Primero, América; luego, el resto

El tema central del debate de la 73ª Asamblea General de la ONU es: «Hacer que las Naciones Unidas sean relevantes para todas las personas: liderazgo mundial y responsabilidades compartidas para sociedades pacíficas, equitativas y sostenibles». El discurso de Donald Trump ha ignorado el eje de este año y ha reforzado su apuesta por la unilateralidad y la concepción nacionalista de su política. Trump habló ante las naciones reunidas, pero nunca habló a las naciones unidas en defensa de ideales compartidos. Trump no cree en un mundo interdependiente y comprometido. Su mundo es su patria.

Es la primera vez que esta cita global es presidida por una mujer latinoamericana: la excanciller ecuatoriana María Fernanda Espinosa, que abrió la sesión en español. Este año, también, se celebrará la Cumbre por la Paz de Nelson Mandela y se espera que los estados miembros adopten una declaración política al respecto. Y en la agenda de esta asamblea el tema de la juventud va a ocupar un papel relevante. Trump no utilizó ninguna de las referencias de contexto para su intervención de más de media hora. Habló a los demás, pero no para explicarse sino para reivindicarse. Trump se autojustifica siempre. No pretende ser comprendido, no pretende convencer o sumar, prefiere ser temido, aceptado o soportado.

Estados Unidos rechaza la idea de globalización compartida y, en cambio, abraza la del patriotismo. Aseguró que su nación no se volvería a disculpar por proteger a sus ciudadanos y que él, como líder de Estados Unidos, no podía permitir dejar las fronteras abiertas y afectar a sus trabajadores. Trump tiene una idea imperial del mundo, cree que la interdependencia es debilidad y renuncia a su responsabilidad global. Como consecuencia de ello, su mundo es cada vez más pequeño, cerrado y aislado. Aún así, ofreció su receta competitiva: instó a los líderes presentes a «hacer sus naciones grandes de nuevo», como él lo había hecho con su lema Make America great again. Para ello no dudó en abrumar con datos económicos de su gestión —y exagerar su valoración— hasta el punto de provocar un murmullo hilarante en la sala.

Trump llegó a esta asamblea con un balance preocupante: el año anterior había liquidado el acuerdo del clima de París, la participación de su país en la Unesco y el Consejo de Derechos Humanos, y cuestionado los tratados comerciales con Europa y el área del Pacífico. Está en plena guerra comercial con China y con una beligerancia inédita con sus vecinos canadienses y mexicanos. Ha liquidado el programa nuclear iraní, ha eliminado los fondos para Palestina, y ha trasladado la Embajada de EE. UU. en Israel a Jerusalén.

Finalmente, en mayo de este año, el Presidente retiró a los EE. UU. del acuerdo nuclear con Irán negociado por la Administración de Obama y que contaba con el apoyo europeo. Desde entonces ha estado ejerciendo presión política y económica sobre Teherán.

Trump ha estado en las Naciones Unidas, pero el plural no le gusta. Para él solo hay una nación unida: la suya. Trump es un líder medieval en un mundo global.

Publicado en: El Periódico (25.09.2018)

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