Rajoy y la política como eco

El eco fascina. La repetición prolongada de tu propia voz alimenta y estimula la percepción de infinito y de poder: nadie te cuestiona, es un diálogo con tu ego. Aunque cada vez el eco sea más lejano y menos audible, su resonancia atrapa, seduce, ensimisma. Y reafirma. El eco es subyugante porque rompe con el carácter efímero de la voz y lucha contra su olvido en forma de retorno resistente, no claudicante. Escuchar tu propia voz como respuesta imaginada es una fantasía, un simulacro imaginario de diálogo. Una entelequia, aunque sugestiva.

El eco puede ser divertido, pero es engañoso. Como práctica política es un desastre. Una determinada concepción de la política está reduciendo el debate a la pura resonancia. Las redes y sus burbujas de confort contribuyen a que lo que escuchemos se haya convertido en un espejo sonoro de nuestras obsesiones y prejuicios. Y de nuestros errores. El eco es un simulacro de conversación. Es el onanismo de la política. En lugar de discusión, simple reverberación.

Algo así pudo pasar, quizá, este lunes en la reunión de la Junta Directiva Nacional del PP. El cónclave, según algunas fuentes que asistieron a la cita, fue decepcionante. Parece que Mariano Rajoy hizo una intervención casi superficial, inane, ignorando las graves amenazas electorales que se ciernen sobre su partido y que las últimas encuestas, publicadas en varios medios diferentes y por varios institutos demoscópicos, advierten y alertan: Ciudadanos es ya una alternativa al PP, consiguiendo ser el partido más votado si se celebraran ahora elecciones generales.

Lo más llamativo de la reunión, a mi juicio, es que, a pesar de la inquietud del momento político, ningún dirigente popular ―de los trescientos que asistieron― aportó nada públicamente al debate; no se cuestionó ni el diagnóstico ni la estrategia de Mariano Rajoy, aunque, para varios de estos dirigentes, su intervención fue muy insuficiente. No sabemos si la pereza del orador contagió al resto, pero Rajoy consiguió ―una vez más― doblegar el debate hasta hacerlo inexistente. Es decir, el debate acabó sin empezar y la discusión se limitó a un eco político de las palabras del Presidente. Rajoy volvió a imponer su código: el de que el tiempo siempre juega a su favor, no en contra.

La reverberación política corrió a cargo del coordinador general del PP, Fernando Martínez-Maillo, quien anunció que el partido llevará a cabo una campaña de afiliación y programará en las próximas semanas una intensa actividad para recuperar la iniciativa política y movilizar a todos sus cargos ante las elecciones autonómicas, municipales y europeas que se celebrarán en 2019. Nadie dijo nada, a pesar de que la propuesta era una reacción general.

Las ejecutivas de las organizaciones políticas corren el riesgo de ser un decorado. La ausencia de debate está convirtiendo estos espacios de deliberación y decisión en cajas de resonancia del eco de sus líderes. El deterioro en la calidad del debate en los partidos es una seria amenaza para la revitalización de la política. Estas reuniones se han convertido en atrezo y en planos de recursos audiovisuales para la intervención del portavoz de turno, en la habitual rueda de prensa posterior.

El vocablo eco tiene origen mitológico griego y lo conocemos a través de Las Metamorfosis de Ovidio, poeta romano. La ninfa Eco, de gran hermosura y con grandes cualidades oratorias sufrió un castigo impuesto por Hera, esposa de Zeus que era muy celosa y vengativa. Hera castigó a Eco, quitándole ese don maravilloso de la conversación amena, reemplazándolo por la posibilidad de que pudiera repetir solo la última palabra de lo que los demás dijeran. El eco de Eco fue un castigo eterno, no una virtud.

No sabemos, tampoco, si el mustio silencio de la reunión era producido por el abatimiento del Blue Day, el día más triste y deprimente del año que afectó a los dirigentes populares, o bien si es que la resignación al hiperliderazgo de Rajoy ―y a su estilo― era de tal envergadura que hacía inútil o fútil cualquier aportación o sugerencia. Fue una reunión silente, la política reducida a simple eco. “No hay problema” dijo Rajoy, y en la sala resonó la última palabra: problema, problema, problema.

Publicado en: El País (blog Micropolítica, 17.01.2018)

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