cocodrilo
Fuente: El Periódico 12.10.2007 (versión en pdf)

La corbata
Fuente: La Vanguardia 16.02.2007 (versión en pdf)

Ahora Bolivia
Fuente: Primer periódico ciudadano digital de Bolivia

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