La capacidad de la inteligencia artificial (IA) para satisfacer nuestras preguntas es perturbadora. El pensamiento humano no nace únicamente de las respuestas, sino de la tensión de barajar posibilidades distintas y muy diversas. Pensar es comparar, matizar, corregirse, sostener una contradicción durante un tiempo antes de poder resolverla… La duda aquí no es inseguridad o falta de conocimiento: es su condición. Es la fuente de la curiosidad.
La neurocientífica Anne-Laure Le Cunff insiste en que el aprendizaje más valioso no consiste en acumular certezas, sino en mantener una mentalidad experimental. Cambiar de opinión, explorar hipótesis, aceptar que una idea puede ser provisional… Justo lo contrario de la cultura en la que estamos inmersos que premia la inmediatez y la respuesta definitiva y sin matices. La respuesta definitiva y categórica, el pensamiento único. «Como se mide mejor el grado de esclavitud en el que una ideología mantiene a un pueblo es por la colectiva incapacidad de este para imaginar alternativas», nos recordaba Tony Judt en El refugio de la memoria sobre las consecuencias serviles del adocenamiento doctrinario.
Si la IA ofrece una única respuesta, una única versión, una única síntesis, estaremos delegando mucho más que trabajo cognitivo. Estaremos externalizando el propio proceso de pensar. Porque pensar requiere fricción. Y la fricción nace de las distintas alternativas. Además, sin dudas no hay pensamiento. Sin incertidumbre no hay aprendizaje. Sin opciones no hay libertad. Sin versiones no hay contraste. Sin contraste no hay criterio. Y sin criterio y pensamiento crítico, la democracia pierde uno de sus músculos esenciales: la capacidad de deliberar.
En este sentido, no podemos dejar que la IA nos prive de aquello que nos hace inteligentes… porque somos humanos. Por el contrario, debería ayudarnos a formular mejores preguntas más que respuestas definitivas, a mostrarnos caminos alternativos, a revelar matices, a invitarnos a disentir… y todo ello con el tiempo necesario que pone a prueba la paciencia, que nos coloca en escenarios de incertidumbre y valida la posibilidad de equivocarnos. Porque, como dice la expresión latina, errare humanum est. ¿Sin errores y dudas seremos humanos?
Hace unos días, Rose Horowitch nos advertía en un artículo publicado en The Atlantic de que estamos entrando en una era «postalfabetizada»: «Hubo un tiempo en que los optimistas creían que la alfabetización universal era inevitable. Ahora parece que la era de la lectura podría ser una breve anomalía en la historia de la humanidad».
No habla solo de libros. Habla de una forma de organizar la mente. Su diagnóstico resulta inquietante, pero quizá el verdadero riesgo no sea solo que leamos o escribamos menos. Es que dejemos de pensar. Porque leer y escribir es, entre otras muchas cosas, aprender a convivir con la complejidad. Si la duda muere y gana el artificial determinismo tecnológico, habremos cruzado un límite sin retorno.
Publicado en: La Vanguardia (20.07.2026)
Fotografía: Stephen Harlan para Unsplash
Artículos de interés:
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– «Cuando la IA escribe por nosotros, perdemos la oportunidad de formular nuestras propias opiniones», Naomi S. Baron (Ethic, 14.07.2026)
– La deshumanización de la conversación:
Los chatbots y la seguridad infantil: un análisis filosófico sobre los riesgos, los daños y las propuestas de políticas en torno a los chatbots de compañía basados en IA utilizados por niños en Estados Unidos (Michael Gentzel. Springer, Nature 06.07.2026)
Otros enlaces de interés:
– Elogio de la duda, Victoria Camps (Arpa Editores, 2016)

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