Política: de la ideología a la filosofía

Publicado en la Revista de la Fundació Rafael Campalans (Primavera 2010) (versión pdf)

“Más vale encender una vela que maldecir la oscuridad.” Proverbio árabe
“Nunca corren buenos tiempos para quien no sabe a dónde va.” Séneca

En un contexto convulso e incierto, provocado por la crisis económica y financiera, con consecuencias devastadoras en lo social y en lo ético, algunas empresas empiezan a valorar el potencial que puede tener para la innovación y la productividad, la meditación y otras disciplinas y técnicas del silencio, la introspección y el equilibrio interior. La meditación abre, cada vez más, las oportunidades a una gestión de las organizaciones en que las emociones tengan un papel más valorado y reconocido al mismo nivel que las aptitudes y las actitudes.

Si la acción meditada es imprescindible (creo) en la gestión empresarial, en la política es consustancial. Lamentablemente, estamos lejos todavía de que los políticos valoren la importancia de la meditación, de la reflexión en silencio, de la capacidad de encontrarse a solas consigo mismo, para recuperar el sentido de la espiritualidad -profundamente humanista-, que puede dar otro sentido al modo de hacer y entender la política. No estamos hablando de religiosidad.

Vicente Merlo (doctor en Filosofía, profesor asociado de la Universidad de Barcelona, escritor y pionero en impartir una asignatura de meditación), en una reciente entrevista, afirmaba que la meditación aporta “ecuanimidad, claridad mental, y capacidad de concentración” y nos redescubre el silencio interior con una riqueza que no imaginamos.

Esta capacidad de concentración, de escuchar el interior, puede  desarrollar una nueva capacidad de comunicación a través de un determinado lenguaje político más preciso, más intenso, más sincero. La meditación puede ofrecer a nuestra política democrática la densidad moral y ética que acompañe una acción transformadora. Una densidad que debe percibirse en el uso de un nuevo lenguaje, un nuevo vocabulario en el que las palabras del espíritu no estén excluidas, proscritas o estigmatizadas. Políticos con una rica vida interior podrán servir mejor lo público. Políticos que hablen con el corazón serán los líderes del mundo incierto.

El ejemplo chino: volviendo a Confucio
Decía Octavio Paz que “se olvida con frecuencia que, como todas las otras creaciones humanas, los Imperios y los Estados están hechos de palabras: son hechos verbales”. En el libro XIII de los Anales, Tzu-Lu pregunta a Confucio: “Si el Duque de Wei te llamase para administrar su país, ¿cuál sería tu primera medida? El Maestro dijo: La reforma del lenguaje.” El filósofo chino Confucio (551-479 aC) que dio nombre al confucionismo o confucianismo (una doctrina que se ha definido más bien como una corriente ética y no tanto como una religión y cuya influencia ha perdurado durante siglos en distintas culturas), otorgaba al lenguaje un papel esencial en el gobierno de una nación. Los preceptos básicos de esta corriente son esencialmente humanistas y hablan de cómo debe relacionarse el ser humano con sus semejantes. Hace referencia a los valores, virtudes, relaciones… cómo desarrollar una buena conducta en la vida y un buen gobierno basado en la caridad, la justicia, y el respeto.

Valores que tienen en el lenguaje un pilar fundamental, ya que éste expresa la calidad moral del que habla. De hecho, al preguntarle sus discípulos qué mejoraría o reformaría si tuviera que gobernar un país, Confucio hizo referencia al lenguaje: “Si el lenguaje carece de precisión, lo que se dice no es lo que se piensa. Si lo que se dice no es lo que se piensa, entonces no hay obras verdaderas. Y si no hay obras verdaderas, entonces no florecen el arte ni la moral. Si no florecen el arte y la moral, entonces no existe la justicia. Si no existe la justicia, entonces la nación no sabrá cuál es la ruta: será una nave en llamas y a la deriva. Por esto no se permitan la arbitrariedad con las palabras. Si se trata de gobernar una nación, lo más importante es la precisión del lenguaje”.

