Procomún y socialdemocracia

procomún y socialdemocracia

El procomún, un nuevo enfoque “socialista”
Los retos de la socialdemocracia
Iniciativas de procomún: de la comunidad rural al parlamento
El activismo del procomún, una oportunidad para repensar la oferta socialdemócrata

Una de las observaciones que me parece más evidente del debate sobre la llamada “crisis de la socialdemocracia” es la falta de creatividad. Los análisis tienen la extraña virtud de mutarse en atemporales -como si la crisis ideológica estuviera detenida en el tiempo-, mientras que la realidad va rápida, muy rápida. No hay duda de que el debate es incesante. Sólo hay que ver y leer la abundante proliferación de artículos, libros y seminarios sobre el tema. Pero, cada vez más -me temo-, todo se mueve en círculos concéntricos, reverberantes, redundantes.

Otra de las características de la discusión es la reiteración de antiguos paradigmas y enfoques. Como si la ruptura de las ecuaciones tiempo y espacio propias de la sociedad disruptiva digital no obligara, por ejemplo, a un cuestionamiento absoluto de las prácticas políticas de los servicios públicos. Sorprende, también, la tímida irrupción de nuevos pensadores, con muy notables excepciones, que rompan los tradicionales esquemas apriorísticos y los esquematismos simplificadores. Pero lo auténticamente grave, a mi juicio, es la falta de nuevos nutrientes para repensar una oferta política que ya no puede, por ella misma, revitalizarse ni regenerarse. O al menos muestra signos evidentes de agotamiento.

Uno de estos nuevos ingredientes es el concepto del procomún que, a pesar de que está “de moda”, permanece ausente –lamentablemente- de las reflexiones más lúcidas y críticas que se están produciendo. Es una idea de raíces profundas en la construcción histórica de lo comunitario,  que recoge la esencia del uso de los bienes comunes. Más allá de la voluntad de la posesión, el procomún engendra el valor de aquello que heredamos, que creamos conjuntamente y esperamos legar a generaciones futuras.

La fascinación que sigue teniendo la socialdemocracia –al menos en el discurso- por la conquista democrática del Estado, como objetivo último y más determinante para la construcción de una sociedad de la justicia social y la libertad, a través de reformas sostenibles, explicaría -quizás- su desprecio o ignorancia por nuevas corrientes de pensamiento que crecen con fuerza, como el procomún.

Frente a los que piden “menos Estado, más sociedad”, la socialdemocracia tradicional responde con “más Estado, más sociedad”. Pero el debate que debemos abordar es cuánto Estado es sostenible y cuánta sociedad (cuánta ciudadanía) nos hace falta para conseguir una alianza fuerte entre generaciones, capaz de ofrecer un horizonte colectivo de desarrollo personal (no sólo material) y de progreso (no sólo  económico).

La ‘cultura del procomún’ puede conectar mejor con las sensibilidades y las nuevas mayorías que la ‘ideología de lo común’. No hay Estado, (ni gobierno) que por sí solo pueda ya resolver los desafíos a los que nos enfrentamos. La pérdida de poder del Estado, asociada a la pérdida de poder de lo público, nos obliga a los ciudadanos a rescatar la política protagonizada exclusivamente por nuestros representantes (y sus instrumentos, los partidos políticos). Necesitamos recuperar parte de la soberanía cedida vía representación. Con ella, hemos renunciado a nuestra responsabilidad cívica, personal e intransferible. Necesitamos reapropiarnos de nuevo de lo que nunca hubiéramos tenido que delegar. La comercialización en la que se han transformado nuestras responsabilidades individuales, a través de nuestras obligaciones fiscales, se parece demasiado a la compra de las indulgencias religiosas: puesto que ya pago lo que me exigen, puedo hacer lo que quiera.

