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¿Y si la política fuera un teorema?

El teorema de Thomas sirve para definir un interesante comportamiento de profecía autocumplida que afecta a las personas individual o colectivamente. Se trata de la capacidad que tenemos para convertir en reales situaciones que no lo son, simplemente por el hecho de comportarnos como si lo fueran. Su enunciado dice: «Si las personas definen las situaciones como reales, éstas son reales en sus consecuencias».

Fue el sociólogo estadounidense William Isaac Thomas quien formuló el teorema en su libro The child in America: Behavior problems and programs (1928). José Carlos Vicente, que ha estudiado al autor y su obra, afirma que «Thomas estudió cómo nuestro cerebro asume algo de su entorno social (familia, trabajo, intimidad, educación, etc.) y, a partir de ahí, lo utiliza como referencia, de tal manera que descarta otras alternativas entre las que puede estar la real. Así motiva su comportamiento hacia la creación de una nueva realidad».

En la actualidad, nuestro sistema de creencias está sustituyendo al acervo de evidencias. Los prejuicios son más relevantes que los juicios. Los apriorismos más que los datos. Nuestra capacidad de discernir —y de comportarnos en correspondencia con ese razonamiento— está seriamente amenazada si nos arrastramos por la pendiente del teorema de Thomas. No es fácil liberarse de las convicciones. «La duda debe seguir a la convicción como una sombra», decía el propio Albert Camus.

Lamentablemente, la duda no tiene prestigio en política. Un universo de voces autoafirmativas, de soeces autosuficiencias, de retóricas vacías de argumentos y datos están canibalizando el debate público. Una realidad paralela que determina comportamientos al mismo tiempo que impide que el debate documentado y contrastado sea capaz de liderar la construcción de la agenda y la opinión pública.

Reivindiquemos la duda, la que nos enseñó René Descartes: «Para investigar la verdad es preciso dudar en cuanto sea posible, de todas las cosas». La duda que, como método, nos preserva de las creencias que nos inhiben y nos anclan en la contrastada evidencia. La que nos permite entender, además, que la realidad son también percepciones y emociones —«media palabra es de quien habla y media de quien escucha», afirmaba Michel de Montaigne—, a las que debemos considerar como capital cognitivo decisivo.

Thomas utilizó este ejemplo para exponer su principio: «En un país inmerso en una cruenta guerra civil en la que dos bandos se disputan el poder político, un día la guerra finaliza. Sin embargo, no es posible comunicárselo a los combatientes de una pequeña isla, en la cual los miembros de los dos bandos enfrentados continuarían en guerra ignorando la nueva definición de la realidad». Así, corremos el riesgo de seguir en nuestras pequeñas islas peleando contra enemigos que dejaron de serlo, viviendo en una guerra que ya no existe más. 

Un teorema es una proposición cuya verdad se demuestra. La política debe volver a las verdades demostrables, no enunciables (imaginadas, deseadas o equivocadas) para que la demostración ocupe la relevancia que se merece para resolver la complejidad a la que debemos enfrentarnos. Los prejuicios son más peligrosos que los juicios erróneos. Los primeros siempre tienen la razón y desean que se la den. Los segundos, cuando se equivocan, pueden rectificar. Es la diferencia entre un fanático o un convencido. El primero no duda, el segundo sí.

Publicado en: Ethic (Noviembre 2021)

Artículos anteriores:
El narcisismo político contra la democracia (Septiembre 2021)

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