La acedia política

El año que recientemente hemos dejado atrás ha sido fecundo para la lengua. La Real Academia Española, como explicaba su director Santiago Muñoz Machado, ha incorporado una «rociada de palabras nuevas y las que más han llamado la atención son las relacionadas con la pandemia. Alguna hay, como barbijo, que ha sorprendido por desconocida y también hemos redefinido confinamiento». Las palabras nos identifican, nos dan sentido. Sin ellas, no hay pensamiento. Y sus límites —en el uso, o en el perímetro— dibujan nuestros límites de pensamiento. Por eso, a palabras nuevas, ideas nuevas.

También en tiempos de pandemia, además de las novedades, estamos recuperando o descubriendo palabras olvidadas. Como acedia: el nombre perdido de la emoción que todos sentimos ahora mismo. Fue descrita por Juan de Casiano a principios del siglo V como una emoción que ya era conocida por los griegos: «(Sentía) tal apatía corporal y enorme hambre como si estuviera agotado por un viaje largo o un ayuno prolongado…». En palabras de John Müller: «Con la pandemia y la distancia social estamos aburridos, apáticos, asustados e inseguros, planteándonos si la existencia tiene sentido. La acedía no es exactamente la nostalgia, el diccionario habla de pereza, flojedad, angustia. Es un desabrimiento triste que se apodera de nosotros».

La acedia es un malestar. No es, necesariamente, un síntoma de otra cosa. Es un estado personal, que puede ser social y colectivo que afecta al ánimo, a la percepción y la reacción frente a las dificultades o adversidades. No es tedio, es más profundo: es resignación que carcome el espíritu, que destruye nuestra resiliencia, que alimenta nuestros recelos, que deteriora nuestra conciencia. Que nos aísla y encierra en nuestro propio cuerpo y mundo, prisioneros de la claudicación y la desesperanza.

El malestar en política está cada día más presente. Desde que Joseph Stiglitz escribió su ensayo en 2007, El malestar en la globalización, el término es utilizado recurrentemente para explicar un rechazo personal y social al curso de las cosas, al estado de las mismas, a su evolución o perspectiva. El malestar no es una respuesta política, es una sensación imprecisa, difusa y compartida de desazón incómoda. Es el caldo de cultivo para otras emociones como la ira, por ejemplo. Es un sentimiento que cala, como la humedad, los huesos del interés general, del bien común. Es deterioro lento, larvado, sostenido de la confianza colectiva. Si fuera estructural, sería aluminosis social. Como emoción, es acedia.

La Revista Latinoamericana de Psicopatología Fundamental publicó hace unos años un artículo imprescindible sobre La acedia como forma de malestar en la sociedad actual. En el texto, se advierte de lo que pasa a una sociedad política «cuando una silenciosa niebla nivela todo en una extraña indiferencia». Esta es, creo, otra pandemia. La del ánimo y también sus patologías clínicas, como las alteraciones o enfermedades psicológicas o mentales, de las que tan poco hablamos. La acedia es una postración resignada. La política debe ser emancipación determinada. Por eso la acedia política no es sólo un contrasentido, sino una peligrosa inercia que nos diluye.

El virus nos pone a prueba. Estos días desconcertantes (nuevas cepas, las incidencias sobre las vacunas, las dudas sobre la victoria final contra el virus) son los más inestables y peligrosos. La política debe recuperar el liderazgo moral de la sociedad frente al nihilismo resignado o la rebelión creciente. Se trata de liderar, no sólo de administrar medidas o dosis. Días decisivos. Esta crisis no es únicamente un grave reto sanitario, social y económico. Está en juego el interés general. El bien común.

Publicado en: La Vanguardia (7.01.2021). RESET (15)

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