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Miedo y política

Una de las emociones primarias, universales e inevitables es el miedo. El miedo que aparece siempre ante una situación (o percepción) de amenaza, que puede ser real o imaginaria, física o psicológica y que no siempre se manifiesta del mismo modo. Así lo demuestran diversos estudios que han cuestionado la teoría de las emociones básicas del psicólogo Paul Ekman, lo que pone de manifiesto que la expresión de las emociones (así como los gestos asociados a ellas) no son generalizables, sino que dependen, en gran parte, de cada cultura y contexto. Es decir, cada uno tiene sus propios miedos; incluso frente a las mismas situaciones, el miedo se personaliza. Y cada sociedad lo interpreta de manera distinta.

El miedo en la política puede manifestarse de diferentes formas. Existe, por ejemplo, el miedo a las consecuencias de tomar decisiones que puedan resultar impopulares o generar críticas. En este sentido, muchos políticos y políticas prefieren mantenerse en posiciones ambiguas o evitar tomar medidas radicales que puedan generar polémica, controversia y, por tanto, una pérdida de popularidad. El miedo a perder.

En el ámbito de la comunicación política, evitar el abordaje de cuestiones que se consideran polémicas o delicadas —por temor a sus consecuencias electorales— puede generar desconfianza entre la ciudadanía. A la falta de transparencia, se puede sumar la sensación de ineficacia, de falta de compromiso y/o integridad (que se traslada a las instituciones), de inseguridad e incluso de más incertidumbre, si cabe, ante la capacidad de gestionar un porvenir que se prevé difícil y poco esperanzador. Los electores eligen a representantes que puedan liderar los miedos colectivos, no que se sometan a ellos, que se resignen.

Pero el verdadero miedo hoy es a la falta de expectativas razonables, de horizontes previsibles. Toleramos mal la idea de futuros inciertos, incluso azarosos. El electorado necesita, cada día más, certezas y seguridades de naturalezas muy diversas. El futuro es un lugar al que queremos llegar sin sustos ni sorpresas excesivas. Nuestras sociedades están atrapadas por un presentismo casi paralizante que claudica frente a la idea de promesas futuras. Las dudas sobre el mañana agudizan los miedos sobre el hoy, y alimentan la añoranza del pasado.

Publicado en: La Vanguardia (6.07.2023)
He pedido la colaboración de Carla Lucena para realizar la ilustración de este artículo.

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3 COMENTARIOS

  1. ud no toma en cuenta la «produccion de sentido» realizada por los trol a sueldo de a derecha y sobrre todo el formateo de los medios concentrados sobre las mentes receptoras con lo cual su modelo es muy ingenuo

  2. La cita previa es para mí el ejemplo básico de lo que comentas. La costumbre de la cita previa da la apariencia de seguridad. Serás atendido más tarde, aunque mejor. Eso nos ha generado una inercia, la de creer que es posible citarnos con el futuro de manera cierta y precisa. Error mayúsculo.
    El futuro es incierto por naturaleza y en el pasado sabíamos que nunca se puede conocer lo que hay a la vuelta de la esquina con total precisión, hasta que das la vuelta y que podía pasar que tus planes no se cumpliesen.
    Volver a manejar la incertidumbre nos dará esperanza. La esperanza se basa en lo incierto. Frente a las certezas absolutas, una esperanza razonable e incierta, es claramente el único camino posible..

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