China, por ejemplo, hace una apuesta pragmática por Confucio como pensamiento cohesionador de la tradición cultural y milenaria de su sociedad y como la base renovadora de sus caducos principios políticos. Esta orientación estratégica es profunda y dibuja el horizonte más esperanzador que existe en dicha sociedad junto al potencial de libertad de las nuevas tecnologías que se abre paso con una tremenda fuerza. Las reformas democráticas en ese país pueden llegar, sorprendentemente, por la combinación del pensamiento de hace más de 2.500 años y por el movimiento de placas tectónicas que supone la cultura digital e Internet.

Los fundamentos confucionistas unidos al desarrollo del denominado poder blando -concepto acuñado por el profesor de Harvard, Joseph Nye-, son las claves del desarrollo económico chino. Según Nye, en la fuerza de una nación podemos distinguir entre el poder duro, definido por la potencia militar, tecnológica, económica, etc. y el poder blando, que se refleja en otros factores como son la escala de valores, el estilo de vida, la cultura, la organización social, los modelos de desarrollo… China busca la síntesis. Daniel Bell, autor del libro El nuevo confucionismo de China afirma que “la tradición jugará un papel muy importante en el desarrollo y puede ser el hilo conductor de la nueva China”.

En el último congreso del Partido Comunista Chino, el 17º, celebrado el 15 de octubre de 2007 (encuentro quinquenal que decide la vida política del país para los siguientes años), la ideología dio paso a la filosofía: del comunismo al confucionismo. Bajo el lema “Armonía social” se justificó la falta de libertades, la censura o la represión tibetana. Pero, al mismo tiempo, se cimentaron las bases de la nueva China y su “otra” vía a la democracia y al progreso. El presidente Hu Jintao ya había anunciado un año antes, a través del diario China Daily, ocho “mandamientos” de fuerte inspiración filosófica para “recuperar la moralidad” y lograr una “cultura socialista avanzada”, que serían colocados en carteles para conocimiento de todo el mundo:

1. Patriotismo. Ama a tu patria, no la dañes.
2. Vocación pública. Sirve a la gente, no la abandones.
3. Conocimiento. Defiende la ciencia, no seas ignorante.
4. Trabajo. Trabaja duro, no seas perezoso ni odies el trabajo.
5. Ayuda al prójimo. Mantente unido y ayuda a los otros, no te beneficies a costa de los demás.
6. Honestidad. Sé honesto y digno de confianza, no busques los beneficios a costa de tus valores.
7. Disciplina. Sé disciplinado y cumplidor de la ley, en lugar de caótico y sin leyes.
8. Sencillez. Conoce la vida sencilla y las dificultades, no te sumes a los lujos y los placeres.

La apuesta filosófica es la opción estratégica actual del nuevo pragmatismo político chino, que va a permitir a su impermeable dirección aplazar, sine die y otra vez, las reformas democráticas. Y, al mismo tiempo, frenar el auge de movimientos religiosos muy importantes como la secta Falun Gong. Pero, a pesar de esta lamentable instrumentalización, hay, en la mirada a lo espiritual de un pensamiento milenario, un horizonte que debe explorarse desde las opciones políticas de progreso.

La filosofía, fuente para la regeneración política
De la experiencia china (con todas sus limitaciones y reservas), y de otras manifestaciones que expresan nuevas demandas morales y éticas para la revitalización de la política, hay que sacar algunas conclusiones. Necesitamos una nueva política y ésta sólo será posible con un nuevo lenguaje con más profundidad y espiritualidad. La alianza de progreso que se debe construir en lo local y en lo global para conseguir la esperanza de una gobernabilidad más justa, más sostenible y más pacífica necesita líderes, acciones, ideas, pensamiento… y palabras. También organizaciones, sí. Pero sin una nueva filosofía política no recuperaremos para ésta la opción directiva del presente y no podrá garantizar futuros. Corremos el riesgo de que la política sea irrelevante.

En sociedades líquidas, es tiempo de pensamientos sólidos. Ludwig Wittgenstein, el pensador austríaco que intentó definir la lógica del pensamiento humano escribía, ya en 1921, “que los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo“. Definitivamente, el mundo ha cambiado mientras que el lenguaje político parece haberse transformado en inservible, caduco y previsible. La política democrática y reformadora que se ha quedado sin vocabulario, sin sintaxis, parece que se conforma con la gestión de la ortografía. Volvamos a las palabras, a las que nacen de las ideas y de la filosofía; sin ellas, la ideología está muerta.

