Las horas decisivas

Mariano Rajoy parece que ha comprendido que la fuerza tiene límites y que no siempre garantiza el uso eficiente del poder. Las formas y el fondo de la aplicación del artículo 155, dentro de su gravedad, distan mucho de las empleadas el 1-O y los días anteriores y posteriores. Rajoy asume, finalmente, que sus socios europeos y la opinión internacional están de su lado, pero con condiciones: moderación institucional, no violencia física, no humillación política.

La declaración del Presidente el viernes fue muy medida en el uso de las palabras. No se trató un discurso nacionalista español. De hecho, la palabra unidad no apareció, y la referencia a España solo fue mencionada un par de veces. Rajoy maniobró a tiempo y demostró, una vez más, que el judo en política es más importante que el karate.

La república catalana amaneció triste. Rajoy enfrió el forzado entusiasmo y echó un cubo de agua fría sobre la ilusión y la buena fe de tantas y tantas personas que hoy están desconcertadas, decepcionadas y tristes. A quien no sorprendió fue a una dirigencia política que ha flirteado con las emociones para no asumir ni responsabilidades, ni consecuencias. Estos dirigentes sabían muy bien que el malabarismo de pensar una cosa, decir otra y hacer la contraria tiene riesgos para el país. Puede no haber habido mala fe, pero sí impericia y falta de liderazgo y de auténtico coraje para el realismo político.

El día uno de la república ha sido triste. De manera implacable, el 155 se ha desplegado con normalidad y, aparentemente, con eficacia. La aceptación de sus disposiciones por parte de los Mossos es un acatamiento de su legitimidad y de la autoridad que las impone. La declaración de ayer de Carles Puigdemont no  aludió a la república y parecía destinada a ganar tiempo. La petición de «oposición democrática» al 155, al mismo tiempo que animar a «preservarnos de la represión y las amenazas» no invita al heroísmo, sino al pragmatismo digno.

Rajoy, a estas alturas, debería saber ya la importancia de los símbolos. Tendrá que abstenerse de entrar físicamente en el Palau de la Generalitat. Es tiempo del poder blando, no duro. La estética de la victoria es inaceptable, aunque golosa para algunos. Ofrecer una salida electoral al independentismo de partidos es una opción que todo el mundo necesita contemplar como una última oportunidad. Este conflicto ha demostrado que nadie puede ganarlo con rotundidad y que la única opción es un win win compartido. ¿Es posible? Sí, lo es. Se llama pacto. Llegan las horas frías alejadas de la excitación del time line de Twitter.

Se puede apretar, pero no ahogar. Rajoy deberá moderar todos sus gestos y palabras. El primer paso para resolver este conflicto es el respeto, no solo la legalidad. Rajoy tiene que respetar a quien impone un 155. ¿Puede? ¿Sabe? Catalunya, sus instituciones y su diversidad merecen moderación y dignidad. Puigdemont acepta ya que el presente no será lo prometido. Pide «paciencia, perseverancia y perspectiva». Acepta que hay que ir más allá del hoy para ir más lejos, quizá, algún día de mañana. Llegan las horas decisivas. No las desaprovechemos.

Publicado en: El Periódico (28.10.2017)

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