La socialdemocracia parece que se conformó con este pésimo negocio. Renunció a fortalecer a los ciudadanos y ciudadanas, a los que sólo vio como contribuyentes. La política, fascinada por su poder, prefirió tener electores en vez de ciudadanía crítica. El resultado es, finalmente, pavoroso y clamoroso: sin política y sin recursos. Y con la crisis más importante de confianza, legitimidad y representatividad que nunca hasta ahora hemos tenido.

El procomún, un nuevo enfoque “socialista”

La cultura del procomún no se vota, se practica. Ahí radica su fuerza incuestionable. Anclada, casi sin saberlo, en el pensamiento de los economistas Jeff Liebman, Austan Golsbee y David Cutler (asesores económicos de Barack Obama en su primera etapa), que han sido influenciados, a su vez, por la escuela de la Behavioral economics (economía del comportamiento). Este grupo articula un movimiento académico progresista que estudia cómo los principios psicológicos pueden aplicarse a las decisiones económicas y que ha influido, considerablemente, en el presidente estadounidense. Creen que el mejor gobierno es el que estimula un comportamiento colectivo.

El procomún piensa, actúa y evalúa en comunidad. La competitividad se desvanece a favor de la colaboración. No pretende cerrar soluciones, sino compartirlas. Abrir y enlazar respuestas, aporta beneficios al conjunto de la comunidad. Por un lado, los commons generan un ecosistema de apoyo a las iniciativas que surgen a su alrededor. Por otro lado, retroalimentan y evolucionan el modelo a favor de la propia comunidad. La creación de valor es compartida.

La economía del bien común no es una quimera. Su importancia no se debe a los cambios concretos que consigue, que son tangibles, sino a las energías cívicas y democráticas que libera. Teóricos como Christian Felber inspiran los nuevos movimientos de empresas sociales y de ciudadanía crítica que, sin esperar a cambios estructurales, practican los cambios vitales. “Sé tu mismo el cambio (aunque sea pequeño, muy pequeño) que quieres que se haga realidad”, nos dicen. Su propuesta ideológica es una propuesta de vida. De ahí su fortaleza y su atractivo: la coherencia.

Conseguir un marco legal para el desarrollo de valores de orientación empresarial y personal hacia el bien común es su objetivo. Con ello, se incentivaría a sus participantes. Para este fin, es importante que las empresas realicen un balance de su aportación al bien común. La dignidad humana, la solidaridad, la sostenibilidad ecológica, la justicia social y la participación democrática y la transparencia son cinco ítems que actúan de indicadores para su valoración en tanto que empresa u organización.

Los retos de la socialdemocracia

La socialdemocracia se ha alejado de la práctica vital y emocional de las personas para ofrecer un contrato político de gestión y reformas. Pero la crisis ha puesto en evidencia que los retos a los que nos enfrentamos no se resuelven sólo con gobernantes (los mejores) sino con masa cívica y democrática comprometida en el bien común, el horizonte colectivo y el interés público. La socialdemocracia ha dejado de conmover las vidas y las actitudes de las personas y, sin esta energía vital, se ha descapitalizado de ideas y de coherencias vitales sin las cuales no se puede hacer frente a los desafíos.

Cuando la “política oficial” ha intentado aproximarse a la cultura del procomún tampoco ha sido asertiva. La cultura del procomún trabaja en red, con roles de poder distribuidos, horizontales, sin protagonismos. Aunque la persona es el eje de su discurso, lo es en tanto que parte del colectivo, no por un afán de protagonismo personal. Son movimientos de base, que replantean los cimientos sociales, económicos, culturales, políticos… no necesitan, ni quieren, directivas del liderazgo desde los espacios de poder tradicionales. Éstos no ofrecen alternativas, son  percibidos como distintas caras de un mismo modelo.

Iniciativas de procomún: de la comunidad rural al parlamento

La cultura del procomún se abre paso en microexperiencias muy locales pero con un carácter muy profundo, como el ejemplo de Abla. Este pequeño municipio rural de Almería ha generado un gran número de proyectos colaborativos  basados en la filosofía del procomún (huertos cooperativos, espacios para generar ideas para la comunidad, talleres, etc). El soporte de un blog y las redes sociales facilitan la organización de las iniciativas.

