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La adulación en política

La abdicación del rey Juan Carlos I y el proceso jurídico y político desencadenado posteriormente hasta la proclamación de Felipe VI han provocado un alud informativo excepcional. Las posiciones contrastadas de los diferentes actores políticos y sociales, así como el trasfondo crítico de la sociedad española con la institución y sus representantes (como demuestran las encuestas recientes), ha sido compensado —corregido— por una abrumadora hagiografía laudatoria en la mayoría de los medios de comunicación y entre sus analistas y cronistas. Han aparecido, una vez más, los aduladores políticos y los cortesanos de la palabra, casi siempre envueltos de patriotismo acrítico o de responsabilidad sobrevenida.

Estos días, el lenguaje políticamente correcto ha llegado a su paroxismo emocional y se ha transformado en pegajosa sintaxis claudicante. Las omisiones escandalosas y las lecturas parciales e interesadas han recorrido una amplia gama de registros que oscilan desde la autocensura (o la censura real) hasta el bochorno. Y han aflorado más papistas que el Papa. Los halagos y los excesos han sustituido a los análisis ponderados; la exaltación constante a la reflexión serena; las lisonjas reverenciales a las opiniones equilibradas. Hay quien ha doblado tanto el espinazo que se confunde con un felpudo.

Monarquía y adulación han ido de la mano casi siempre a la largo de la historia. En estos momentos que vivimos conviene leer a los clásicos. «¡Pero si va desnudo!», exclamaba un niño ante todo un pueblo, viendo pasar al rey, en el famoso cuento de Hans Christian Andersen, El traje nuevo del emperador (también conocido como El rey desnudo). Una fábula publicada en 1837 que se ha mantenido viva a lo largo de los años por su carga simbólica, las metáforas que presenta y las reflexiones asociadas. Una obviedad negada por la mayoría; una exclamación sincera, expresada desde la verdad e inocencia atribuidas a la infancia. El monarca reacciona así ante el grito del niño, según narra el cuento: «Aquello inquietó al emperador, pues barruntaba que el pueblo tenía razón; mas pensó: ‘Hay que aguantar hasta el fin’. Y siguió más altivo que antes; y los ayudas de cámara continuaron sosteniendo la inexistente cola».
La adulación corrompe al adulador porque su motivación —o el beneficio asociado— es una compensación interesada. Se compra su lealtad, a cambio de su mentira o engaño. Y corrompe al adulado porque le confunde o le conviene para mantener una posición insostenible desde la razón y la crítica. La adulación, además, no tiene garantizado el éxito porque no se fundamenta en la realidad, sino en su sublimación. Y porque nada solvente, serio y riguroso se logra con espuma de jabón.

Felipe VI deberá protegerse de sus aduladores. «Un rey está perdido si no rechaza la adulación y si no prefiere a los que dicen audazmente la verdad», decía François Fénelon, autor de la novela Aventuras de Telémaco (1699), una mordaz crítica a las políticas de Luis XIV, el Rey Sol. Confundir pleitesía con cortesía, o lealtad con sinceridad, es grave en cualquier aspecto de la vida. Más en una monarquía parlamentaria.
Séneca, el gran filósofo, ya nos advertía: «Prefiero molestar con la verdad que complacer con adulaciones». Pues así estamos, parece, dos mil años después: entre la complacencia cortesana y la crítica ciudadana. Esperemos que Felipe VI prefiera la verdad a la impostura.

Publicado en: El Periódico (19.06.2014) (versión .PDF)
Fotografía: Matthew Takocz para Unsplash

Artículos de interés:
La sucesión, un blindaje imperfecto (Enric Hernàndez. El Periódico, 15.06.2014)

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