La sociedad perezosa

Nos atrapa la sociedad perezosa. Los algoritmos se anticipan a nuestros deseos (y los recrean); las burbujas informativas y digitales nos aíslan (y adormecen); la inercia cotidiana nos inhibe de la diversidad (y pluralidad). La sociedad perezosa es vulnerable (y peligrosa). La pereza es el colesterol de nuestra conversación. Cada vez más previsibles, cada vez más homogenizados y homologables.

Este entorno confortable convive con una aceleración extraordinaria de nuestras vidas. La economía de la atención coloniza las relaciones y somete a las audiencias a la fracción constante de su interés y continuidad. El miedo a perder share social y público convierte toda conversación en un estímulo permanente. Sin tiempo para una digestión lenta y pausada, todo se convierte en fast food conceptual. La conversación se reduce, cada día más, al propio eco. El egosurfing remata la faena. La pereza gana.

En este contexto, la comunicación política y electoral corre el riesgo —ya es así— de contribuir a la reverberación continuada. Los electores ya no pueden ser lectores de programas ni tampoco contrastar adecuadamente alternativas. La racionalidad electiva es sustituida, crecientemente, por la emocionalidad selectiva. Pensamos lo que sentimos, votamos lo que sentimos.

La cultura democrática, prisionera también de la sociedad fragmentada y de audiencias múltiples, se adapta a una sociedad sin tiempo y, como consecuencia, sin reflexión serena y evaluativa. Las intuiciones, así, son los atajos de las reflexiones. ¿Cómo decidimos? Cada día más emocionalmente. La razón se escribe con (co)razón. La sociedad perezosa es artificialmente amorosa. La política del like desplaza a la ideología. Nuevas emociones, nuevas decisiones. Tiempos de prepolítica y postpolítica.

Publicado en: Revista El Ciervo (núm. 770. Julio – Agosto 2018) (versión .PDF@El_Ciervo96

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