Agosto ha dejado de ser un paréntesis relajado en que podíamos ver fotografías de políticos y políticas de distintos partidos paseando por la playa, acompañados de familia, pareja, amigos, practicando alguna afición…. En ocasiones, el presidente aparecía en los medios con una breve comparecencia para hablar sobre el terreno de un incendio puntual o una crisis inesperada. Ese período, de supuesto descanso, también comunicaba. Transmitía normalidad, una cierta cercanía a la ciudadanía e, incluso, una confianza institucional en el buen funcionamiento del país: todo podía seguir avanzando mientras sus dirigentes desaparecían unos días del foco.
Hoy, la actualidad política hierve y es fruto del clima irrespirable que vivimos hace tiempo. Cada imagen, cada publicación y cada gesto forman parte de una estrategia de visibilidad, de una oportunidad para ocupar la conversación y captar la atención de la ciudadanía que intenta desconectar de este clima asfixiante.
No basta con decir que el debate está polarizado. Lo que respiramos es un aire cargado de humo negro y denso. Las controversias se propagan con la rapidez de un incendio en un bosque reseco. Las redes sociales y sus algoritmos lo avivan y divulgan, y la indignación se convierte, como tantas veces, en el combustible más rentable.
Cuando el fuego domina el paisaje, cuesta encontrar una salida segura. Y no podemos confiarnos nunca, porque el humo permanece durante largo tiempo. Aunque las llamas se extingan, sigue flotando en el ambiente y, en el peor de los casos, puede indicarnos que el fuego se reactiva.
Las campañas permanentes, la descalificación sistemática y la necesidad de convertir cualquier diferencia en un enfrentamiento dejan un residuo tóxico que se extiende y se instala entre la ciudadanía. Lo respiramos día a día, casi sin darnos cuenta. Y lo va contaminando todo, lentamente: contamina el juicio, la capacidad de discernir y comprender y, al final, hasta las ganas y el ímpetu para reaccionar de una manera constructiva y generosa.
Esperar que el humo se disipe quizá se vuelva una quimera. En un ambiente tan tóxico, donde dejamos de creer que sea posible hablar, discrepar y construir, quizá lo mejor sería exigir con voz clara y rotunda que se limpie el aire de una vez por todas. Las llamas queman y destruyen, los odios, también. Y el paisaje posterior no solo es yermo, es tóxico. Y ambos se provocan con chispas y se propagan con vientos sobre tierras secas y mal cuidadas.
Publicado en: La Vanguardia (24.08.2026)
Fotografía: Meddy Huduti para Unsplash
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