Política y disonancia cognitiva

La disonancia cognitiva (concepto acuñado por el psicólogo social Leon Festinger en 1950) nos permite comprender lo inexplicable de algunos de nuestros comportamientos. Por ejemplo, en política, cuando las personas sienten una fuerte conexión emocional con un partido político, líder, ideología o creencia es más probable que dejen que esa lealtad piense por ellas. Hasta el extremo de que pueda ignorar o distorsionar cualquier evidencia real que desafíe o cuestione esas lealtades. Es decir, justificamos nuestras decisiones —que se convierten en prejuicios— aunque existan datos que confirmen el error de nuestras convicciones.

La disonancia cognitiva impide razonar sobre la realidad, evaluar nuestras ideas y corregir, consecuentemente, nuestros comportamientos. La teoría de Festinger explica cómo las personas se esfuerzan por dar sentido a ideas contradictorias y llevar vidas coherentes en sus mentes, aunque la realidad demuestre que están equivocadas.

Elliot Aronson, uno de los psicólogos sociales más reconocidos en la actualidad y autor de El animal social y Carol Tavris, psicóloga social y feminista estadounidense, han publicado recientemente una obra imprescindible para entender nuestros comportamientos. En Mistakes Were Made (But Not by Me): Why We Justify Foolish Beliefs, Bad Decisions, and Hurtful Acts hablan de la disonancia cognitiva, el sesgo de confirmación y otros sesgos cognitivos para ilustrar cómo justificamos y racionalizamos nuestros comportamientos. Un libro que debería ser de cabecera para cualquier gestor público o líder político.

El comportamiento político de la ciudadanía, en la pandemia, ha agudizado nuestro sesgo. La COVID-19 se está convirtiendo en un elemento más de polarización y de lucha cultural entre partidos. Con la crisis sanitaria han aumentado las diferencias, a partir de la ideología. En Estados Unidos, así como en otros países, diferentes estudios muestran cómo cambia la percepción del virus si se es demócrata o republicano, así como la confianza en los médicos, o si se toman más o menos medidas de seguridad. Vemos, pues, cómo nuestra racionalidad se somete al prejuicio que justificamos, sin que lo empírico lo disuada, lo inhiba o lo corrija. Como en la fábula de Esopo, La zorra y las uvas: cuando la zorra no consigue alcanzar las uvas, se convence de que no las quiere.

La disonancia cognitiva, además de ser una trampa psicológica para justificar nuestros errores, es el primer escalón de una peligrosa escalera descendiente hacia el odio. Se empieza con el prejuicio que lleva a la polarización, para seguir descendiendo por el sectarismo que deviene fanatismo, instalándose virulentamente en el odio. Esta deriva, en un contexto digital, adquiere tintes de linchamiento, por parte de turbas digitales capaces de justificarse agrediendo al distinto por su pensamiento autónomo o disidente.

Varios manifiestos recientes han alertado del deterioro de nuestra convivencia democrática por el incremento de la intolerancia prejuiciosa, que convierte al adversario en enemigo, al discrepante en un peligro, al disidente en un traidor. Hay una atmósfera polarizada peligrosa y perversa que debemos, entre todos los y las demócratas, desactivar urgentemente con dosis incrementales de mayor respeto al otro y dudas cautelares sobre nuestras convicciones.

Anatole France, en su novela Los dioses tienen sed nos advertía de la pendiente acelerada de la intolerancia. Cada vez más rápida, cada vez más descendiente: «Profeso el culto de la razón sin dejarme fanatizar por ella. La razón guía y alumbra, pero si la divinizáis, acaso ciegue y sea instigadora de crímenes…». La disonancia cognitiva no puede justificar ni la ignorancia ni la intolerancia. Comprender cómo funciona nuestra mente no nos exime de nuestros errores.

Publicado en: La Vanguardia (23.07.2020). RESET (3)
Con este artículo inicio una colaboración periódica con el diario, publicando quincenalmente (jueves) en el espacio titulado RESET.

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