Discursos unilaterales

La noche del domingo se consumó, también, el fracaso del diálogo político. A la previsible declaración unilateral de independencia (en su acrónimo famoso, DUI) del presidente Carles Puigdemont, le precedió otra DUI: la declaración unilateral de indiferencia (o incapacidad o insensibilidad) del presidente Mariano Rajoy. Nunca dos discursos fueron tan unilaterales y tan distantes. Si Rajoy se olvidó de las casi 900 personas heridas por la actuación policial, Puigdemont solo citó la cifra (ninguna otra) para anunciarnos lo que imaginábamos: que el Govern presentará en el Parlament de Catalunya unos resultados todavía no proclamados oficialmente (atención a este detalle jurídico) para amagar con la aplicación del artículo 4 de la ley de transitoriedad, aprobada —con fórceps— el pasado mes de setiembre.

El balance de los discursos es desigual. Rajoy estuvo ramplón y no vio lo que todo el mundo ha visto. Todo el mundo, menos él. No hubo referéndum, ni votos, ni urnas, ni tan solo el ‘picnic’. Ninguna concesión, ni en su versión más humillante. No hubo fuerza desproporcionada, ni hubo heridos. No hay problema.

De hecho, casi no hay ‘carpeta Catalunya’ en su discurso. Rajoy acusa —e inhabilita— a Puigdemont por situarse al margen de la ley, pero él mismo se ha situado al margen de la realidad.
Hasta este domingo, el discurso político estaba protagonizado por los eufemismos, por la ingeniería verbal, por la contorsión del lenguaje. Ambos presidentes exploraban las entrelíneas y las ambigüedades protagonizadas por silencios y palabras polisémicas según fuera Madrid o Barcelona. Es obvio que el marco mental de ‘diálogo’, por ejemplo, no significa las mismas cosas. Pero a partir del domingo, las palabras han sido sustituidas por una fototeca y videoteca de valor simbólico incalculable para los intereses del Govern. Si antes las palabras eran esquivas, líquidas y gaseosas… las imágenes del domingo han mutado en iconos claros, sólidos y muy físicos.

Pero el valor político de esas imágenes puede verse devaluado por las palabras en los próximos días. De hecho, la palabra que nadie —o casi nadie— quiere pronunciar no es la de la independencia (proyecto político legítimo como cualquier otro) sino el de la unilateralidad (error político como ninguno), o la expresión en código de ‘el 155’. Entramos en la fase decisiva en las que las palabras tienen graves consecuencias. Después de tantos años de relato, ahora viene el momento de la realidad. Se acaban las interpretaciones, y empiezan las conclusiones.

Si se quiere entender la clave última —e íntima— del grave conflicto político entre las instituciones catalanas y españolas hay que remitirse al universo simbólico que representa y significa, a ojos de una mayoría del pueblo de Catalunya, su voluntad de autogobierno. Unos símbolos que van desde las personalidades que han protagonizado esta voluntad hasta la memoria de acontecimientos históricos o vividos, pasando por edificios que simbolizan la realidad material y concreta del autogobierno y con los que la mayoría de los catalanes se siente muy identificado.

Rajoy, con su declaración en el funcional y aséptico espacio de prensa de La Moncloa se enfrentaba a la liturgia de ribetes históricos del salón gótico del Palau de la Generalitat y con el Govern en pleno. Rajoy pierde casi todos los planos escénicos. Su fuerza es el BOE, la de Puigdemont las emociones sublimadas de proyecto político en forma de fotos. El papel contra Instagram. El gris contra el color. El ‘sistema media’ contra el ‘ecosistema transmedia’. Lo inerte frente a lo que palpita. Vaya combate tan desigual y tan contradictorio: el fuerte es el más débil.

Es muy difícil, por no decir imposible, intentar afrontar este problema político sin tener en cuenta la importancia del universo simbólico que lo envuelve y que conmueve a una mayoría de la sociedad catalana. Las próximas horas serán críticas. Decía el poeta Sófocles que «cuando las horas decisivas han pasado, es inútil correr para alcanzarlas». Es cierto, hemos perdido muchas horas decisivas, pero estamos a tiempo de decisiones irreversibles que causaran más color al que las provoque que al que las reciba. Es momento de parar la inercia autodestructiva. Si hay un momento para recuperar el valor de la palabra es ahora.

Vuelvo a Sófocles: «Al que cree ser el único que puede juzgar y cree tener un espíritu o razones que nadie tiene, a este, si se le abre, se ve que está vacío». Pues eso. Todo menos la mutua unilateralidad, que reflejara el fracaso vacío de la política.

Publicado en: El Periódico (2.10.2017)

Enlaces asociados:
– Entrevista: “Rajoy pretende secuestrar la propia idea de España” (Euronews, 2.10.2017)
– La incapacidad de Rajoy (El País, 2.10.2017)
– “Se va a forzar la escenificación de un referéndum” (entrevista para Euronews, 7.08.2017)

Artículos de interés:
Cuando la imagen decantó la batalla política entre los dos relatos del 1-O (Juan Losa. Público, 3.10.2017)

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