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Abascal y el sentido común

En las elecciones a la Asamblea de Extremadura, Vox eligió como lema de campaña una expresión breve e intencionada: «Sentido común». No era una novedad en su discurso. Ya en el 2019, en el cierre de campaña en la plaza de Colón de Madrid, Santiago Abascal había convertido esa fórmula en eje de su intervención: «La gran ventaja que tenemos para derrotar a la dictadura progre es que han perdido la cabeza definitivamente. Que se enfrentan al sentido común, a la realidad, a las cosas normales y a lo que a toda la gente normal nos enseñan en nuestra casa».

En Estados Unidos, Donald Trump también había incorporado la expresión en su repertorio retórico desde el 2016, cuando se definía como «un conservador de sentido común». Más tarde, en el discurso inaugural de su segunda presidencia, prometió una «revolución del sentido común».
El sentido común, lejos de ser una categoría neutra, ha funcionado históricamente como un instrumento para impugnar las formas establecidas de legitimidad política representativa. Estas estarían enfrentadas —por traición o distancia insalvable— con la supuesta intuición privilegiada del pueblo. La sospecha sobre la neutralidad del «sentido común» no es nueva. Theodor W. Adorno ya cuestionó que se tratara de una facultad natural o espontánea: «Lo que hoy se llama sentido común no es más que el prejuicio de los siglos anteriores». Sophia Rosenfeld, en su libro Common sense: A political history (2014), afirma que suele invocarse precisamente cuando otras fuentes de autoridad (técnica o política) atraviesan una crisis de credibilidad. Santiago Abascal ha intuido el momentum de la nueva mentalidad: la desconfianza con las élites.

En este contexto, la apelación contemporánea al sentido común por parte de Vox no busca tanto simplificar el debate público como deslegitimarlo en su formato actual. Vox no se ofrece a representar, sino a portar, a transmitir la mentalidad natural, de lo común, de lo popular. Ser portavoces más que representantes. Así se desplaza la discusión del terreno de los argumentos al de las identidades. O, dicho de otra manera: al de las certezas y seguridades compartidas. Así, el sentido común deja de ser un punto de partida compartido para convertirse en una frontera: una línea simbólica que separa a quienes se consideran parte del «pueblo real» de quienes son señalados como ajenos a él.

La estrategia de Vox usando el «sentido común» opera como un eficaz atajo cognitivo y emocional. Simplifica problemas complejos, evita el matiz y convierte propuestas ideológicas en aparentes obviedades compartidas. Es una fórmula competitiva en ecosistemas mediáticos fragmentados y en redes sociales, donde la brevedad categórica se abre paso. Al invocar el sentido común, no solo refuerzan una identidad colectiva frente a un ellos (alejados y desconectados de los problemas reales de la ciudadanía), sino que blindan su marco discursivo frente a la crítica. Parecen simples obviedades, pero no lo son. Es pura estrategia.

Publicado en: La Vanguardia (02.03.2026)
Fotografía: Andreas Fickl en Unsplash

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