Casas o causas

Durante más de 30 años, las dos fuerzas políticas que han protagonizado la vida pública española lo tenían relativamente fácil. La gobernabilidad estaba garantizada por la simple alternancia. Solo hacía falta esperar a que el ciclo del adversario finalizara para estar en condiciones de volver a obtener el poder. Ambos partidos eran, oportunamente, la solución frente al otro cuando el desgaste o los errores agotaban su oportunidad. Las cómodas alternancias casi diluyeron las exigentes alternativas. Es injusto y falso decir (y pensar) que «son lo mismo», pero lo parecieron demasiadas veces.

En este contexto, la pereza sustituyó al conocimiento y al instinto. Y ambas formaciones fueron incapaces de ver la decepción, el hartazgo y, finalmente, la indignación ciudadana, así como los profundos cambios sociales y políticos que se producían por debajo de los sensores tradicionales de opinión pública. Y cuando la indignación ocupó las plazas y las redes fue ignorada, despreciada y dada por amortizada en un itinerario de arrogancia insoportable.

La zona de confort era tan amniótica que se postergaron las reformas políticas, electorales e institucionales; se ralentizaron las renovaciones (torpemente reemplazadas por simples relevos) y se desaprovechó la última oportunidad para hacer cambios de forma y de fondo. La victoria por abrumadora mayoría del PP actuó como placebo político. Todo volvía al orden del bipartidismo.

No ha sido así. Al contrario. La crisis económica ha agudizado la larvada ―y aplazada― crisis política e institucional. Nuevos ejes de identificación política han desplazado a los tradicionales de izquierda y derecha, que se han mostrado insuficientes para interpretar la diversidad social. Estos rediseñan los mapas ideológicos: modernos contra conservadores, los de abajo contra los de arriba, nuevos contra establecidos, digitales frente a analógicos. Es la victoria de las formas y las causas. Una estética portadora de esperanzas que, ahora, con la responsabilidad de la gobernabilidad, se pondrá a prueba. Ciudadanos y Podemos (y las versiones de los Ganemos) hablan, parecen diferentes. Que lo sean dependerá de sus acciones. Han roto el monopolio de la representatividad política y han liderado, en parte, la batalla cultural.
La arrogancia bipartidista no es exclusiva de estas formaciones. Los líderes políticos casi nunca tienen conciencia real de los límites de su poder. También sucede y sucederá con Ciudadanos y Podemos: que su éxito ―incuestionable ya― les puede nublar la vista y obturar las neuronas. Ni el bipartidismo está muerto, al contrario, ni nada va volver a ser como antes. Se abre una etapa de humildad para todos. Nadie va a poder gobernar sin los demás. Quien entienda la capacidad complementaria de su oferta, podrá liderar mayorías. El adanismo político (pensar que el borrón y cuenta nueva es renovador) es tan peligroso ―e incapaz― como el inmovilismo. Ciudadanos y Podemos han ganado la estética y la esperanza movilizadora. Ahora viene el desafío ético. Ser lo que pareces. Del desenlace final surgirá el nuevo mapa político.

Publicado en: El Periódico de Catalunya (5.04.2015) (portada)(artículo PDF)

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