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¿Ganar o perder la esperanza del futuro?

El futuro ha dejado de ser un lugar esperanzador, prometedor, superador. Así, el presente se vuelve incómodo, incierto, inhóspito. Y el pasado emerge como tentador, reparador, sanador. Cuando el futuro no es una convicción de progreso se convierte en una pesadilla, y la nostalgia se impone y calma las ansiedades y los miedos.

La nostalgia recupera terreno. Es una poderosa herramienta emocional que utilizan algunos proyectos políticos para alimentar la insatisfacción con el presente y avivar la ansiedad por el futuro. Una encuesta publicada por la Fundación Bertelsmann Stiftung en 2019, con el título El poder del pasadoreveló que dos tercios de los ciudadanos europeos piensan que el mundo era mejor antes. El estudio dibuja un perfil del europeo nostálgico: hombre, adulto —de hecho, aumenta con la edad—, trabajador o desempleado, residente en zona rural y con bajo nivel de educación. El pasado se presenta como un cómodo refugio (emocional y político) para disconformes y desconfiados. La retórica de la nostalgia —que es utilizada por grupos de derecha e izquierda— recupera identidades y valores pasados, que han sido desafiados o superados por el paso del tiempo y los cambios sociales.

Algo similar apuntaba Zygmunt Bauman en su obra póstuma: Retrotopía (2017). La utopía ya no está en el futuro, sino en un pasado idealizado. Nos aferramos a lo vivido y conocido, que nos llena de certezas y nos aleja de la ansiedad y el temor que genera el futuro. Los enemigos del futuro acechan.

Necesitamos proyectos políticos capaces de dar certezas con mayorías profundas, amplias, irreversibles. La década en la que estamos (con la Agenda 2030 en el horizonte) es decisiva. La humanidad se la juega: diez años para cambiar nuestro modelo productivo y energético, y hacer la triple transición económica, social y ecológica. La vocación transformadora de las opciones de progreso debe sustentarse en la mediación y la transición. En palabras del filósofo Daniel Innerarity: «La tarea principal de la política democrática es la de establecer la mediación entre la herencia del pasado, las prioridades del presente y los desafíos de futuro». Pensemos más en este concepto de transición, de evolución transformadora. Si queremos que los cambios del progreso lleguen mejor y a todos, necesitamos avenidas trasversales de grandes mayorías por el progreso y la justicia. Avenidas amplias, acogedoras, superadoras. Preguntemos a la gente a dónde quiere ir y no de dónde viene ni quién es o quién fue. La identidad es la esperanza compartida, no el pedigrí ideológico, por legítimo que sea.

Fernando Vallespín, en un artículo reciente, nos alerta del Futuro sin presente. Y afirma: «El progreso ha consistido siempre en una búsqueda incesante de soluciones para resolver problemas. Esa debía ser la tarea. Solo así podríamos ir a mejor». El progreso —distribuido, sostenible, justo— como solución es la única alternativa para los demócratas. O lo será la involución de derechos y libertades. Si la democracia no es la solución ahora, lo será el autoritarismo mañana. Eso es lo que nos jugamos.

Publicado en: Cenital (14.10.2020)

Artículos de interés:
Recuperar el futuro (Daniel Innerarity. La Vanguardia, 13.05.2023)

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