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¿Un Gobierno, o un buen gobierno?

Estoy releyendo un libro delicioso —y muy recomendable— de Plutarco: Consejos a los políticos para gobernar bien. Recurro al texto, con frecuencia, en momentos de confusión, casi de atribulación, como los actuales. Sigo la norma del poeta J.V Foix: «Sigueu moderns, llegiu als clàssics». Vuelvo a los filósofos antiguos sin desprecio alguno por la actualidad. Al contrario. Pero sí que lo hago convencido de que, como en muchas otras cosas, las enseñanzas de la historia, y más de la filosofía, son imprescindibles para el presente si éste quiere devenir futuro.

Plutarco, el gran filósofo y uno de los grandes de la literatura helénica de todos los tiempos, ofrece en esta obra consejos que hay que considerar y recuperar si se quiere gobernar: «En primer lugar, no se debe elegir la política por un impulso repentino, por no tener otras ocupaciones o por afán de lucro, sino por convicción y como resultado de una reflexión, sin buscar la propia  reputación,  sino  el  bien  de  los  demás». Ya entonces, como hoy, el acento no estaba en tener —o no— un Gobierno, sino que lo que se necesita, por encima de otras consideraciones, es un buen gobierno. Y buenos gobernantes.

Apelar a la simple —y necesaria— gobernabilidad como factor garante de la estabilidad y del progreso es, como mínimo, discutible. Es falaz. Un Gobierno que no sea un buen gobierno, sería tanto como renunciar al sentido vertebrador y orientador de las políticas, que son diversas y de prioridades diferenciadas. Es decir, hay quien pretende (interesadamente) reducir la política a su gestión administrativa, como si ésta fuera neutra, aséptica o inevitable. Esa es la cuestión central, creo. Hay otras, pero ésta es, a mi juicio, la que debería ocuparnos.

Acaba de salir publicada la última obra de Pierre Rosanvallon, El buen gobierno (Manantial. Buenos Aires, 2016). Un clásico contemporáneo. En esta obra el autor continúa su ambiciosa exploración sobre la mutación de las democracias actuales, iniciada con La contrademocracia (2006) y seguida con La legitimidad democrática (2010) y el imprescindible ensayo La sociedad de los iguales (2011). En su obra reciente, el autor va más allá de la crisis de la representación (que ha ocupado sus textos anteriores) y fija su atención en el mal gobierno provocado por la inobservancia de las reglas de la transparencia y del ejercicio de la responsabilidad, así como la falta de atención (y escucha) de las necesidades, opiniones y demandas de la ciudadanía.

Su oportuna reflexión me recuerda el método del recientemente fallecido Michel Rocard, y que debería orientar a cualquier político en su tarea de representar y gobernar. Lo reproduzco, literalmente, por su extraordinario valor:

«De entrada, valores fuertes y objetivos claros.
Un conocimiento profundo de la historia, de las representaciones, de los intereses, de las organizaciones.
Una escucha atenta de las partes implicadas, un diálogo profundo, una organización del debate, de su entorno, de su calendario, que ofrezca las mejores oportunidades de éxito.
Un consenso, si es posible; en su defecto, una identificación clara de los puntos de acuerdo y de desacuerdo.
Una decisión clara.
Cuando sea posible, una experimentación.
Una aplicación rápida y firme.
Una evaluación rigurosa de la implementación.
Correcciones de tiro si es necesario».

¿Se puede decir mejor? No me lo parece.

Publicado en: El País (18.07.2016)(blog ‘Micropolítica’)

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