El reloj de arena de Rajoy

No sabemos cuál es el tipo de reloj que utiliza el presidente del Gobierno. Pero lo que sí sabemos es que Mariano Rajoy tiene una relación diferente —¿conflictiva?— con el tiempo. Su tempo es de otro mundo. Su reloj no marca las horas. Pareciera que tiene una especial fascinación por los relojes de arena y su imperturbable —y magnética—manera de medir el tiempo. Cuando la fina arena ha pasado de un hemisferio a otro, puedes darle la vuelta por el puro placer de ver discurrir el tiempo entre tus manos. Rajoy se queda ensimismado e hipnotizado en su reloj de arena político.

Amante del control temporal y con un deseo oculto de controlar el momento político a costa de la irritación, de la desesperación, o del cansancio de sus colaboradores, ha presentado sus listas electorales a su más fiel estilo: en el límite temporal. Rajoy no ha traicionado su estilo quietista, donde la inmovilidad y la parálisis son su particular manera de estar en movimiento, pero esta vez lo ha revestido de un nuevo relato: su tempo es reflejo y síntoma de tranquilidad y de seguridad, no de parálisis. Es control, no desconcierto. Este es su nuevo mantra.

Hoy mismo, por ejemplo, y frente a los que le exigen reacción y sobreactuación en Cataluña, se ha erigido como el hombre tranquilo, proporcional y previsible que tanto desea ser: «Cuando uno sabe qué es lo que tiene que hacer está tranquilo», ha dicho en plena reafirmación personal y política. Veremos si esta vez a Rajoy, y su reloj de arena, le funciona el tempo. El Presidente no cree en la comunicación política. Le gustaría que todo se resolviera por el BOE. Pero la política no se hace sólo desde los decretos, sino desde la pedagogía.  Y los jueces no pueden —ni deben— resolver lo que a la política le incumbe. El tiempo es un aliado imprescindible para comprender lo que sucede, actuar con la realidad, e intervenir de manera efectiva en el devenir de lo vital. El tiempo es vida. Paralizarlo, retenerlo, ignorarlo es empezar a morir.

Rajoy confía en que le queda tiempo (hasta el 20D), y margen demoscópico, para resistir los empujes de sus opositores y para administrar, a su favor, el desafío secesionista. Hay un tiempo para cada cosa, piensa. Pero esta legislatura ha demostrado que los tiempos se aceleran, se agitan, se acortan. Todo va muy rápido. En cambio, Rajoy —que no es rápido de reflejos— está seguro que en tiempos de agitación e incertidumbre los hombres tranquilos son una garantía. Cree que su estilo será, finalmente, valorado por los electores. Por ello, insiste en desmarcarse de la espuma televisiva de las tertulias y de la efervescencia mediática. Apuesta por la sobriedad como sinónimo de seguridad y solvencia.

Rajoy (y su reloj de arena) se enfrenta a los cronómetros vitales de sus opositores. Ellos van rápidos. Él lento. ¿Llegarán a tiempo? ¿Les faltará? Esa será la cuestión. Hoy quedan 42 días para las elecciones. Para unos, suficiente. Para otros, escaso tiempo. Otros creen en los días decisivos y en la aceleración de la historia de la última semana. El que acierte en el tempo político, en el ritmo y en la energía movilizadora en estas seis semanas tendrá mucho ganado. Rajoy espera y aguarda. El resto se acelera. Veremos quién acierta.

Publicado en: El País (7.11.2015)(blog ‘Micropolítica’)

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