Otras referencias rurales son la gestión comunal de los montes en Galicia, en la zona de Betanzos. Las comunidades de montes vecinales son instituciones propias de Galicia desde tiempo inmemorial. Existen alrededor de 3.000 unidades productivas comunitarias que llegan a ocupar 700.000 hectáreas de superficie. O los Concejos Comunales de Álava, donde sorprende que haya sido posible mantener esta estructura de organización comunal a lo largo de varios siglos. Más de 300 “concejos” de menos de 1.000 habitantes funcionan en régimen de “concejo abierto” y son propietarios del 80% del suelo del municipio.

Quizás uno de los mejores ejemplos de aplicación de la cultura del procomún sea la red Transition Towns nacida en Gran Bretaña pero que se va ampliando, especialmente en localidades del norte de Europa. Esta red, con un fuerte componente ecológico (fundamentado en la teoría del peak oil, el consumo de petróleo ha llegado a su punto máximo), incentiva una gran cantidad de proyectos cooperativos entre las comunidades. La base de los proyectos es muy diversa: desde compartir la generación de energía, las propias cosechas, conocimientos o, incluso, fabricar casas.

La cultura del procomún avanza y encuentra ya respaldo institucional. Durante el mes de mayo de 2012, en la Cámara de los Comunes del Reino Unido, se celebraron doce seminarios centrados en la economía del bien común. Aunque el evento tuvo lugar en Reino Unido, el impacto del debate desea superar las barreras del país. Para los organizadores es importante dar a conocer la cultura del procomún como una alternativa a las fórmulas económicas existentes basadas en el capitalismo o el neocapitalismo. La base del capitalismo -la sociedad de consumo- se reformula hacia una sociedad del uso de los bienes comunes. Los seminarios pretenden sentar las bases para una transición hacia este modelo.

El activismo del procomún, una oportunidad para repensar la oferta socialdemócrata

El intento de privatizar los bienes comunes es una constante en todas las latitudes: el agua de Cochabamba en Bolivia, las tierras de pastura en la India o algunas zonas de terreno en los Balcanes, encuentran respuesta  en el activismo del procomún. Y, cada vez más, éste nutre los nuevos formatos de participación y representación política como la significativa irrupción del Partido Pirata, presente ya en cuatro parlamentos regionales alemanes. El Partido Pirata, con un enfoque inicial en la libertad de Internet, ha amplificado su marco de acción hacia la cultura del procomún. Si ellos lo hacen, ¿por qué no lo van a hacer los partidos socialistas?

El debate sobre la crisis de la socialdemocracia ya es inseparable del debate sobre la praxis política de los partidos que se identifican con esta corriente de pensamiento. La acción partidaria ha devorado la idea política. Esta es la cuestión. Necesitamos, urgentemente, otro modelo de partido para poder pensar de nuevo.

Practicar el procomún en la vida de partido, por ejemplo, sería una gran contribución a este esfuerzo de regeneración política. No se resolverá la crisis de la socialdemocracia con debates encerrados en las mismas paredes que han ahogado, lentamente, el pálpito del cambio y de la renovación. Trabajar juntos, para pensar juntos, con nuevos aportes, injertando lo nuevo –con generosidad y sin miedo- en el viejo tronco socialdemócrata, y hacerlo de manera diferente, más creativa y con mejores respuestas a los desafíos… es el itinerario que hay que explorar –y practicar- si queremos hacer un debate a fondo, al tiempo que transformamos nuestras prácticas en un proceso de renovación política personal y colectiva.

Publicado en: Fundación Ideas (30.05.2012) (versión pdf)

Artículos de interés:
Espacio público y bien común (Joan Subirats. El País, 1.07.2012)

Artículos publicados en la Fundación Ideas:
El partido como coworking social (13.03.2012)
Otro modelo de partido es posible (27.12.2011)
De la indignación al compromiso (06.06.2011)

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