El poder de la silla vacía

El presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdogan, demostró en el Foro Económico de Davos que una silla vacía en Suiza puede llenar las calles de Ankara y de muchas ciudades en todo el mundo. Lo comprobó al regresar a su país donde fue recibido como un héroe, aunque las estrechas relaciones militares y políticas con Israel no cambien, ya que tienen fundamentos mucho más sólidos y de interés mutuo, a prueba de desplantes y excesos. El gesto de abandonar una de las famosas butacas de diseño helvético marcó la Cumbre, tras una exaltada intervención de Shimon Peres, presidente de Israel, que acusaba a Hamás de ser la única responsable de las muertes civiles. Ha sido -quizás- el incidente más grave en sus casi cuatro décadas de existencia. No sabemos qué hubiera pasado si las palabras de Peres hubieran sido dichas en otro tono -el veterano político se disculpó horas después por las formas- pero el plante de Erdogan ya era la noticia destacada de la prensa internacional.

La historia está repleta de sillas silenciosas que se convierten en potentes altavoces de palabras no pronunciadas. Las posibilidades del gesto son numerosas. En política, abandonar una silla puede ser más elocuente, a veces, que ocuparla. No hacerlo, por ejemplo, cuando se te espera y estás en minoría, puede ser un gesto de fuerza ganador, en el futuro. Utilizarla de manera diferenciada es un acto de protesta o desaprobación que puede marcar una trayectoria política o unas relaciones internacionales. Exhibirla vacía, como un símbolo, puede ser una reivindicación, un recuerdo o una denuncia permanente. Exigir tu silla o que te la presten es, también, escenario frecuente de tensión y negociación política.

De Gaulle mostró la fuerza de Francia con su ausencia en la mesa comunitaria en 1966, año en que se había acordado cambiar el método de voto (de la unanimidad a la mayoría cualificada) en el seno del Consejo. La denominada “crisis de la silla vacía” reflejó la durísima negociación por defender los intereses nacionales por encima de los europeístas y comunitarios. De aquel orgullo chovinista y nacionalista se desprendieron, por ejemplo, 30 largos años de política agrícola comunitaria de consecuencias nefastas. De Gaulle ganó con su silla vacía; perdió la mesa de Europa. Y nació el llamado “Compromiso de Luxemburgo“, que establecía que un estado miembro podría vetar una decisión que creyera que podía afectar a sus intereses nacionales.

Las reuniones internacionales han sido el escenario más habitual de plantes políticos, marcando estas citas al romper la unanimidad o debilitar la cohesión de foros multilaterales. Mohamed VI no ha asistido a cumbres de la Unión del Magreb Árabe (UMA) por la posición de Argelia sobre el Sáhara. Fidel Castro no ha participado en cumbres de la Organización de los Estados Americanos (OEA) como rechazo a los Estados Unidos y, en sentido contrario, la ex Secretaria de Estado norteamericana, Condoleezza Rice, abandonaba la misma reunión ante la hostilidad verbal de su homólogo venezolano, Nicolás Maduro.

No levantarse de la silla es, también, un acto de gran impacto mediático. Zapatero, siendo jefe de la oposición en 2003, no se levantó de su asiento en el tradicional desfile militar anual, a causa de la presencia de tropas de los países de la coalición de la guerra de Irak. Al año siguiente, en el mismo desfile y ya como presidente, vivió el desplante del embajador de Estados Unidos que no ocupó la que tenía reservada, en respuesta a lo que consideró una falta de respeto a su bandera y, por consiguiente, a su país.

Hay otras sillas vacías: las que son testigos morales y éticos de injusticias o crímenes. Una de ellas fue la protagonista en la entrega del Premio Sájarov 2008 al disidente chino y activista por los Derechos humanos, Hu Jia, encarcelado en su propio país. Su testimonio grabado y proyectado en una pantalla gigante fue acogido por los eurodiputados con una cerrada ovación. Mientras, en el centro de la tribuna del Parlamento Europeo, su silla, vacía, era testigo de su compromiso. En Colombia, miles de ciudadanos y activistas han protestado silenciosamente contra los secuestros y las ejecuciones extrajudiciales: dejando sillas vacías en calles y plazas, durante la Navidad, en recuerdo de los que luchan por la vida y contra el olvido. No hay imagen más conmovedora de la ausencia que la evocación de una mesa familiar en la que faltan los seres queridos.

La silla es símbolo del poder que se ejerce o que no se cede o del poder que se pide o se presta. En ausencia del líder, su asiento, vigilante, le mantiene presente, resistiendo el paso del tiempo. En Cuba, la Asamblea Nacional conserva la silla de Fidel Castro. En España, Zapatero inició una gran ofensiva diplomática buscando apoyos para lograr su presencia en la Cumbre G20 del pasado 15 de noviembre. Finalmente, ocupó el sillón cedido por Francia, ya que Nicolas Sarkozy asistió a Washington en calidad de presidente de la Unión Europea. El reto, en la próxima cumbre, será ocupar un lugar propio y permanente en una mesa que será decisiva. Otra vez, la silla será la clave.

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