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Estrés y política

El estrés en el ámbito laboral ha alcanzado las cotas más altas en esta década, llegando a sus niveles máximos en el año 2020 marcado por la pandemia. Junto al estrés, la tristeza, la preocupación o la ira han sido otras de las emociones que más se han dado entre los entrevistados para la encuesta realizada por Gallup. En su publicación State of the Global Workplace 2021 Report se destaca que el nivel de estrés ha aumentado del 38% en 2019 al 43% de trabajadores que el año pasado aseguraba haber padecido estrés en su lugar de trabajo.

El Síndrome de burnout (o de estar quemado), asociado al ámbito laboral, es un concepto acuñado en 1974 por Herbert Freudenberger y fue reconocido en 2019 por la Organización Mundial de la Salud (OMS) como enfermedad, tras incluirla oficialmente en la Clasificación Estadística Internacional de Enfermedades y Problemas de Salud Conexos, aunque su entrada en vigor se ha fijado para el próximo 1 de enero de 2022. Esta clasificación pone en evidencia el impacto real y en aumento que el estrés crónico laboral y el agotamiento emocional están provocando en todo el mundo.

Junto al estrés laboral y profesional, el estrés ambiental y político que respiramos forma parte de nuestra acelerada vida cotidiana. La política aburrida —la que resuelve problemas, la que evita conflictos, la que no invade la vida de las personas, la previsible en su funcionamiento— es la mejor política democrática. Pero lo que vemos va en la dirección contraria. Una política estresada, espasmódica, polarizada, acelerada. Este ambiente —claramente tóxico— impide que bajemos la tensión que nos rodea y que genera un clima de incertidumbres y de miedo al futuro.

Los liderazgos políticos deben comprometerse a controlar su beligerancia y competitividad para serenar al máximo los ánimos sociales. El estrés político solo beneficia a los curanderos de la política y estimula los atajos antidemocráticos. El estrés tensiona la comprensión del tiempo y la necesidad de progresividad para cualquier resolución política compleja. Estresados no solo somos irascibles, sino insaciables, impacientes e imprevisibles. 

La templanza (una de las cuatro virtudes morales de conducta enunciadas por Platón), junto con la serenidad y la calma, debe ocupar un renovado protagonismo en la vida política.

Publicado en: La Vanguardia (9.12.2021)

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