El silbido y el silbato en política

Publicado en: El País (28.05.2012) (blog ‘Micropolítica‘)

Cuando las palabras no bastan, solo el grito es la respuesta. La respuesta cívica y política de la sociedad ante la gravedad y complejidad de los problemas globales y locales adquiere nuevos lenguajes de protesta que, por su originalidad, imaginación, compromiso y visibilidad se difunden rápidamente.  Muchas de estas protestas tienen una gran difusión viral gracias al formato audiovisual y la plasticidad de sus acciones y son fuente de inspiración para la creatividad social.

La mayoría de ellas no utilizan la palabra. Se expresan con el cuerpo en acciones rotundas, inequívocas, de rechazo frontal, de denuncia, de alerta inexcusable e inaplazable. Gritar, desnudarse, caminar, correr, hacer ruido, ayunar… son acciones de una radicalidad simple y muy efectiva que manifiestan, en su simplicidad, el cansancio y la desesperación de una ciudadanía harta e impaciente.

Silbar es una de las más utilizadas. Silbar en política es indignación sonora. Y el silbato, su arma democrática y pacífica. Es un instrumento maravilloso. Útil para la defensa civil, y en la lucha contra los desastres naturales, es también el símbolo imprescindible de la autoridad, del imperio de la ley. Y cuando la autoridad pierde legitimidad, instrumento de protesta, censura y crítica. Hasta los propios policías, en el Reino Unido, lo han utilizado para rechazar recortes y oponerse a las propuestas del gobierno. Estas son algunas de las últimas iniciativas donde ha sido protagonista.

1. Contra el hambre. El objetivo de la campaña 1billionhungry (2010) era presionar a los políticos por la lucha contra el hambre. Patrocinada por la Organización de Alimentación y Agricultura, FAO, la campaña global tuvo (y tiene) una gran repercusión. Su símbolo es un silbato amarillo que ayuda a quien la apoya a hacerse notar. Un vídeo extraordinario de Jeremy Irons, entre otros personajes públicos, expresando su profundo cabreo y enojo ante la inacción de la política frente al hambre en el mundo, contribuyó al éxito de la iniciativa.

2. Contra la violencia a las mujeres. “Contraponemos al silencio, que rodea a esta violencia, el silbato. El silencio aparece como un gran enemigo que se impone, ya que nueve de cada diez abusos no son denunciados. El silencio es reforzado por el Estado, porque cuando una mujer se anima a denunciar es humillada, puesta en el banquillo de acusada. Esto construye un manto de impunidad, que ampara a los abusadores”. Así se expresaron las mujeres organizadoras de una protesta en Argentina para denunciar la pasividad de los fiscales. La iniciativa permitió romper el muro de silencio e inacción con los que los responsables de luchar contra la violencia se protegían de su incapacidad profesional.

3. Contra la corrupción. A las puertas del Congreso de los Estados Unidos, en enero de este año, miles de activistas denunciaron las relaciones opacas entre empresas de petróleo y gas con los congresistas. Era una coalición de grupos ecologistas con manifestantes disfrazados de árbitros que fueron a “soplar el silbato” a los legisladores que han recibido contribuciones económicas en campaña electoral por parte de las compañías petroleras.

4. Contra la manipulación. En México, en 2009, varias asociaciones ciudadanas protestaron contra todos los partidos en el debate de candidatos a la Alcaldía de Monterrey, preocupados por la ausencia de un verdadero árbitro electoral, y entregaron a la Comisión Estatal Electoral un silbato y una tarjeta roja, junto con la petición ciudadana para que cumpliera con su trabajo y vigilara, denunciara y castigara las ilegalidades que cometen diariamente todos los partidos políticos.

No tengo dudas de que el hecho de silbar –y el silbato- va a estar muy presente en nuestra vida política y social. A su simplicidad se une la capacidad de generar una complicidad coral, efecto mediático y liberación personal y colectiva. Es el sonido hecho imagen. Silbar, en solitario o en un estadio, por ejemplo, es romper el muro del silencio o de la provocación calculada. Ni 100.000 vatios pueden enmudecer una pitada colectiva. Los que creen que el control del volumen (en el campo y en la televisión) es fuente de control político están muy equivocados. El ruido (silbatos, gritos, palmas, caceroladas, cláxones…) como respuesta democrática, crítica o alternativa crecerá. Será la voz de los sin voz. Y la constatación, también, del fracaso de la palabra.

En política y en economía, muchos de los árbitros (jueces, legisladores, gobernantes) se han comido el silbato y se están tragando algunas graves faltas al reglamento. La ciudadanía va a ser mucho más exigente con los que deberían sancionar los excesos, impartir justicia, velar por el cumplimiento de las normas y castigar (previa advertencia) el juego sucio. Si la política se olvida del silbato, que no se queje de que el silbido sea la respuesta democrática –insolente y colectiva- de los que sienten que su voz no es escuchada.

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