Pasear y la renovación política

Una de las críticas más certeras que se hace a la mayoría de los representantes políticos es que sus prácticas cotidianas, en el ejercicio del poder, les acaban «alejando de la calle, del pueblo». El reproche cívico se formula así: «Los políticos no pisan la calle, no saben lo que pasa, porque van siempre subidos en su coche oficial». Hay una íntima conexión entre pisar la calle (patearla) y el conocimiento que genera y que se obtiene desde la proximidad, sin intermediación. Pasear y pensar es un ecosistema fértil. Porque caminar y conocer, desde la propia vivencia y experiencia física del hecho de andar, son realidades inseparables. Desde los orígenes. Una vez más, ver y conocer gracias a la comprensión vivida.

La escuela peripatética fue un círculo filosófico de la Antigua Grecia que seguía las enseñanzas de Aristóteles, su fundador. Sus seguidores recibían el nombre de peripatéticos porque en la escuela del filósofo era costumbre enseñar paseando. Es decir: el paseo era el aula de las ideas. Recientemente, asistimos a una nueva mirada al hecho de andar como práctica que favorece el pensamiento, la reflexión, la meditación y la creatividad. Valores y virtudes de los que, lamentablemente, escasea la política previsible.

Una nueva mirada en forma de recuperación de autores que va desde los románticos a los surrealistas pasando por David Thoreau (y su innegable influencia en el movimiento 15M), hasta la proliferación de ensayos que, desde una perspectiva multidisciplinar, alaban y aconsejan andar para pensar. De entre las ediciones recientes hay que destacar El arte de caminar, un libro compuesto por la unión feliz de dos ensayos tan leves como geniales: Dar un paseo, de William Hazlitt, y Excursiones a pie, de Robert Louis Stevenson, recomendado por Enrique Vila-Matas y que ensalza también la idea del caminar introspectivo, el andar interior. El recorrernos para conocernos. Y reconocernos.

¿Tenemos hoy políticos que pasean, que caminan, que andan? La respuesta es triste por negativa. ¿Hay espacio para el paso reflexivo entre la política a golpe de tuit? Sí, y puede ser una gran oportunidad. ¿Para cuándo una personalidad política que haga del caminar su identidad? Y no me refiero a los paseos como posados de marketing político o para la escenografía publicitaria. Estoy hablando de radicalidad formal y de fondo, no de pura superficialidad fotogénica. La ciudadanía espera, con avidez ―y necesidad―, que la sorprendan entre tanto tedio ambiental y tanta banalidad argumental. El paseo como método de pensamiento político y como práctica de movilización política tiene, también, un gran potencial. Hay que innovar. Las obras ―humanas― de artistas como Hamish Fulton (en las cuales el acto de desplazarse caminando resurge como una forma subversiva y reflexiva de estar en el mundo) son inspiradoras.

Caminar puede ser subversivo, por reflexivo. Por su capacidad de crear alternativas al desplazamiento y al pensamiento en mundos saturados de ruido y contaminados de pereza. «Da la impresión de que algunos de los aspectos literarios y espirituales del caminar están en proceso de recuperación, después de años sin haberlos mencionado», señala José Antonio Millán. ¿Y los aspectos políticos? Explorar la filosofía del andar (y una creativa adecuación a la competencia política) puede ser un camino sugerente y sorprendente, justo cuando, desde la política conocida, más se necesitan nuevas y diferentes ideas. En palabras del filósofo Frédéric Gros: «El caminante es un rebelde que camina hacia sí mismo».

Las largas marchas políticas ―desde las históricas de Martin Luther King a Ghandi, pasando por las más recientes convocatorias― han sido, hasta ahora, la expresión más clara de esta capacidad movilizadora, de fuerte componente ético, y donde el esfuerzo del recorrido era un símbolo de resistencia. La agregación progresiva de personas era un caudal de acumulación de voluntades y esperanzas. Pero hay que volver a caminar cotidianamente para, cuando sea necesario, poder marchar excepcionalmente. Ahora que la vieja política parece que deambula, ―sin norte, sin sentido, sin paso firme― volver a andar, solo y acompañado, para pensar y pensarnos, sería casi un desafío a lo establecido, un gesto transgresor, una metáfora vivible de la filopolítica.

Publicado en: El País (29.03.2015)(blog ‘Micropolítica’)

Enlaces de interés:
Wanderlust. Una historia del caminar (Rebecca Solnit). Traducción de Andrés Anwandter
El club de lectura ambulante (Gema Lozano. Yorokobu, 18.06.2015)
Caminantes solitarios (89 decibeles. cirdan, 12.09.2014)

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