Volvamos atrás, para ir hacia adelante. Reforcemos nuestra formación sobre los clásicos: de Confucio a Aristóteles, pasando por Séneca. Recuperemos los fundamentos éticos y morales que constituían el debate de lo humano y de lo colectivo hace ya miles de años. Quizás hay que volver al lugar de donde nunca deberíamos habernos ido. Como decía el poeta Josep Vicenç Foix: “Sigueu moderns. Llegiu els clàssics”.

Bibliografía:
China’s New Confucianism, Daniell A. Bell. Princenton University Press (2008)
Respira, Martin Boronson. Ediciones Urano (2008)
La inteligencia espiritual, Francesc Torralba. Platafoma Editorial (2009)

Artículos relacionados:
La política meditada 

Aristóteles es director estratégico (Elisa Silió)
Fuente: El País (2.03.2009)

Confucio dijo… (Timothy Garton Ash)
Fuente: El País (12.04.2009)

Pekín utiliza a Confucio

Fuente: Público (28.06.2009)

“El bienestar va de dentro afuera, nunca a la inversa”, Aerin Alexander
Fuente: La Vanguardia (10.10.2009)

Otros enlaces de interés:
– Confucius Institute, Renmin University of China. Red del Instituto Confucio
Instituto Confucio de Barcelona (Casa Asia)
How does our language shape the way we think? Lera Boroditsky

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Comentarios sobre: Política: de la ideología a la filosofía

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  2. Totalmente de acuerdo en que se necesita una reforma del lenguaje, porque es la palabra la que estructura el pensamiento. No se puede innovar si no es a través del conocimiento, y es una pena que la filosofía haya quedado relegada al ámbito académico como un saber que poco tiene que decir en cuestiones prácticas. Es tarea de los filósofos imprimir un cambio radical y reconducir su saber a las preocupaciones sociales; aplicar los conocimientos a las cuestiones que nos preocupan hoy en día. Yo que estudié filosofía siento la necesidad de darle esa utilidad a mis conocimientos y por eso no me quedé haciendo un doctorado en la universidad.
    Respecto al caso de China, creo que su emergencia económica está acaparando el modo de proceder de su política. Sería genial que tiraran de toda su base filosófica en la construcción político-social pero el esfuerzo no es pequeño. Es un país muy heterogéneo, de grandes dimensiones e inestable políticamente hablando. La apertura que están experimentando hace que la sociedad tome conciencia de sí, pero sólo determinados núcleos (la primera China). Un Gobierno, dos sistemas. Este desequilibrio entre regiones es tema urgente, o se integran o las crisis internas obligarán a que la integración se plantee. Es un país muy complejo!
    Genial tu artículo para reflexionar.

    Saludos Antoni

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  12. Wittgenstein avanzó desde las fronteras de su lenguaje hacia el consenso con el mundo del otro, atravesando las fronteras del otro, gracias a la relación entre ambos mediante el lenguaje ( A tener en cuenta el Wittgenstein que heredó Habermas no? 🙂

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  14. Maxi, gracias… puedes reenviarlo? 🙂

    Idoia, gracias, tienes mucha razón. Aquí va un remake de Aristóteles: “Somos lo que hablamos” 🙂

    Clara, gracias, me interesa mucho la idea de la “misión” de la filosofía: más que ayudar a pensar, ayudar a hacer!!! 🙂

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  16. “No confundáis lo que es espiritual con lo que es abstracto. Y recordad que la filosofía tiene una musa y no debe ser una simple tienda de razonamiento”. Joseph Joubert.

  17. Gracias por poner en el candelabro algo esencial: dominamos los “qués” y los “cómos”… pero somos analfabetos de “porqués”. La filosofía (¡ ay, querida !) es precisamente el esfuerzo por establecerlos.

  18. Estamos de acuerdo, pero entonces no andemos agitando banderitas tontinas y hablando de revolución con vocación reformista y conformista…

    Algunos lo expresamos hace años y luego el 2.0 sale a decir tonterías con afán de teorías que no alcanzan ni a tratados de buenas costumbres… (creo que entendés de que te hablo)

    Nueva política, nueva ciudadanía, en fin por algo fuimos a la fuente latina para ponernos nombre, y como decía Toffler, seguimos siendo repelentes para un contexto que no es capaz de cuestionar siquiera las bases de su propio suicidio..

    Saludos!
    Gustavo
    neocivis.es

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