Ni Feijóo, ni Sánchez. Ni Abascal, ni Rufián. El verdadero protagonista de la campaña electoral del 29-N se declina en femenino y será: la inteligencia artificial (IA). Su uso (y abuso) junto con su impacto transformador serán determinantes en estas elecciones. No exagero en absoluto. Los datos que ya conocemos y las experiencias que estamos viendo en los últimos meses en todo el mundo así lo acreditan.
Hace unas semanas, la revista Time publicó que Donald Trump consultó a Grok, el chatbot de inteligencia artificial de xAI, durante una reunión privada con Elon Musk en la Casa Blanca en diciembre de 2025. Según una fuente presente en el encuentro citada por la revista, Trump preguntó cómo reaccionarían los venezolanos ante una eventual captura de Nicolás Maduro.
Grok habría respondido que Maduro era un dirigente profundamente impopular y que muchos venezolanos probablemente celebrarían su caída. La información no demuestra que la respuesta de la IA determinara la decisión posterior, pero sí revela hasta qué punto un presidente puede recurrir a un chatbot para explorar escenarios políticos y valorar posibles reacciones sociales. Cuando, tras la operación militar del 3 de enero de 2026, se registraron celebraciones entre algunos sectores de la población venezolana, Trump habría quedado impresionado por la capacidad de Grok para anticipar escenarios geopolíticos. Y ahí todo cambió.
La IA ha dejado de ser una herramienta tecnológica para convertirse en un asunto de poder, económico y de competencia geopolítica. Es hoy infraestructura crítica y de seguridad. Es la gran batalla. El pasado 30 de septiembre, la Casa Blanca reunió a los principales ejecutivos tecnológicos y presentó un acuerdo voluntario sobre seguridad de la inteligencia artificial que Donald Trump describió como una especie de «constitución» y la rebautizó oficialmente con el nombre de «súper inteligencia». Este pacto, firmado por compañías como OpenAI, Anthropic, Google, Meta, xAI y Nvidia, apuesta por la autorregulación empresarial y por avanzar en el desarrollo de sistemas cada vez más capaces.
La cuestión decisiva no es solo quién construye la tecnología, sino quién establece sus límites, quién supervisa su funcionamiento y quién responde cuando sus decisiones tienen consecuencias públicas. Y esta tensión también afecta a las democracias: los gobiernos quieren aprovechar la potencia de la IA y competir por su liderazgo, mientras que las reglas que deben proteger a la ciudadanía siguen siendo objeto de disputa y su control no puede quedar exclusivamente en manos de las empresas que la desarrollan.
¿Cómo afecta todo esto a las campañas electorales? Cinco grandes transformaciones.
1. La IA como infraestructura de análisis, cálculo y proyección
La IA permite procesar grandes volúmenes de datos, detectar patrones en las conversaciones digitales, sintetizar encuestas y simular escenarios con una rapidez impensable hace unos años. Las campañas pueden adaptar mensajes, identificar preocupaciones por segmentos y probar diferentes formulaciones antes de difundirlas.
Esta capacidad puede ayudar a escuchar mejor a la ciudadanía, pero también puede convertir cada dato personal y cada reacción emocional en una oportunidad de persuasión individualizada. El riesgo democrático aparece cuando la hipersegmentación sustituye el debate público común por miles de mensajes diseñados para públicos distintos, difíciles de comparar y de fiscalizar. El perfilamiento de los usuarios es un arma de doble filo: eficacia digital y, también, posible vigilancia.
2. La IA como motor y acelerador de contenido. La turbopolítica.
La IA generativa abarata y acelera la producción de textos, imágenes, vídeos, audios y versiones de un mismo mensaje para distintas plataformas. Esta aceleración alimenta la turbopolítica: más piezas, más frecuencia y menos tiempo para contrastar. El término inglés slop describe el aluvión de contenidos sintéticos de baja calidad, repetitivos o hechos de forma automática para captar atención y generar tráfico. No todo contenido producido con IA es engañoso ni inútil; el problema es la escala y la dificultad de distinguir lo relevante de lo fabricado para llenar los canales.
A ello se suma la IA agéntica: sistemas capaces de ejecutar tareas encadenadas y actuar con cierto grado de autonomía. En una campaña podrían ayudar a monitorizar conversaciones, preparar respuestas o adaptar contenidos; desplegados sin los controles suficientes, también podrían multiplicar mensajes, simular conversaciones espontáneas o inundar espacios digitales con interacciones automatizadas. Granjas de bots al poder.
3. La IA para manipular, recrear realidades, usurpar identidades, falsificar
Los deepfakes son imágenes, vídeos o audios generados o manipulados mediante técnicas de IA para hacer que una persona parezca decir o hacer algo que nunca dijo o hizo. Los cheapfakes, en cambio, suelen recurrir a técnicas más sencillas —como recortar, ralentizar, reordenar o sacar de contexto un vídeo auténtico— para alterar su significado sin necesidad de una generación sofisticada. Ambos pueden engañar, pero también pueden utilizarse para sembrar dudas sobre materiales auténticos.
Y el fenómeno no se limita a los vídeos que imitan a dirigentes políticos. Un informe del Observatorio de Ética en Inteligencia Artificial de Cataluña (OEIAC) documenta distintos usos de la IA en campañas de desinformación vinculadas a Vox y Aliança Catalana. El estudio amplía el foco más allá de las imágenes falsas: identifica también la generación masiva de contenidos engañosos, los bots que amplifican mensajes, la microsegmentación de votantes según sus perfiles e intereses y la suplantación de identidades. El riesgo no reside únicamente en que una falsedad pueda resultar verosímil, sino en que su circulación masiva y acelerada dificulte la rectificación y deteriore la confianza en el espacio público.
