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Nosotros y la polarización

A lo largo de los últimos años, la psicología social ha demostrado que cada vez nos resulta más difícil aceptar ideas que son ajenas a nuestro esquema de valores. Nos refugiamos en burbujas informativas y nos relacionarnos con personas que piensan como nosotros, o, al menos, que no desafían nuestra visión de mundo. Esta conducta acomodaticia es el germen de la polarización política y somos más responsables de ella de lo que nos gustaría admitir.

Para Jonathan Haidt, autor de La mente de los justos. Por qué la política y la religión dividen a la gente sensata (2012), la polarización política es, en realidad, una «polarización moral». Lo que nos diferencia no es tanto la ideología, mucho menos el programa electoral de los partidos, sino el conjunto de valores que nos define. Los progresistas tienden a ser más abiertos y a identificarse con valores como la igualdad y la justicia, mientras que los conservadores suelen tener una mayor resistencia al cambio y se sienten representados por valores como el respeto, la lealtad o el patriotismo.

Lo cierto es que nos cuesta debatir con personas que piensan de manera diferente, y mucho más admitir que estamos equivocados e incorporar sus puntos de vista. Steven Pinker habla del «sesgo de mi lado», aquella tendencia a adoptar como propias las opiniones del grupo con el que nos sentimos más identificados y a oponernos de facto a las que defiende el grupo rival. ¿Cómo sortear esta barrera psicológica?

En una charla TED titulada Cómo tener mejores conversaciones políticas, Robb Willer señala que, cuando interactuamos con alguien que piensa distinto, solemos construir los argumentos desde nuestra propia escala de valores, sin ponernos en el lugar del otro, lo que genera que este defienda sus ideas con más fuerza y entusiasmo. Para solucionar este «efecto contraproducente» y dar lugar a «mejores conversaciones políticas», Willer propone la técnica del «reframing moral», esto es, reformular nuestros argumentos teniendo en consideración los valores de nuestro interlocutor.

Una propuesta nada sencilla, ya que nos exige aprender a hablar otro idioma. Nos invita a adaptar, casi a traducir, nuestros argumentos a los códigos morales del otro. No parece fácil, aunque sí lo más eficiente y lo mejor para un debate democrático de calidad.

Publicado en: La Vanguardia (10.03.2022)

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