4. La IA (privada) tiene intereses geopolíticos. El caso de Meta en Brasil
Brasil ofrece un ejemplo concreto de la dependencia electoral respecto de plataformas privadas. Recientemente, la campaña de Luiz Inácio Lula da Silva denunció ante las autoridades electorales brasileñas que Meta estaba perjudicando la difusión de sus contenidos y favoreciendo indirectamente a su rival, Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente Jair Bolsonaro. Entre los hechos denunciados figuraban restricciones al alcance de publicaciones de Lula en Instagram, problemas para compartir contenidos y diferencias en el funcionamiento de Meta AI, que, según pruebas difundidas públicamente, rechazaba determinadas solicitudes de imágenes relacionadas con Lula mientras aceptaba otras equivalentes sobre Bolsonaro. La campaña pidió que se investigaran estas posibles desigualdades; Meta negó favorecer a ninguna candidatura y atribuyó los incidentes a fallos técnicos. La justicia investigará, pero ya será tarde.
La cuestión va más allá de la capacidad de detectar contenidos engañosos. También afecta al control de los datos personales y a las posibilidades de utilizarlos para influir en la opinión pública. El 21 de octubre de 2026, un juez de Nuevo México condenaba a Meta a pagar 25.000 millones de dólares por engañar a los usuarios sobre sus prácticas de privacidad y protección de datos. La resolución se enmarca en el caso Cambridge Analytica, que salió a la luz tras conocerse que esta consultora política había obtenido datos de millones de usuarios de Facebook para elaborar publicidad política segmentada durante la campaña presidencial estadounidense de 2016. La compañía ha anunciado que recurrirá la decisión.
5. La IA ha pasado de herramienta a infraestructura. Las batallas electorales como batallas tecnológicas
La IA ya no es una aplicación aislada que los partidos pueden decidir utilizar o no, y las cinco transformaciones convergen en esta misma idea. Se integra en la investigación, la creatividad, la publicidad, la distribución de mensajes, la moderación y la ciberseguridad. Por eso, las campañas también compiten por recursos tecnológicos, acceso a datos, capacidad de cálculo, talento especializado y acuerdos (públicos u opacos) con plataformas. La infraestructura digital condiciona qué mensajes pueden producirse, a quién llegan, cuánto cuestan y qué posibilidades hay de detectar una manipulación.
Esta dependencia introduce una cuestión geopolítica. Las empresas que controlan los modelos, las plataformas y la distribución de contenidos tienen sus propios intereses comerciales y estratégicos; no son intermediarios neutrales por definición. Por eso, la integridad electoral exige transparencia, supervisión independiente y reglas comprensibles para los partidos y para la ciudadanía. La pregunta ya no es si una campaña utilizará tecnología, sino bajo qué condiciones, con qué controles y con qué responsabilidad.
La IA el 29N: El beso real, el político, el artificial y el digital
Pedro Sánchez y su esposa Begoña Gómez se besaron en un mitin. «Quisieron destruirnos, pero hoy somos más fuertes», dijo Sánchez como afirmación desafiante. Pero la imagen fue hackeada con besos alternativos… y artificiales que ganaron la batalla digital en términos de audiencias. La respuesta del PP con una imagen generada por IA de un falso beso entre Sánchez y José Luis Ábalos muestra cómo una escena íntima puede convertirse en un acontecimiento político y, después, en una pieza de competencia digital.
El PSOE convirtió un gesto real en símbolo de campaña: del acontecimiento analógico a su circulación digital. El PP respondió con una ficción reconocible como montaje, diseñada para disputar atención y ridiculizar al adversario: de la generación artificial a la viralidad digital. En ambos casos, la imagen se convirtió en un mensaje político. Pero este jueves el PP ha dado otro paso con otro video polémico hecho con IA: de la ficción a la suplantación de la identidad.
Y solo es el principio. La disputa por la atención no se libra únicamente en el volumen de contenidos, sino en la capacidad de imponer una imagen antes de que llegue la explicación. Un segundo puede bastar para capturar una emoción, activar una sospecha, atacar una reputación… y deshacer la mentira y restituir la verdad puede llevar mucho tiempo, si es que se logra del todo. La velocidad de circulación no equivale a la velocidad de verificación.
La IA permite materializar nuestros prejuicios, sesgos, odios, miedos e intereses de manera desinhibida, anónima, global y masiva. No crea por sí sola esas emociones: las aprende de nuestros datos, las reproduce a partir de patrones existentes y puede amplificarlas cuando encuentra incentivos para hacerlo. Por eso, el desafío no consiste en imaginar una campaña sin inteligencia artificial, sino en impedir que la automatización sustituya la responsabilidad y la verdad. El debate sobre lo verdadero, lo verosímil, lo posible y lo artificial está servido.
La tecnología debería ayudar a escuchar mejor, a analizar y leer con efectividad los entornos, pero el riesgo de que la manipulación parezca conversación y la ficción verdad… se ha convertido en una realidad. El reto del 29N será distinguir una cosa de la otra antes de que el algoritmo decida por nosotros qué merece ser visto y creído.
Publicado en: La Vanguardia (25.10.2026)
Ilustración: Getty

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